Imago Clínica Psicoanalítica

Arquero imago
Isabel sanfeliu
Clínica y Análisis Grupal – Nº 80 (Vol. 21)
(Enero/Abril 1999)  Pags. 23-39
Dossier: Violencia, transgresión y ley
ISSN: 0210-0657

Recorrido en torno a la violencia y la legalidad. No existe el ser humano sin que surja el conflicto que enfrenta narcisismo y objetalidad; la autora trata de mostrar una posible articulación y su enfrentamiento en un breve recorrido genético acompañado de un recuerdo histórico sobre sus vicisitudes.

A walk around violence and legality. It does not exist the human being without the emergence of the conflict that prompts narcissism and object relations. The author tries to show a possible link between them and their confrontation in a short genetic road and their vicissitudes.

Parcours autours de la violence et la légalité. L´être humain est obligé de faire face au conflit entre narcissisme et relation objectale ; l´auteur essaie de montrer une possible articulation et sa confrontation au cours d´un parcours génétique accompagné d´un souvenir historique de ses vicissitudes.

Violencia, transgresión y ley 1

Isabel Sanfeliu

¡Hacer al cielo mil fervientes votos;
Y al punto traspasarlos… el deseo…
La pasión, la razón, ya vencedoras…
Ya vencidas huir!

Juan Meléndez Valdés, Poesías (1817)


Violencia y transgresión

El eterno conflicto que enfrenta narcisismo y objetalidad sigue vigente y lo seguirá estando mientras exista vida. Tanto violencia como transgresión nos remiten a un tronco común, al latín aggredi, dirigirse; trans-gredire significa pasar a través y es necesario dejarse atravesar y atravesar el entorno violentándolo y violentándonos. En este sentido la violencia siempre transgrede, pero en ocasiones el referente será biológico, en otras moral, legal en un posible tercer caso.

La ley a su vez es transgresora en su establecimiento de preceptos, constriñe al ser humano cuyos impulsos exigen espontáneamente la satisfacción inmediata; la ley social limita al individuo que azarosamente nace en un tramo histórico, en una zona geográfica…. En ocasiones es el abuso del poder legal lo que introduce la violencia: “Nueva York teme a sus policías” reza un titular de periódico 2, en cuyo pie podemos contemplar a la actriz Susan Sarandon con otros famosos encabezando una protesta contra la violencia generalizada de los agentes que, entre sus hazañas, llegaron a acribillar con cuarenta y un balazos a un inmigrante guineano.

La guerra dejó de regirse por códigos de honor y las escenas más estremecedoras se contemplan entre plato y plato en miles de hogares muy civilizados. ¿Por qué fascina la violencia? La normativa del boxeo aprueba lo que fuera del cuadrilátero se consideraría delito. Juego de fronteras y límites que recuerda el circo romano donde la plebe debía desfogarse para retornar luego a la sumisión. Contrasentidos sin fin como el del cinismo de multinacionales enriquecidas con la venta de brutalidad empaquetada que denunciarán a sus propias víctimas cuando las sientan como amenaza.

Violencia también se asimila a fuerza o intensidad. Veamos a través de una pluma adolescente 3 las discordancias que puede contener una pequeña escena provocada por nuestra guerra civil; un grupo de niños refugiados en Francia van a ser acogidos por familias de voluntarios: “El grupo de personas allí reunidas me produjo el efecto de un juicio; en verdad tenía frente a un trío que más parecía un jurado dispuesto a dictar sentencia, que bienhechores prodigándonos su protección. Eran mis enemigos, mis verdugos, querían alejarme de los míos, enviarme a sitios desconocidos y hostiles. Deseaba, cuánto deseaba que ocurriera algo que me hiciera estallar. Y llegó, vaya si llegó. Cuando pronunciaron el nombre de mi hermana me puse en pie de un salto lanzando un ¡no! tan rotundo, tan conciso, que me puse roja al ver que todas las miradas estaban fijas en mí…” Lo que acoge se experimenta como hostil, la rabia conduce a una parálisis que sólo desbloqueará un estímulo externo. En estado de alerta es difícil percibir un entorno acogedor, la proyección se pone en marcha como defensa que, en cuántas ocasiones, provoca más daño que amparo 4.

Seguimos con subjetivas paradojas: La ley considera delito el hecho de que Ernst Wagner mate a sus hijos, él se congratula por el mismo hecho. En 1919, Wagner escribía: “Si estuviera en mis manos haría revivir a los vecinos de Mühlhausen que he matado. Pero mis hijos deberían permanecer muertos, ya que me produce un gran dolor pensar que podrían sufrir, aunque sólo fuera una mínima parte de lo que he sufrido yo” 5. Hacemos referencia a un clásico de la psiquiatría al que se dedicó un largo proceso que dictaminó finalmente la irresponsabilidad de este paranoico que asesinó a su mujer, a sus cuatro hijos y a otras nueve personas hiriendo a once (que, en su delirio paranoico, murmuraban sobre su vida sexual), provocando numerosos incendios en la madrugada del cuatro de septiembre de 1913. Es muy significativo el colofón de una carta que remitió a la prensa: “Para terminar, me tomaré la libertad de recordarme a mismo con cariño y emitir el siguiente juicio sobre mi persona: si hago abstracción de lo sexual, soy de lejos el mejor de todos los hombres que he conocido 6”. La culpa originada por la zoofilia en que abocó su poderoso instinto sexual adolescente, fue la mayor condena en vida que este hombre pudo sufrir.

¿Agresión hacia uno mismo o hacia el exterior? ¿Qué marca la dirección del vértice de la flecha? En ocasiones encontramos patologías complementarias, como masoquismo y sadismo, que se excitan mutuamente. Masoquismo sexual o moral, reclamo de humillaciones que esconde una secreta sensación de dominio; búsqueda de otro que encarne al sádico Superyó paterno.

