Clínica y Análisis Grupal – Nº 4 (1977)
(Mayo/Junio) Pags. 30-38
Depósito legal: M-37.871-1976
El trabajo trata de establecer un paralelo entre la evolución histórica de la terapia individual y la terapia de grupo.
El psicoanálisis se constituye como ciencia cuando encuentra un objeto de estudio: el Inconsciente. A partir de ahí puede establecer una psicoterapia congruente. en los comienzos del trabajo grupal, se intenta realizar una generalización de los hallazgos obtenidos en el psicoanálisis. Los resultados, inevitables por otra parte, son un mayor prestigio de la terapia individual versus una mayor superficialidad en la terapia de grupo.
La psicología de lo grupal y por ende la terapia de grupo, necesitan dar con su propio objeto de trabajo. Nosotros proponemos el vínculo. El vínculo caracteriza al hombre en su praxis y permite, buscando su proyecto (para qué), analizar su ahora y su porqué. Esta última tarea es a la que se ha dedicado prevalentemente la psicoterapiaa profunda de tipo individual.
Se trata en suma de buscar la mayoría de edad de la psicoterapia de grupo.
This article establishes a comparison between group therapy and the historic evolution of individual therapy.
The psychoanalysis is constituted as a science when an object of study is found: the unconsciousness. From this point on, a congruent psychotherapy is established. In the begining of group therapy generalizations were made of the findings obtained in psychoanalysis. The outcome, on one hand unavoidable, is a greater prestige for individual therapy versus a greater superficiality for group therapy.
Group psychology and, therefore, group therapy must find its object of occupation.
We propose the vinculum. The vinculum characterizes man in his praxis and, by ascertaining his project permits him to analyze his now and why. Profound individual psychotherapy has made this last task its specialty.
In short, it deals with the search for the maturity of group therapy.
De la psicoterapia individual a la psicoterapia de grupo
Nicolás Caparrós
El hombre enferma en grupo; por tanto, parece lógico que sane también en grupo.
Costó bastante tiempo aceptar la psicoterapia. Y fue aún más difícil darse cuenta de que sus posibilidades realmente transformadoras no estaban precisamente en la catarsis, sino en la relación terapeuta-paciente (neurosis, psicosis o psicopatía de transferencia).
La psicoterapia discurre poco a poco desde la empiría a la teoría, desde la intuición a la reflexión, del arte a la ciencia.
El proceso psicoterapéutico es susceptible de comprensión y explicación. Todo ello es gestado mediante el descubrimiento del inconsciente y su relación con la conducta cotidiana. La relación inconsciente-medio es alternativamente actuada o hecha praxis por lo consciente.
El terapeuta puede analizar los contenidos del inconsciente, las peculiares elaboraciones de estos contenidos (los aspectos formales) y, finalmente, la conducta. Además, puede relacionar comprensivamente estos tres niveles.
Este esbozo, apenas trazado, sintetiza, aproximadamente, las distintas vías que el psicoterapeuta emplea, aun cuando, según su enfoque de escuela, haga hincapié en unos pasos más que en otros.
Sin embargo, todo lo que acabamos de decir se refiere, en lo fundamental, a la psicoterapia individual. En el «como si» del espacio terapéutico contenido en la relación de dos personas, discurren los análisis de la conducta, la caracterización de las defensas del yo y la búsqueda de los contenidos inconscientes. Si el trabajo recae en lo primero, estamos ante una psicoterapia superficial; si en lo segundo, ante un análisis del carácter; si en lo tercero, ante la psicoterapia profunda propiamente dicha.
Esta última ha sido considerada por mucho tiempo como la psicoterapia por antonomasia, siendo todas las demás formas menores de escasos resultados.
El estudio de los sueños, el acto fallido y la asociación libre representan, en el caso de la psicoterapia profunda, el método de elección para abordar los contenidos del inconsciente. Más tarde se les unen procedimientos más sofisticados, procedentes del análisis lingüístico. Con ellos, el privilegio de la palabra se hace aún mayor. Nos vamos alejando, en etapas sucesivas, del descubrimiento de la catarsis (emoción-acción) para adentrarnos en la vivencia (emoción-pensamiento). Insensiblemente, pensar va a ser bueno y actuar se convertirá en malo.