Una vieja y actual polémica, ¿se debe castigar la tendencia a la autodestrucción? ¿cómo dictamina la sociedad el grado de libertad que tenemos sobre nosotros mismos? ¿es sólo la frontera del otro lo que pone límites?


Qué dicen al respecto algunos clásicos del psicoanálisis

Sigmund Freud dejó ya muy claro uno de los grandes móviles de la agresión en “El delincuente por sentimiento de culpabilidad” 7; a partir de una situación edípica no elaborada, por más paradójico que parezca, la sensación de culpa puede anteceder y provocar un delito en lugar de ser consecuencia de este; la falta permitirá racionalizar el remordimiento. La ansiedad que provoca el vacío y la incertidumbre sobre la propia identidad, conduce a reconstruir una imagen materna arcaica buscando refugio en ella o, por el contrario, una imagen destructiva que de consistencia a la propia angustia y facilite la proyección de las pulsiones agresivas.

Psicología de las masas (1921) también se abre aquí un espacio: El miedo no se justifica por la magnitud de un peligro, afirma. Cuando el individuo integrado en una masa en la que ha surgido el pánico comienza a no pensar más que en mismo, se da un desgarramiento afectivo y, aislado, percibe el peligro: el miedo al pánico presupone el relajamiento de la estructura libidinal de la masa, no es el miedo al peligro el que destruye los vínculos.

El mito contiene de forma velada los deseos de la infancia de la colectividad, afirma Karl Abraham 8; el pueblo se identifica con el protagonista del mito, “cada pueblo quiere nacer de su dios, quiere haber sido creado por él”. El hombre siempre proyectó a los dioses su complejo de grandiosidad, cuando se apropia de ella, rompe los vínculos objetales y se ve abocado a la psicosis, donde el enfermo se sitúa en el centro del sistema delirante. “Todo delirio de persecución contiene implícitamente una megalomanía… El sistema delirante de un enfermo mental es como un mito a través del que celebra su propia grandiosidad”. ¿Hay más violencia, nos preguntamos, en el psicópata que sólo consigue relacionarse a través de la agresión o en el psicótico que prescinde del vínculo con los otros?

Abraham exploró los impulsos destructivos y aplicó este conocimiento a la etiología de los trastornos mentales de una manera más específica de lo que había sido hecho hasta entonces. A través del destino del objeto, demarcó distintas patologías: esquizofrenia (preobjetal), melancolía (incorporación y destrucción del objeto), neurosis obsesiva (retención del objeto) … Su discípula Melanie Klein otorga especial atención a la fuerza primaria irreductible del sadismo infantil: “Considero que la envidia, siendo expresión oral-sádica y anal-sádica de impulsos destructivos, opera desde el comienzo de la vida y tiene base constitucional. Estas conclusiones tienen ciertos importantes elementos en común con el trabajo de Karl Abraham, pero implican, sin embargo, algunas diferencias. Abraham halló que la envidia es un rasgo oral, pero -y aquí es donde mis puntos de vista difieren de los suyos-, presumió que la envidia y la hostilidad operan en un período posterior, lo cual de acuerdo con su hipótesis, constituye un estadio secundario oral-sádico”. 9 Lo cual está más cerca de nuestros planteamientos donde será lo vincular y no una base constitucional lo que genere la estructura del psiquismo.

Esto no quita para que reconozcamos el gran valor de los aportes de Klein en su análisis de esta etapa preobjetal; por ejemplo, al plantear: “Cuando los estados negativos son pasajeros el objeto bueno es recuperado una y otra vez. Este es un factor esencial para su consolidación y crea el cimiento de un yo fuerte y la estabilidad. (…) Es la intensidad y duración de tales estados de duda, desaliento y persecución los que determinan la capacidad del yo para reintegrarse y restablecer sus objetos buenos con seguridad. (…) El comienzo temprano de la culpa parece ser una de las consecuencias de la envidia excesiva. Si esta culpa prematura es experimentada por el yo cuando aún no es capaz de soportarla, es entonces vivida como persecución y el objeto que la despierta se convierte en perseguidor. (…) Esto es porque a la persecución se agregan los sentimientos de culpa, ya que los objetos internos persecutorios son el resultado de los impulsos envidiosos y destructivos del individuo que primitivamente dañaron al objeto bueno. La necesidad de castigo, que halla satisfacción con la incrementada desvalorización de la persona, lleva a un círculo vicioso”. Esto no quita para que reconozcamos el gran valor de los aportes de Klein en su análisis de esta etapa preobjetal; por ejemplo, al plantear: “Cuando los estados negativos son pasajeros el objeto bueno es recupe-rado una y otra vez. Este es un factor esencial para su consolidación y crea el cimiento de un yo fuerte y la estabilidad. (…) Es la intensidad y duración de tales estados de duda, desaliento y persecución los que de-terminan la capacidad del yo para reintegrarse y restablecer sus objetos buenos con seguridad. (…) El comienzo temprano de la culpa parece ser una de las consecuencias de la envidia excesiva. Si esta culpa prematura es experimentada por el yo cuando aún no es capaz de soportarla, es entonces vivida como persecución y el objeto que la despierta se con-vierte en perseguidor. (…) Esto es porque a la persecución se agregan los sentimientos de culpa, ya que los objetos internos persecutorios son el resultado de los impulsos envidiosos y destructivos del individuo que primitivamente dañaron al objeto bueno. La necesidad de castigo, que halla satisfacción con la incrementada desvalorización de la persona, lleva a un círculo vicioso”. 10

Ferenczi culpa a la confusión del adulto entre el lenguaje de la ternura y el de la pasión (sensualidad) al comunicarse con el bebé, de la experiencia traumática que conduce a una inseguridad primaria.

Pero dejemos crecer al atormentado bebé kleiniano


Del mordisco al engaño, un proceso de crecimiento

De cómo se sociabiliza la violencia instintiva y la psicopatía como fracaso de este propósito.

El bebé no se colma con alimento, el entorno debe librarle además de sus impulsos destructivos y la ansiedad persecutoria. Karl Abraham 11fue de los primeros psicoanalistas que señalaron que, tanto la frustración del objeto que escapa al deseo del pequeño, como la excesiva indulgencia del que se otorga en exceso, generan puntos de fijación, posibles factores etiogénicos de la psicosis maniacodepresiva.

Un reciente ejemplo de oralidad llevada más allá de la fantasía primigenia: “Nativos de Borneo matan y devoran a colonos indonesios en combates étnicos” . Canibalismo sin embargo entrañable cuando, en estas culturas, está al servicio de interiorizar a un ser querido ; ¿deberíamos considerarlo entonces como un acto violento?

El niño expresa, en general, espontáneamente crueldad con los objetos que puede someter (compañeros más débiles, animales pequeños…). Identificado con figuras de autoridad, trata de imponer su dominio con la secreta ambición de que conseguirlo le depare un lugar entre los poderosos a quienes admira; es también su venganza a la sumisión que estos le imponen.

Por su parte, el adolescente está cargado de rabia hacia los progenitores que todavía precisa y ya rechaza; son el obstáculo para esa independencia que teme y ansía. Como resultado de tanta contradicción solemos encontrar dos tipos de actitudes extremas: vehemencia y apasionada búsqueda de un ideal o morosidad y apatía desencantada e indiferente y, quizás, oscilaciones periódicas entre ambas disposiciones. Cuando la familia no es suficientemente contenedora, el universo que ofrece la pandilla sirve de espacio de pertenencia transitorio, un a modo de tabla de salvación, donde desde la simetría se rechaza la autoridad y se puede controlar el miedo. “El individuo en muchedumbre adquiere un sentimiento de poder invencible que le permite acceder a instintos que, solo, hubiera seguramente refrenado”. 14 Esto significa que también desaparece el sentimiento de responsabilidad (hacia uno mismo y hacia el exterior) y podremos ser por tanto testigos de heroicas inmolaciones o bandidajes y actos delictivos; violencia en ambos casos desde la búsqueda de una autoimagen con la que poder identificarse, superando la inquietante extrañeza de ser y no saber quién o cómo es. La identidad se adquiere mediante la integración gradual de imágenes de Sí mismo que posibilitan el proceso de separación/individuación, “la colisión entre las exigencias de las realidades interna y externa es el motor que dinamiza el proceso identificativo”, comentaba en un trabajo anterior 15.

Otro tipo de violencia que irrumpe con fuerza: la tiranía de la anoréxica que maltratando un cuerpo vivido con extrañeza como hostil en sus formas balbucientes, en muchos casos no suficientemente “mecido” por su madre 16, esclaviza a su entorno. La nutrición del Sí mismo incorporando vínculos correctores alimentará su envoltorio, es el medio para acceder a la transformación de la destructividad a través de la recuperación de un cuerpo sentido como propio.

Pero los progenitores también pueden ser víctimas de la envidia o bien proyectar los propios temores en sus hijos; en este caso, la sobreprotección crea una dependencia que dispara rencor, en el primero, el afán de dominio tratará de enmascararse tachando al hijo de rebelde para poder ejercer su tiranía, con lo que consiguen provocar al vaticinado insurrecto. Recordemos determinadas tribus primitivas que someten a sus adolescentes a ritos de iniciación: hay que demostrar que se soporta el sufrimiento para acceder a los privilegios del adulto… ¿Educar, someter, domesticar?

Cómo valorar la sutil violencia del embaucador peritado por Karl Abraham 17 que consigue con mitómana seducción el cariño y los favores de cuantos le rodean; atrapado por el personaje que él mismo creó para subsistir, engaña y se engaña, es un juego que le sentencia a no establecer vínculos, a huir permanentemente de sí mismo y de los otros en una eterna condena. Tan sólo podrá abandonar este hábito al encontrar en una viuda la transferencia libidinal materna –no un auténtico amor objetal, puntualiza Abraham- que no pudo gozar en su primera infancia y sentirse rodeado de circunstancias tan favorables que anularon cualquier remordimiento.

¿Qué violencia hallamos en la pareja sumida en el hechizo de un orgasmo que se abandona al goce sin control? Pulsión de apoderamiento indispensable en el bebé para construirse, pero fuera de ese contexto, en el mundo del adolescente o el adulto, por qué desprenderla precipitadamente del significado de llenar un vacío. Existe un impulso que no quedará saciado con nada material que se obtenga, porque busca colmar la oquedad que dejó el objeto primigenio. ¿Puede robarse el amor? Hay quienes en su desesperación lo intentan, podríamos argüir con el título que Alberto Eiguer 18 da a un capítulo sobre psicópatas: “Cómo violar para robar el amor” 19… Las consecuencias de su acción seducen al psicópata, es cierto, es su forma de recompensarse por maltratos o carencias sufridas en su infancia y el sempiterno rechazo que provoca su avidez nunca satisfecha.

Dejemos aquí la palabra a María Zambrano: “La avidez es propia de algo que necesita crecer, crecer o transformarse, dejar de ser lo que es; algo que se encuentra en grado transitorio, algo que es conato de ser. No tiene avidez aquello que puede ya permanecer en sí mismo, lo que tiene entidad y reposo. La avidez es la llamada en lo que todavía no ha llegado a su ser, y tiende a adquirirlo de alguna manera”. 20 La voracidad destruye al objeto bueno y lo torna perseguidor, recordaríamos con Klein.

El psicópata 21 no consigue integrar los aspectos cognitivos con los afectivos, su síntoma es justamente la relación interpersonal y resuelve su angustia a través de la actuación. El Superyó premoral, arcaico y las fallas de simbolización le alejan del sentimiento de culpa, vive la inmediatez del presente y trata de afianzarse a costa del otro.