«Interpretar» es tratar de volver consciente lo inconsciente. «Señalar» es matizar ciertos elementos del discurso consciente para que el otro pueda acceder a una autointerpretación. En el encuentro de dos se van topografiando las distintas geologías de lo vital.
¿Qué decir de la psicoterapia de grupo?
No cabe duda de que estamos ante un problema distinto. Hay en todo ello un aspecto que no quiero dejar para más tarde. La psicoterapia de grupo, allá donde consiguió arraigar, lo hizo por intrínseca necesidad de la situación. Ni Prats, ni Bion, ni los terapeutas de las instituciones podían optar por otro método que no fuese el colectivo. La psicoterapia de grupo, en sus orígenes, está inseparablemente ligada al hacinamiento, la urgencia y las condiciones precarias.
Se va deslizando un peligroso axioma —los axiomas, a veces, no tienen demostración, porque muchos son falsos—: «Cuando no se puede hacer psicoterapia individual —como sería de desear—, se debe hacer psicoterapia de grupo».
Aunque los hallazgos psicoanalíticos constituyen, al fin y a la postre, una inestimable ayuda para lo grupal, este beneficio no se hará efectivo en los primeros desarrollos de la historia de la psicoterapia de grupo, sino todo lo contrario.
La fundamentación de la teoría del inconsciente no corre pareja con la construcción de una teoría de lo grupal. A ese respecto, tenemos más que agradecer a teóricos que no proceden de la psicología, como Sartre, que a nosotros mismos.
La propia historia del psicoanálisis nos puede proporcionar diversas claves sobre la historia de los grupos. El comienzo psicoanalítico viene marcado por los hallazgos clínicos. Estos hallazgos tienen, por aquel entonces, su encuadre teórico en el modelo médico y más concretamente en el ambiente neurológico. La etiología del síntoma es la meta de cualquier investigador interesado en la histeria. El «Proyecto de una psicología para neurólogos» aparece como síntesis primera de este estado de cosas.
La mayoría de edad del psicoanálisis empieza con el abandono del método catártico y el descubrimiento del inconsciente. Es cierto que antes de Freud existen multitud de trabajos, ora científicos, ora literarios, que se ocupan de este problema. (También antes de Marx aparecen descripciones sobre la plusvalía, por ejemplo). Sin embargo, Freud, y en ello estriba su genialidad, sistematiza por primera vez este latente de su época y descubre su trascendental importancia. Apunta su estructura y contextualiza su operatividad en la vida psíquica. Este es un salto cualitativo que los bocetos anteriores nunca habían sabido reunir.
Desde ese momento, el acopio de datos procedente de la clínica adquiere una dimensión nueva: es leído de otra forma. La prehistoria de la personalidad (cuando aún no existe lenguaje hablado) adquiere una importancia que hasta el momento se desconocía. La lectura de lo humano desde la perspectiva del inconsciente aporta una faceta más en el conocimiento imposible de la totalidad. Freud descentra las lecturas habituales sobre el hombre. La conducta es un fenómeno real-aparente desde ahora. Nos comunica la falacia última del conocimiento inmediato y enseña finalmente que una cosa es la praxis y otra muy distinta el empirismo.
Freud pudo decir, aunque nunca dijo: «mi objeto de estudio es el inconsciente». Añadiría, quizá: desde el horizonte inconsciente, el hombre es visto de otra manera. Se trata del horizonte de los porqués, de los porqués biográficos, que no biológicos. Freud nunca se atrevió a abandonar del todo su origen médico y esperaba que una metaciencia integrase el psicoanálisis con la biología. Siempre hubo lucha por el poder entre estas dos concepciones y nunca faltó respeto por la que, en la época de los comienzos del psicoanálisis, preponderaba.
El psicoanálisis resulta ser así una perspectiva sobre el hombre desde un aspecto del mismo: el inconsciente. Sepamos sobre el inconsciente y habremos logrado saber más del hombre. Es verdad. La práctica lo demuestra. Pensamos que era el paso necesario, porque todo lo que acabamos de nombrar ya es historia.
La concepción grupal de lo que es el hombre nace lastrada e iluminada por toda esta historia.
Resulta que la psicoterapia de grupo recibe una herencia, pero tiene el desafío que plantea el vértigo investigador y creativo. ¿Es preciso decir que la psicoterapia de grupo tiene un objeto nuevo? ¿Será necesario pensar que la psicoterapia de grupo expresa un cambio cualitativo y no una mera generalización de lo individual?