Lacan dedica al doctor Georges Dumas los “Motivos del crimen paranoico” 22 que tiene como protagonistas a las hermanas Papin. Recordemos:

Matanza de Le Mans, dos criadas asesinas, Christine y Léa Papin, el silencio que precede, oscuridad (el apagón anterior y los ojos sacados de sus órbitas a la mujer de un abogado y su hija) y sangre (manipulación de las víctimas) … “¡Buena la hemos hecho!” Responsabilidad compartida por entero; aisladas en la cárcel, Christine alucina y trata a su vez de sacarse los ojos. Condena máxima. El doctor Logre toma la palabra: la paranoia es un delirio intelectual con reacciones agresivas y evolución crónica. Contempla dos concepciones, la constitución mórbida o la reacción pasional por convicción delirante. Las tensiones sociales subyacen y la pulsión agresiva resuelta en asesinato finge una intención de venganza teñida de sanción social. Estereotipia de palabras y delirio que justifica y niega la pulsión criminal a través de la reencarnación de sus víctimas. Freud 23 ya señaló cómo al reducirse la hostilidad entre hermanos, puede producirse una inversión de la hostilidad en deseo; sería el caso de la simbiosis producida en esta pareja psicológica, con folie à deux 24, de homosexualidad larvada y perversión sádico-masoquista como trastorno subyacente. La estructura de la paranoia y los delirios vecinos son un terreno dominado por este complejo fraternal. El “mal de ser dos” apenas libera del “mal de Narciso” (agredir a quien encarna el ideal que se tiene de sí), comenta Lacan. Las hermanas Papin 25 entremezclan la imagen de sus patronas con el espejismo de su propio mal.


Endemoniado, loco, criminal… Un poco de historia

En general, ni el derecho mosaico ni el de los antiguos griegos o romanos26 se preocupa por la intencionalidad del culpable de una transgresión; el castigo se establece anacrónicamente según se valore la ofensa. Por su parte, el Antiguo Testamento nos transmite peritaciones médicas de los israelitas 27 a las que recudían para constatar determinados hechos como casos de dudosa virginidad, sodomía, pederastia, asesinatos y heridas.

Las tres máscaras del teatro griego 28 nos llevan a una re-presentación en la que el espectador proyecta sus objetos internos, emocionándose a través de la identificación con los actores; se obra una especie de metamorfosis a través de la que se puede poner distancia con el propio conflicto; el contexto compartido brinda un sistema de símbolos común. Para los atenienses la tragedia era un espectáculo al cual debía asistir toda la polis sin excepción29 : liberación colectiva controlada como programa de profilaxis. Se llegará de la catarsis dionisíaca (descarga asimilable a la buscada por Breuer) a la “catarsis” apolínea (su razonamiento, en línea con los desarrollos psicoanalíticos) 30. Concordamos con Platón: si la catarsis exige un paroxismo de excitación, también reclama una toma de conciencia a través de la distancia; es más, el hombre necesita articular Dionisos y Apolo, la renuncia total de uno de ellos le conduciría a la muerte.

En El día del Gran Perdón (1920), Abraham describe los rituales del “Kolnidre” (sustituto oral del acto de violencia contra el padre) y el “Schopar” (cuerno que se toca para señalar el término de la jornada de purificación). La inmanente aplicación clínica se abre paso aquí a través de la neurosis obsesiva en la que observa un paralelo con el ritual judío: a través del Kolnidre hay una periódica tentativa para librarse de coerciones a través de un único acto de violencia que será expiado en el mismo ceremonial renovándose la alianza.

En ese texto, Abraham señala que la historia del Antiguo Testamento es una interminable alternancia de apostasías y retornos a Jehovah, muestra inequívoca de la ambivalencia de los sentimientos del pueblo hacia el Dios padre. Entre Jehovah y los Patriarcas se establecen alianzas, pactos que garantizan protección si se respeta la ley judía. A lo largo de la historia, las transgresiones darán lugar a castigos y nuevas severas prohibiciones. La fórmula del Kolnidre, es un contrapunto a todo este conjunto de leyes. Al modo de los rituales de la neurosis obsesiva, una serie de fórmulas protegen por anticipado de las pulsiones prohibidas. Tras el sacrificio, el ayuno autopunitivo, con lo que se completa la serie obsesiva: transgresión, expiación, renovación de la alianza.

Pero las causas de los males, ¿están en dioses y demonios o dentro del sujeto? “Tal vez sea Dios quien más se beneficia de la existencia de Satán. Sin él, los males del mundo recaerían sobre el Creador”. 31  Con Satán, hay coartada para todos, a él se recurre como chivo expiatorio en épocas de profunda crisis, en culturas de transición… Fraijó recuerda la distinción que hace Tillich (1963) entre lo satánico (destrucción pura, sin asomo alguno de creación) y lo demoníaco (la tensión que siempre existe entre la creación y la destrucción), una vez más lo patológico y lo instrumental de este impulso.

El componente subjetivo del crimen, la constatación de una participación consciente a la hora de plantear el castigo, se impone a medida que las civilizaciones avanzan. El cristianismo introducirá el énfasis en la dimensión moral y la Iglesia se apoderará del derecho a condenar y redimir durante un largo período.

Como endemoniados o brujas son contemplados entonces los enfermos mentales 32 o, sencillamente, aquellos que pretendían enfrentarse al poderío sacro. La ignorancia y superstición reinantes se enardece con las torturas y hogueras. Tendrá que transcurrir mucho tiempo para que ceda la barbarie de la Edad Media y tras los endemoniados comience a discriminarse la figura del loco o el criminal, suprimiendo entonces la alienación la responsabilidad penal, salvo que el delito se cometa en un intervalo de lucidez; estados pasionales en estado de máxima intensidad comienzan a considerarse como enfermedad mental. Cada vez se precisa más cuando existe intención de dañar, se da negligencia o actúa el azar, al mismo tiempo que las penas se mitigan.

El derecho se ocupa de la intimidad del culpable y los juristas italianos del siglo XVI imprimen un avance decisivo del que se aprovecharán los países vecinos: se empiezan a aplicar las investigaciones médicas sobre los estados de la vida mental patológica; se entabla la consulta médica para valorar un hecho. Hasta los diez años y medio el niño se considera como “infantiae proximus et non doli capax”; hasta los veinticinco años, las penas se suavizan 33. La vejez también consigue una protección similar de la ley.

El tratamiento moral de Esquirol (1977-1840), propone tratar de elevar el ánimo de los dementes en lugar de desterrarlos. La psicopatología se abre camino y la dignidad de la justicia queda restaurada…

Krafft-Ebing distingue cuatro períodos en la historia del derecho a la hora de juzgar al transgresor 34: 1. El ofendido asume, bajo su propia responsabilidad el derecho de castigar; el castigo es una venganza privada. 2. Más tarde es la divinidad ofendida la que reclama una expiación; el sacrificio expiatorio aplacará la cólera divina. 3. El grupo social se siente amenazado y se asegura de dejar indefenso al culpable. 4. El Estado ve en el acto del culpable una ofensa al orden público y a los sentimientos de moralidad y justicia del conjunto de la comunidad y busca una reparación justa.

No podemos olvidar aquí a una de las figuras más sobresalientes de la Criminología y la Ciencia Penal española, Luis Jiménez de Asúa 35, pionero en nuestro país en la aplicación a esta especialidad de la doctrina psicoanalítica. Nos situamos antes de la guerra civil. Jiménez de Asúa acuerda con Reik al ver en el psicoanálisis una posible vía a través de la que llegar a abolir los castigos y la pena estatal, invitando a la prevención en el sentido de eliminar la culpa que induce al neurótico a cometer el delito. No hay titubeos a la hora de contemplar el sentimiento de culpabilidad como cimiento para delinquir –si se habla de neurosis o paranoia, ya que las psicopatías discurrirán por otros derroteros, añadimos-. En el mismo sentido recuerda el estudio de las motivaciones inconscientes del delincuente de Alexander y Staub 36. Adler es también uno de los autores que, desde su perspectiva, ha aportado más a este terreno desde la Psicología Individual 37 y se apoyará por tanto en sus supuestos para construir su teoría penal que exige que “de la manera más vasta, se sustituya la pena por apropiados influjos pedagógico-sociales”38.

La conducta del delincuente procede del fracaso social y abundar en la intimidación tan sólo consigue fortificar la hostilidad del hombre contra la sociedad. Jiménez de Asúa propone un Derecho Penal socialista contemplando como determinante de la actividad delictiva al complejo de inferioridad, a una “protesta contra el ordenamiento social”39, restando prominencia a las relaciones incestuosas que se desprenden del complejo de Edipo; el crimen dependerá del desequilibrio entre los tres elementos que constituyen el aparato anímico del hombre: Yo, Ello y Superyó. Su propuesta de reforma del sistema penal pasa por establecer un diagnóstico criminal psicológico además del jurídico, basándose en el sistema de clasificación de Alexander y Staub: criminales neuróticos, criminales por patología orgánica y criminales “normales” (por identificación con estos modelos de conducta); los dos primeros serían crónicos, los últimos accidentales. A esta clasificación, Jiménez de Asúa añade la “criminalidad fantástica” que no llega a transformarse en actos; sugiere tratamiento médico para los orgánicos y psicoanalítico para los neuróticos. En cualquier caso, lo importante es crear una transferencia de alianza a través de la que reorientar el odio social. Para delincuentes accidentales no recomienda castigo, sino la indemnización del perjudicado. De esta forma se trata de “corregir las malas influencias anteriores y terminar la formación del carácter que ha sufrido perturbaciones o retrasos”40, haciendo énfasis también en los aspectos preventivos desde la infancia.


El libre albedrío frente a la ley

Ley divina, ley humana… Una de las bases de la organización social es la anulación del libre albedrío, pero ¿cómo conviven las normas internas y las externas?, ¿coinciden, se articulan, se oponen?, ¿cuál y en qué casos consigue imponerse?, ¿anula el delirio el libre albedrío? El delirio no es un móvil que pueda imputarse como falta porque no está determinado por motivaciones reales. La norma que se interiorizó a lo largo de la psicogénesis, una vez establecida ya no necesita de coacciones externas. Dejemos paso ahora a la legalidad establecida socialmente.

Orden y concierto invariable que guardan las cosas naturales; conjunto de normas creadas por el hombre para regular sus relaciones; creencia, doctrina religiosa… son algunas de las acepciones que R. J. Cuervo41 otorga al término ley.

Psicología y derecho se necesitan la una a la otra en lo que al delito concierne si pretendemos que lo social no quede arrasado en aras de pulsiones insatisfechas.

Cuando en la primera falla la conciencia de culpabilidad, el segundo entra en acción. Pero el castigo impuesto por este, en algunos casos tan sólo consigue alentar nuevas transgresiones. Con la condena se busca que el delincuente pague por sus delitos o bien que, al pesar como amenaza, sirva de intimidación y por tanto como defensa del orden establecido; lo que sí ha quedado establecido con la experiencia es que en raras ocasiones se consigue la reinserción del condenado por el mero cumplimiento de su pena.