Durante mucho tiempo estas preguntas no se han hecho; por lo tanto, era difícil que pudiéramos hallar una respuesta.
Creo que los hallazgos más genuinos sobre el grupo se han hecho cuando éste se ha librado de la molesta y necesaria tutela del psicoanálisis. Y ha ocurrido como en los albores de la psicoterapia individual: nos hemos encontrado con una serie de hallazgos que denotaban, eso sí, transformaciones evidentes en la atmósfera del grupo, pero sistemáticamente se los ha dejado escapar, comidos por el ambiente de lo situacional, o se los ha explicado mediante una teoría construida para otros menesteres: el psicoanálisis.
Los tuberculosos de Prats, las neurosis de guerra de Bion, los roles de la dinámica de grupos, la atmósfera emocional creada por los laboratorios de Shepard, la visualización del conflicto de Perls, la realización de la escena de Moreno, la interacción, la autogestión, el análisis transaccional de Berne; todo ello crea un caleidoscopio que nos habla de nuevas perspectivas y de la necesidad de una nueva teoría no supeditada a una técnica determinada. Y digo esto porque cualquiera de los anteriores caminos que me he limitado a enumerar arroja luz sobre distintos aspectos del quehacer grupal y, por ende, de la propia estructura del grupo, que ya no puede ser concebido como la mera suma de individualidades.
Si hubo una fase catártica en los albores del psicoanálisis, también la ha habido en los comienzos de la psicoterapia grupal. (Ver, por ejemplo, los grupos de encuentro. Ver también las primeras fases de la psicoterapia moreniana y la confesión individual en público).
Los estudios de las instancias psíquicas tienen lugar a partir de hallazgos dispersos de la clínica psicoanalítica: los sueños darán por resultado el descubrimiento del Edipo (1897), el yo y el ello (1923); llevados a sus últimas consecuencias hacen nacer a «Inhibición, síntoma y angustia» (1926) y «El malestar en la cultura» (1929).
El trabajo grupal, en sus comienzos, se muestra ante todo capaz de conseguir momentos catárticos o de describir estáticamente funciones —roles—. Pero ambas tendencias siguen durante algún tiempo caminos separados.
Decíamos antes: el psicoanálisis entra en su mayoría de edad cuando descubre un objeto que le es propio, el inconsciente, y construye una técnica idónea para investigarlo, el análisis. La teoría psicoanalítica, que extrae leyes de las técnicas aplicadas a ese objeto, constituye una nueva perspectiva sobre la visión del hombre. LA PSICOTERAPIA DE GRUPO NO HA DELIMITADO AÚN SU OBJETO. En ello estriba quizá su mayor debilidad. Sus hallazgos, hasta ahora, han sido dispersos y, en todo caso, encontraron su explicación en el contexto psicoanalítico.
Si no queremos caer en el error de generalizar excesivamente los hallazgos teóricos freudianos, haríamos bien en formular una serie de preguntas de gran simplicidad:
Si la psicoterapia en general tiene la ambición de corregir las limitaciones, tanto objetivas como subjetivas, que un ser humano tiene en la relación con su medio, ¿qué nuevas posibilidades podría depararle el grupo?
¿Es el grupo un artificio terapéutico o un nuevo espacio que hace posible un distinto trabajo terapéutico?
El grupo puede ser una nueva técnica terapéutica; en este caso, necesita ser contextualizada por una determinada teoría, no necesariamente apoyada en el psicoanálisis.
O bien el grupo es el campo de elección de lo real en el que se pueden aplicar diversos tipos de técnicas que encontrasen aquí una eficacia y una funcionalidad distintas.En la misma línea, necesitamos dilucidar si el trabajo grupal arroja una perspectiva cualitativamente distinta sobre el ser humano o es, todo lo más, una simple innovación técnica.
Tenemos que saber si el grupo genera un nuevo objeto de estudio y si ese objeto de estudio conlleva aportaciones esenciales para la psicoterapia.