César Camargo 42, magistrado de los tribunales de justicia, difundió – aunque vulgarizando- con entusiasmo la obra de Freud en nuestro país ya desde 1927 43. A partir de su experiencia con el psicoanálisis, promueve posibles reformas para el Derecho Penal acerca del concepto de delito, la pena y el ambiente social y físico de los delincuentes. Una original aportación de este penalista es su estudio sobre el polémico D. Juan Tenorio donde confluyen filosofía, jurisprudencia y psicopatología. El derecho de propiedad del padre de familia sobre sus hijos también es cuestionado por este autor. Camargo defiende una pluralidad de instintos, siendo el de nutrición el primer deseo del ser humano; pero malinterpreta la teoría freudiana desde un pansexualismo que rechaza. El método de la asociación libre le seduce, aunque su interpretación del psicoanálisis recorte las posibles aplicaciones de esta disciplina. Camargo contempla el complejo de Edipo como aberración que desvía a la sexualidad lo que es nutricio; experiencia y literatura le animan a añadir diversos complejos: “de Caín” (dominado por la envidia), “de afinidad” (hermanos que rivalizan por el mismo pretendiente), “del Cid” (homicidio para vengar agravios), “de Guzmán” (derecho de propiedad del padre) …

Muy interesado por las desviaciones del instinto sexual, otorgó al “complejo de castración” gran peso en el “necesario” papel represivo de la sociedad. Transferencia e interpretación son admitidos como instrumentos básicos de tratamiento. Es mucho el espacio reconocido por Camargo a nuestra ciencia, tanto para el estudio del crimen como a la hora de prescribir soluciones, dictar sentencias o imponer tratamientos: “El psicoanálisis es el único procedimiento eficaz en la lucha contra el crimen, pudiendo a la vez garantizar a la sociedad contra la temibilidad del delincuente y procurar la corrección de este (…) [Su labor consiste en] descubrir el complejo ordinario causante del crimen, labor que corresponde al juez, y después encauzar y dirigir esa libido o potencia, transformándola y sublimándola… bajo la mirada del mismo juez, como pudiera vigilar a un enfermo su médico de cabecera”44. Atención más dirigida al delincuente que al delito. Sólo reconoce dos posibles orígenes en la criminalidad: orgánico (demencia) y psíquico (fijación incestuosa, ambivalencia de sentimientos…). Critica al sistema penal entonces vigente que, dice, deforma sin mejorar una tendencia violenta, disfrazándola sin variar el fin ni el resultado; como alternativa propone “abolición de la pena, sustituyéndola por un diagnóstico o prescripción del juez y un tratamiento sin duración fija encomendado a los técnicos del establecimiento correccional” 45 para lo que serían necesarias instituciones que irían otorgando progresivamente mayores niveles de libertad junto a una formación profesional.

El derecho puede considerarse ciencia sólo en el momento en que deja de plantear la culpabilidad desde un terreno puramente objetivo y medir la falta por la extensión del daño material, para inquietarse por el factor subjetivo, la libertad de acción voluntaria y delictiva.

Cuántos casos se han descrito en los que el riesgo de ser capturado era un aliciente más para delinquir, un soborno al Superyó: el castigo compensa la falta y autoriza a cometer otras. Ángel Garma 46 considera el delito del psicópata 47 como “acción sintomática”, en gran parte independiente de la voluntad del delincuente. “Si castigamos a los psicópatas delincuentes conseguiremos agudizar aún más sus conflictos psíquicos”, afirma; se conseguiría un círculo vicioso donde castigo y delito se alientan mutuamente. No es una novedad, ya señalamos cómo Freud apuntó al sentimiento de culpa como posible factor etiológico de la infracción que conlleva liberación psíquica y acercamiento a la realidad.

Nicolás Caparrós ha indagado a fondo sobre “La imputabilidad del psicópata” 48; en este trabajo recordaba que la norma, por histórica, es un proceso no fijado definitivamente. La incertidumbre deja de representar sólo el lugar de la ignorancia y comienza a tener una plaza científica; las preguntas tajantes dejan paso en muchas ocasiones a la probabilidad, “la inducción y la búsqueda de sentido de los procesos ocupan una jerarquía cada vez más importante”, postula Caparrós. En sus últimas líneas sugiere a los magistrados prestar especial atención a la capacidad que, en su momento, tuvo el acusado para controlar sus impulsos y el estado afectivo del mismo (en general el énfasis recae en la existencia o no de juicio de realidad); conviene observar como síntoma las consecuencias sociales de su conducta, hacer un seguimiento del curso vital, atender a la estructura de la personalidad y no sólo rasgos descriptivos del carácter.


El largo: diez meses de tratamiento

…que interrumpe para ingresar en un centro de desintoxicación.

El largo, como es conocido en el barrio, tiene dieciocho años y todas las condiciones para consolidar una psicopatía. Las azañascon las que se presenta se remontan a los diez años, “ya me atraía el escándalo y nos metíamos con las putas”; con doce paseaba desnudo por la calle, con catorce “tuve que cortar el dedo a un muerto para quitarle el anillo, no dudé”. Con su panda 49 ha conseguido ser intocable en el barrio, “siempre necesité demostrarme que no era cobardica”: esa es una de las claves de su violencia. Las pesadillas le atormentaron en la niñez; lo resuelve un tiempo durmiendo en la cama de sus padres (de los nueve a los diez años) y cuando esta solución no da más de sí, debe aniquilar a sus terrores demostrándo-se que es el más valiente y fuerte de todos. Los miedos siempre surgieron en casa, donde se sigue mostrando como un niño bueno, en la calle se desvanecen las fantasías edípicas en las que anda atrapado; “en casa soy un niño bueno, fuera el duro y aquí (en consulta) soy más yo, un término medio”.

Dice haber estado siempre muy ligado a su madre, aunque ella prefiera al hermano. Esta se adivina cariñosa en su relato, siempre preocupada y dominando el ambiente familiar desde cierto victimismo. El padre trabaja mucho y aparece poco por casa; no ejerce gran autoridad, pero el largo recuerda una ocasión en que… “me dio un puñetazo, para herirle le lancé una mirada de odio”, sintiendo que así dominaba la situación. “Sólo respeté a un profesor que nos enseñó a leer, tenía una moto grande y llevaba vaqueros”: es el varón más representativo con el que ha podido identificarse. La indiferencia afectiva tiñe en cualquier caso todas las relaciones interpersonales que son sustituidas por las que establece con animales (perros, pájaros…). Querría ser águila, pero poco a poco el orgullo que su aislamiento le hacía sentir y que le daba visos de indestructibilidad, va cediendo paso al reconocimiento de la soledad y la reclusión a que está condenado.

Sus “grandes fechorías” fueron la carta de presentación en el análisis, pero mi respuesta no encajaba en la admiración, el susto o la reprimenda habituales y eso despertará en él cierta curiosidad, primero por el espacio y por mí, más tarde hacia sí mismo. Un pequeño retruque a la regla de abstinencia: “Mirar sin hablar… yo lo practicaba con todas las novias de mis amigos”. En otra ocasión muestra su condescendencia conmigo haciéndome ver el mérito que tiene que el cheque que le ha dado su padre, en esta ocasión está sin “barrar”, a pesar de lo cual lo ha traído; además, añade: “casi me alegré de que no saliera el golpe con un amigo, quiero seguir blanco”. Afirma sentir más instinto de conservación, más cariño a la vida: “me relaja venir, estoy a salvo”.

A pesar de su agresividad frente a las normas 50, respetó en general el encuadre analítico; a las mujeres siempre confió con menos pudor su debilidad, reservando sus arranques de suspicacia para con los varones: “no aguanto que un hombre me mire por encima del hombro”.

El miedo provoca una actitud contrafóbica que le lleva a demostrar un valor sin límites… “me gustan las situaciones violentas, el poder más que la fama; no me gusta estar solo… no puedo parar; no me gusta no sentir ni miedo ni placer, es la muerte”. Ante lo cual se empapa en alcohol, tripis y anfetas (4/10 diarias) 51, que le van aniquilando “pero no me importa”, aunque sí le asusta empezar a pensar en el suicidio como única salida digna de su situación.

Un apunte de conmoción: “El otro día temblaba ante un golpe fácil, y no era miedo, me dio como pena el chaval, nunca me había ocurrido con personas, tan sólo con animales (un pájaro herido…), se lo dije a mi compañero ¡y yo que era su ídolo! Por lo menos no fue miedo, ¿estaré volviéndome bueno? Siempre me gustó la poesía”.

La influencia de una chica que le gusta y es “inocente” se deja sentir de forma favorable; le ayudó a salir de la cárcel y no querría decepcionarla, pero todavía está atrapado por su propia fama y no puede evadirse de un tiroteo entre barrios del que salen cinco muertos. “Ya no persigo a la muerte, que me busque ella a mí, antes no me importaba matarme en las carreras de kamikaze. Ahora sueño con ser millonario, antes con ser dios”.

 Es difícil mantener una esperanza de cambio, necesita encontrar rápidamente proyectos que colmen el nuevo vacío; al desaparecer los remordimientos no tiene pesadillas, pero con ellos también se desvanece cualquier otro afecto y se siente medio muerto. La destrucción con un límite fijado de antemano es sumamente tranquilizadora y encubre en ocasiones otra más arcaica, oceánica, que no tiene término ni fin.


Violentando un final

Freno el bullir de ideas… ¿Hay más violentación en un fin abrupto, en una obra inconclusa…?

Se abren dos cuestiones fundamentales en torno al transgresor: cómo juzgarle con el máximo de objetividad posible, teniendo en cuenta el margen de libertad que dejan al individuo determinadas patologías y, una vez establecido ese “diagnóstico”, qué medidas tomar de cara a su control y/o reinserción.

Todo lo visto no apunta a condenar la condena al delincuente, sino a sugerir como previamente necesario un tratamiento psicoterapéutico que dé sentido a los actos que cometió; no hay gran originalidad en este planteamiento, hemos visto que ya se hicieron ensayos de este tipo desde comienzos de siglo. Si el condenado consigue articular el por qué de su conducta con el por qué de la respuesta legal y esta elimina el remordimiento que empujaría a un nuevo delito, cabría pensar en la posibilidad de un cambio estructural en el sujeto, lo que en términos educativos llamaríamos reinserción.

En ocasiones no muy frecuentes, se desenmascara una posible simulación de enajenación que tiende a caer en el melodrama y la caricatura. Sería el polo opuesto de lo que vimos con el paranoico Wagner, quien reclama con insistencia su salud mental y, por tanto, ser decapitado para liberarse de sus sufrimientos: “¿Y por un delirio habría llevado yo esta vida?” 52, responde irritado al médico que trata, según él, de desacreditarle. El paranoico es orgulloso y “consciente” de su propia valía, sería una afrenta ser considerado enfermo.

¿Qué hace a un delincuente? Distancia, autoritarismo, hipersensualidad, frustración, envidia 53, lo inaccesible provoca… Cabría hablar de situaciones de riesgo por minusvalías (psíquicas o físicas), adiciones (drogas, alcohol), degeneraciones psíquicas (demencia senil, perversiones) o estados pasionales (quizás podríamos incluir aquí a la “locura menstrual periódica” a la que hizo referencia Krafft-Ebing 54). El objeto investido es la garantía del Eros, investimiento implica estructura y por tanto orden; el objeto como descarga por sí solo parece ser el camino del Thanatos.

Violencia y poder, otro aspecto que dejamos esbozado. Legitimación de la primera en aras del orden público…

Pero si recordamos a Aristóteles55 , los movimientos violentos no pueden seguir así indefinidamente, tienden a un movimiento natural. Con lo que concluimos con la idea inicial: para humanizarse y seguir vivo el sujeto necesita romper periódicamente el ritmo de su entorno, lo que dará paso a crisis (movimientos caóticos que modifiquen su estructura); pero el conflicto no puede mantenerse indefinidamente salvo que cuaje en patología, su salida eficaz es un nuevo equilibrio.

La violencia no es negativa, pero la convivencia exige renuncias narcisistas que se verán compensadas, en circunstancias favorables, por el universo de las relaciones objetales.