Muchas veces he oído decir que, para construir una teoría de grupo, es preciso definir primero qué es el grupo. No comparto esa suposición, de la misma manera que al psicoanálisis no le ha sido necesario definir qué es el hombre, aunque se ocupe de él. Creo más bien que la psicología grupal —y la psicoterapia de grupo— tienen, eso sí, que definir su objeto. Pero este no tiene por qué coincidir necesariamente con el grupo. Antes bien, pienso que el grupo es el espacio idóneo para definir un nuevo objeto que no es precisamente superponible con el espacio. Hemos trabajado con el ser humano singular y delimitamos el inconsciente; si trabajamos con el grupo no tenemos por qué partir de una definición definitiva de «grupo», que sospecho, por momentos, está influida permanentemente por la variable histórica. Tenemos que tratar de definir qué es aquello nuevo que nos muestra el trabajo con el grupo.
Dentro de estas consideraciones, el grupo es un lugar de privilegio para trabajar lo interpersonal, las relaciones simétricas y asimétricas, la exclusión, la competencia, la actitud, el proyecto de acción, el aquí y ahora. Todo ello puede afirmarse tras la práctica grupal. Todo ello tiene un denominador común cuya captación no es inmediata: nos estamos refiriendo al vínculo.
Que el vínculo es el objeto de la psicoterapia grupal viene dado porque el grupo es el lugar preferente de su manifestación. La determinación concreta de un individuo se da a través de sus múltiples interconexiones reales (L. Rozichner). Por otra parte, toda conducta es un vínculo, y un vínculo con otra persona, presente, ausente o mediata¹. El vínculo actual creado en el grupo terapéutico permite, desde el aquí y ahora, hacer prospecciones sobre el para qué de la conducta y, a partir de ahí, sobre el por qué de la misma. Una psicoterapia del vínculo permite tener como objeto de trabajo a la relación y no a los integrantes aislados de ésta. Ello permite la posibilidad de analizar al grupo y no al individuo en el grupo, en una especie de juicio público.
Los primeros pasos de la psicoterapia grupal han consistido en una especie de traslación de la experiencia individual de los terapeutas al grupo. En este caso estaba plenamente justificada la crítica de la superficialidad del grupo versus la profundidad del encuentro individual. Cada paciente se sentía invadido por la presencia de los otros, que le ocupaban la atención del terapeuta. Esta presencia de los otros era analizada a partir del estatismo del rol. Los roles son una superestructura de la personalidad de raíces socio-psicológicas cuya operatividad en el grupo ha sido similar a la caracterología de MacDougall en psicología. Para ser un concepto social, tenía muy poco campo de expresión en un pequeño grupo; para ser un concepto psicológico, era demasiado rígido y carente de matices. Por otra parte, era claro que, en la atmósfera grupal, tan alejada del diván y de las interferencias de todo tipo, la técnica psicoanalítica, tal y como ha sido construida, sólo producía remedos de la situación analítica habitual. Era, por así decirlo, un psicoanálisis tosco y pedestre. Sin embargo, a la par que se descubría la incapacidad de aplicar «industrialmente» las técnicas clásicas, se ha ido descubriendo que el ser humano, siendo grupo, produce un material inaccesible al análisis individual e inaccesible a sus métodos. Primero fue entrevisto en medio de una gran oscuridad conceptual. Se trataba de reacciones que tenían lugar en determinados pacientes cuya explicación no estaba solamente en ellos mismos, ni en su biografía, ni en la relación binaria que en ese momento pudieran establecer con el terapeuta. Al menos no lo estaba enteramente. Existía algo más que fue indicado —que no definido— primero como «clima» y más tarde como supuestos básicos. En los dos casos, una postulación. El clima resultó ser operativamente inmanejable, o a lo sumo transmisible como las reglas de un arte esotérico. Los supuestos básicos resultaron ser una caracterización demasiado tosca e impositiva. Quiero decir que no admitían matices y que, por otra parte, impedían una calificación abarcativa de todos los miembros del grupo. Todos los terapeutas hemos sentido la impresión de que determinadas interpretaciones grupales, al margen de las resistencias que haya para recibirlas, dejan al margen a un cierto número de integrantes. Todos los terapeutas tememos también la experiencia de que, a veces, lo tratado en un grupo «con-suena» realmente con una parte de él, pero deja intocada a la otra. En esos momentos nos hemos entregado a reflexiones tales como qué ocurre con las resistencias o nuestra mala elección de integrantes de un grupo. Ahí entran también consideraciones tales como si ese paciente concreto estaría para «individual» en vez de para «grupo».
Uno pugna por buscar aquel objeto que abarque al grupo. A veces se ha dado con una solución falaz: el grupo mismo. ¿Vieron las veces que los integrantes de un grupo hablan de grupo, o de «hagamos grupo», o aun opinan sobre si el grupo marcha o no? Entonces estamos recurriendo a una entelequia o, en todo caso, a una imposición propuesta por los propios terapeutas. Porque así, el grupo resulta ser lo que yo formo, el lugar de mi ejercicio profesional, de mis ingresos, etc. Ah, pero esta dificultad iba a ser soslayada, aunque no salvada, con los grupos preformados. Es decir, aquellos grupos que ya vienen compuestos como tales ante el terapeuta. Estos segundos grupos dieron algunas nuevas luces. Librado el terapeuta de la responsabilidad de la integración grupal, podía dedicarse más sosegadamente al estudio de la estructura que se le ofrece, para hacer surgir un claro adelanto: la tarea. Un grupo preformado trae unos objetivos, manifiestos o no, y dispone de unos determinados medios influidos por los integrantes y por las condiciones del entorno. El terapeuta encuentra ahí, por primera vez de una manera clara, la posibilidad de rescindir lo estrictamente individual. Decidirá analizar la relación existente entre la tarea propuesta y el grupo propiamente dicho. Será, en cierto modo, un intento de lograr «salud» para una determinada acción o de criticar la insalubridad de una tarea, y todo desde el descentramiento que permite dedicarse a leer la sutura grupo-tarea. Prontamente se nos van a presentar nuevos escollos: ¿cómo importar la técnica operativa a los grupos terapéuticos? Lo obvio sería decir: un grupo terapéutico es aquel que tiene por tarea su propia curación. Ahí nos perdemos, porque el concepto curación ha sido siempre patrimonio, por un lado, de la máxima imposición social y, por otro, el reducto de la postrera intimidad. En otras palabras: tu curación no coincide necesariamente con mi curación. Queda como posibilidad un artificio: seleccionemos integrantes de grupo cuyos procesos sean paralelos o complementarios. Demos con las claves comunes de sus posibles códigos. ¿Y cómo hacerlo? ¿A través del diagnóstico psicopatológico habitual? ¿Mediante el juicio psicodinámico común? ¿Infiriendo los posibles roles que desempeñarían en el grupo? ¿Por afinidades aparentemente neutras: edad, condición social, sexo, etc.? La realidad demuestra que con estos criterios selectivos se cae en bizantinismos estériles o en situaciones honradamente impredecibles.
Sin embargo, como decíamos antes, el grupo operativo nos ha dejado una serie de enseñanzas que nos pueden servir como punto de partida. Se trata de una concepción que acentúa el privilegio de lo grupal frente a lo individual. El elemento básico del que se sirve el analista es el emergente y no la manifestación individual, individualmente interpretable. La tarea abre, por primera vez de manera clara, el para qué grupal.
Cuando introducimos el concepto de vínculo como encuentro actual posible de dos actitudes previas, estamos en condiciones de empezar a poder leer más pormenorizadamente lo grupal en cada uno de sus pasos. Como veremos en otros trabajos², centrar el análisis en el vínculo permite la triple lectura del «Ahora», del «Antes» y de la fantasía del «Después».
La posibilidad del vínculo actual viene dada por el núcleo básico predominante de la personalidad³; su lectura concreta puede ser hecha a través de la escena dramática y sus correcciones posibles mediante la interacción grupal. De esta manera, el vínculo pasa a ser el lugar común a través del cual pueden ser leídos los emergentes que, ahora sí, atañen a todo el grupo.
Pensamos que estamos ante la definición de un objeto específico de la psicoterapia grupal, a partir del cual ésta desarrolla sus propias técnicas. Pensamos también que, con todo ello, el futuro de la psicoterapia pertenece al grupo, aun cuando ahora sus técnicas no estén aún suficientemente afinadas. Por otra parte, creemos que no tiene sentido en estos momentos entrar en la polémica de la «profundidad» terapéutica, toda vez que, en última instancia, la psicoterapia no se mide por juicios de valor, sino por resultados, y de entre ellos por la capacidad consiguiente de transformación del medio que el ser humano consiga, ayudado por ella.
Notas
En el original: “presente ausente o mediata”. Se corrigió a presente, ausente o mediata por claridad.
Referencia: H. Kesselmann, «Psicopatología vincular» en este número; A. y N. Caparrós, Psicología de la liberación. Fundamentos, Madrid.
Referencia: H. Kesselmann, «Psicopatología vincular» en este número.