 

Notas

  1. Publicado en Clínica y Análisis Grupal nº 80, V.21 (1), (1999).

  2. El País, sábado veintisiete de marzo de 1999.

  3. Se trata del diario de mi madre, Ángeles Santaolalla: Recuerdos, inédito.

  4. Pienso, por ejemplo, en el psicótico que agrede al ver su propio miedo reflejado en el otro.

  5. Para más detalles consultar la obra de Robert Gaupp escrita en 1914, El caso Wagner, Madrid, Asociación Española de Psiquiatría, 1998.

  6. Op. cit., p.150.

  7. Similares características tiene “El pálido delincuente” del Zaratustra nietzscheano, que también es citado aquí por Freud.

  8. Sueño y mito (1909).

  9. Del prefacio de Envidia y gratitud, 1957. Obras completas, Tomo 6, Buenos Aires, Paidós, 1976.

  10. Op. cit., p.26, 35, 37 y 80 respectivamente.

  11. Tanto si en el primer período de su vida el niño no obtiene placer, como si lo recibe en exceso, el resultado es el mismo: abandona con dificultad el estadio de la succión.”
    Karl Abraham, Breve estudio del desarrollo de la libido, considerada a la luz del psicoanálisis de los trastornos mentales (1924).

  12. El País, internacional, 23 de marzo de 1999.

  13. La comunión cristiana puede encontrar aquí sus orígenes.

  14. Gustave Le Bon, Psicología de las muchedumbres, 1895.

  15. I. Sanfeliu, “Yo en los otros, los otros en mí. Grupo y procesos identificativos”, en N. Caparrós (coord.), Del narcisismo a la subjetividad. El vínculo, Madrid, Biblioteca Nueva, 1998.

  16. En diagnósticos estrictos de este cuadro (no tanto en la anorexia como síntoma), es frecuente que el padre aparezca desdibujado y la madre no consiga devolver una mirada de orgullo cuando contempla a su hija, no “engorda” ufana al hacerlo. Los espejos familiares fallan y los otros le devuelven su distorsionada autoimagen. Sobre este tema ver también La anorexia: una locura del cuerpo, N. Caparrós e I. Sanfeliu. Madrid, Biblioteca Nueva, 1997.

  17. Historia de un embaucador a la luz del psicoanálisis” (1923). Traducido por la autora al castellano en Clínica y análisis grupal, nº 80, enero-abril 1999.

  18. Alberto Eiguer, Petit traité des perversions morales, París, Bayard Éditions, 1997.

  19. Comment violer pour voler l’amour”.

  20. María Zambrano, El hombre y lo divino, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1955, p. 282.

  21. Sobre esta patología, consultar La construcción de la personalidad. Las psicopatías, de Nicolás Caparrós. Madrid, Fundamentos, 1980.

  22. Tesis doctoral. Incluido en De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, Madrid, Siglo XXI, 1976.

  23. Algunos mecanismos neuróticos en la envidia, la paranoia y la homosexualidad”.

  24. Sugestión contingente ejercida por un sujeto delirante activo sobre un sujeto débil pasivo.

  25. Jean Genet se basó en este caso para escribir su novela Las criadas. También Chabrol encontró aquí sugerente material para una película.

  26. Con los emperadores romanos se consiguió un gran avance en el planteamiento de la imputabilidad.

  27. Levítico, XVIII, 22-23.

  28. Comedia, tragedia y drama.

  29. Salvo los esclavos y aquellos que no merecieran el título de atenienses.

  30. Dionisos, dios del placer y el caos; Apolo, dios de la armonía y el equilibrio.

  31. Manuel Fraijó, “¿Envidia de Dios? Hacia una teoría de Satán”, en La envidia, de Castilla del Pino.

  32. Delirios en los que se establecen diálogos con el demonio o cohabitan con íncubos y súcubos.

  33. El País, sábado 27 de marzo de 1999: “Alarma en el Reino Unido al duplicarse el número de menores encarcelados”.

  34. Krafft-Ebing, op. cit., p.10.

  35. Quintiliano Saldaña, Valor de la psicología profunda en Ciencias Penales, Madrid, Reus, 1935.

  36. Quintiliano Saldaña, El delincuente y sus jueces desde el punto de vista psicoanalítico, Madrid, Biblioteca Nueva, 1935.

  37. Propuesta de reemplazar el castigo y la intimidación por la socialización del delincuente.

  38. Citado por H. Carpintero y M. V. Mestre, Freud en España, Valencia, Promolibro, 1984, p.123.

  39. Ibid., p.127.

  40. Ibid., p.129.

  41. Cuervo, Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1993.

  42. Camargo, El psicoanálisis en la doctrina y en la práctica judicial, Madrid, Aguilar, 1930.

  43. Biblioteca Nueva publicó las obras completas de Freud en 1922.

  44. Citado por Carpintero y Mestre, op. cit., p.118.

  45. Ibid., p.120.

  46. Crimen y castigo”, Archivos de neurobiología, 1934.

  47. Definición de psicópata según Kurt Schneider: “aquel que por su carácter sufre y/o hace sufrir a los demás”.

  48. Cuadernos de derecho judicial. Aportaciones de la psicología al ámbito jurídico, Consejo General del Poder Judicial, 1994.

  49. De “los cinco del barrio” que componían el grupo, dos han muerto.

  50. Antes me mato que volver a la cárcel”, comentó en una ocasión.

  51. Consumo de morfina facilitado por un médico sin título.

  52. Op. cit., p.174.

  53. No de objetos sino de la facultad de generarlos, por eso no se sacia con ninguna adquisición.

  54. R. von Krafft-Ebing, Médecine légale des aliénés, París, 1911.

  55. Que ilustra la idea que sigue con un ejemplo: al tirar una piedra se fuerza su trayectoria, pero en su tramo final se acoge de nuevo a la ley de la gravedad y cae con aceleración natural.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *