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Imago Clínica Psicoanalítica

Fernando Ulloa
Clínica y Análisis Grupal – Nº 58 Vol. 13(3)
Pags. 341-350
ISSN: 0210-0657

Tres formas complementarias de abordar la ternura desde el psicoanálisis como marco común: como «cosa de ignorada memoria», en cuanto «teorema psíquico» y desde la poética. El código simbólico cubrirá el arrullo y la palabra hacedoras de inconsciente. Ternura como resultado del freno impuesto al fin último de la pulsión sexual materna… Así transcurre el autor por estas páginas.

Three complementary ways of approaching tenderness, using psychoanalysis as a common framework: as a «thing of forgotten memory,» as a «psychic theorem,» and from the perspective of poetics. The symbolic code will encompass the lullaby and the spoken word as forces that shape the unconscious. Tenderness as the result of the restriction imposed upon the ultimate aim of the maternal sexual drive… Such is the path the author follows throughout these pages.

Trois manières complémentaires d’aborder la tendresse en prenant la psychanalyse pour cadre commun : comme « chose d’une mémoire ignorée », en tant que « théorème psychique » et sous l’angle de la poétique. Le registre symbolique englobera le bercement et la parole, vecteurs de la constitution de l’inconscient. La tendresse envisagée comme le résultat du frein imposé à la finalité ultime de la pulsion sexuelle maternelle… C’est ainsi que l’auteur nous guide au fil de ces pages.

La ternura

Fernando Ulloa

Este asunto de la ternura, en apariencia tan conocido y antiguo como «la vieja», que ahí está su origen, en la relación materno-infantil, es no obstante asunto arduo de presentar.

Me ha de auxiliar un párrafo de Leopoldo Marechal cuando dirigiéndose a la mujer amada, Albiamente, dice más o menos así: «…podría muy bien explicarte el teorema de Pitágoras, mas no me sería posible explicarte una flor si nunca has visto una rosa.»

Es difícil explicar la rosa porque hay tres representaciones de ella: la rosa-cosa, la rosa-palabra y la rosa-afectos. La botánica solamente no puede abarcar toda la flor, tampoco la poética aun cuando ambas despliegan la palabra; hace falta la experiencia sensible con la cosa misma. Con la ternura, que tiene mucho de teorema psíquico pero más de cosa, acontece algo un poco distinto a lo que pretende Marechal con su flor. Haber visto, olido, tocado una rosa, es experiencia que hace memoria para asentar su explicación. En cuanto a la ternura-cosa, el sujeto humano sólo logra sobrevivir si la experimentó desde el alimento y el calor, la caricia y el arrullo materno. Pero de aquel primer encuentro con el objeto de necesidad indispensable, no queda memoria, queda inscripción, huellas en apariencia ocultas. La ternura de comienzo no es rosa memorable, lo será después con la palabra adquirida.

Voy a tratar de presentar primero esta versión de la ternura, como cosa de ignorada memoria para luego hacerlo, valga la metáfora, en cuanto teorema psíquico. Finalmente intentaré sugerirla desde la poética con intención de completar lo que falta.

Apelando a un lugar común en psicoanálisis, diré que se trata de poner en juego la ignorancia, en el sentido de apuntar a lo inconsciente y aprender los primeros tiempos de la ternura, el tiempo fundamental de la cosa. Será necesario reactivar el entendimiento vivencial que se anima, no tanto cuando hablamos de ternura sino cada vez que operamos relaciones familiares, amistad, amor y sobre todo la convulsiva animación del sexo. Por supuesto a cada cual como le fue en la feria, que de eso dependerá en gran medida cada estilo en el amor y su batalla.

Hablé antes de las representaciones de cosa, de palabra y de afecto. Con estas tres representaciones trabaja el psicoanálisis. La materia del inconsciente está integrada por representaciones de cosa y en parte de palabra. Ambas desligadas entre sí fabrican fantasmas inconscientes marcando y comandando los pulsos del amor y de la muerte, de la locura y lo contrario. Ninguno de estos pulsos es ajeno al fantasmático temprano motor de la ternura. En cambio cosas y palabras articuladas, cosas nombradas, forman la conciencia y sus estrategias. Los afectos, nunca inconscientes, son cargas móviles, desplazables, transformables dibujando múltiples combinaciones presididas por la angustia o la alegría.

Para presentar la ternura, como cosa de remota experiencia, hay que apoyarse en ese tiempo primero. Poner en palabras hipotéticas, que cuando se aproximan a lo que fue, es probada como posible por aquél a quien alude. Decía que es necesario apoyarse en la construcción hablada. Esta palabra apoyar, tiene connotaciones importantes en el psicoanálisis de la ternura. Se refiere literalmente al llamado placer de orgasmo que literalmente habrá de hacer escuchar su llamado de ahí para siempre. Placer directo de los órganos puestos en función durante el alimento, cuando el labio y el pezón apoyan su contacto. Incluso labios contactando entre sí. «Besar los propios labios» -dirá Freud. También el apoyo de piel a piel, o de piel y vestido, regulando el calor y la caricia. En esos tiempos tempranos los ojos tienen función de contacto incorporativo, se va viendo lo que aún no tiene nombre.

El arrullo y la palabra por entonces no son lenguaje, son cosas marcando huellas hacedoras de inconsciente. Más tarde las palabras nombrarán y harán memoria y códigos simbólicos. Memoria inicial, destinada en gran medida a naufragar con el Edipo. Los psicoanalistas mantenemos un arduo y fecundo debate acerca del lenguaje y el inconsciente. No es debate para esta oportunidad. El código simbólico -el lenguaje- se irá montando gradualmente, memoriando el pasaje del infant -sin palabras- a sujeto hablante. Quedan de esa memoria primera los recuerdos que han sobrevivido al hundimiento y que comenzarán a operar, con respecto a la ternura, como rosa conocida sobre la que es posible apoyar explicaciones acerca del teorema tierno. Por ahora adentrémonos en la cosa existente e ignorada, la que no teniendo palabras, forma otro registro anterior al simbólico o hablado, el semiótico, por huella o marca. Señala Julia Kristeva que en los comienzos de la filosofía, antes que nuestro modo de pensamiento se cerrara en el horizonte de un lenguaje entendido como traducción de una idea, Platón habló de la chora, receptáculo arcaico, móvil, inestable, anterior al Uno, al padre, incluso a la sílaba, designando metafóricamente como nutricio y materno y constituyendo no sólo las marcas que deja el pecho y el cuerpo materno todo, sino también los labios y la piel que lo tocan, olfatean y lo miran. Son las huellas de un vínculo, primeros caminos de la ternura, vueltas a andar elementalmente en futuros entredichos y entreveros amistosos, amatorios, sexuales; en las buenas y en las malas.

Existiría -así dubitativamente- algo más antiguo aún que la semiótica, algo más supuesto que seguro. Suponer una suerte de ventana heredada balconeando hacia la memoria más remota, en general trágica, de la especie. Pulsación arcaica latente que el racionalismo materialista de Freud no pudo dejar de advertir cuando describió las fantasías primordiales o de origen. Una suerte de prehistoria soportada filogenéticamente. Vagas sombras de castraciones, parricidios, seducciones, escenas primarias, acontecidas real y repetidamente a lo largo de los siglos iniciales, en tiempo en la horda primitiva. Habitualmente el sujeto no advierte con nitidez esta grieta con lo antiguo, más bien suele ser mirada de los psicoanalistas frente a las teorías sexuales infantiles, la novela familiar del neurótico, los sueños y delirios regresivos.

Es posible apuntar otras articulaciones con la semiótica activada en la ternura: la conexión oscura y efectiva que el sujeto establece con su territorio corporal, sobre todo mediante el mapa energético-neuronal. Esta malla que componen lo arcaico y lo energético-neurona, atravesando estructuras semióticas y simbólicas, es el fundamento del goce de la ternura. El goce es otro capítulo arduo del psicoanálisis. Suficientemente arduo como para tratarse de una noción psicoanalítica distinta, tal vez no tanto, de lo que el término trasmite cotidianamente. Mezcla milagrera de placer y dolor, de alegría y de terror, de sabido e ignorando, psíquicamente corporal, hundiendo profundamente sus raíces en la experiencia inicial de la ternura. Si ésta es de linaje sexual, el goce también es goce sexual. Las experiencias de vida reforzarán o mermarán algunos de los elementos del antiguo goce, corriéndolos más al polo del placer o al polo del dolor, de la alegría o del temor. Nuevamente se hace cierto que «a cada uno según como le fue en su feria», no sólo en la actual a la que fue invitado o concurrió por sí, sino en las antiguas donde no tuvo opción.

Hasta aquí la presentación más ardua, la ternura-cosa, efecto del apoyo en cosas concretas, visibles, tangibles, audibles, grabando marcas que la propia palabra nombre.

Trataré ahora de aproximar, algo facilitado por lo descriptivo, lo que denominé el teorema psíquico de la ternura. Se trata en parte, sólo en parte, de rosa conocida por ser observable en el escenario donde transcurre la relación inicial madre e hijo. Relación que, digámoslo de entrada, tiene presente un convidado de piedra, en el doble sentido de semiexcluído y fundamental. Me refiero al padre, a sus sustitutos, a la presencia de las normas sociales, en una palabra al tercero. Por eso el término ternura tiene resonancia de terceto e incluso se puede evocar un inesperado parentesco etimológico con el calé gitano, donde la palabra «terno»mantiene el doble significado de joven, por tierno, a la vez que designa terceto.

Valga lo anterior como pretexto para introducir algo totalmente opuesto a la ternura, el amor pasional que ilustra Carmen la gitana, y su amante asesino. Estrictamente la etimología de ternura proviene del latín tenerse por joven, de ahí se pasa a ternero, aportando pujanza instintiva y finalmente a ternura. Descriptivamente la ternura es el resultado de la coartación o freno del fin último de la pulsión sexual materna. Es una coartación desde la explícita acción del tercero, algo así como si el padre dijera: «No lo sobreexites, no lo sobreagredas, también es mi hijo.» Para que se favorezca esta coartación o freno pulsional en la madre, el tercero debe proponerse a sí mismo como destinatario a la descarga pulsional detenida frente al hijo. De hecho la madre ya viene cultural y emocionalmente predispuesta desde su propio trío edípico, a la coartación pulsional frente a su hijo. La presencia del tercero refuerza y perfecciona la ternura, siendo importante no es imprescindible en tanto operen valores equivalentes.

No es posible que germine la ternura en situación plena de dos, germina la tragedia. Llamo situación plena de dos, aquella que se da incluso con la presencia concreta de un tercero plenamente útil por características de sí mismo y/o de la madre. Un trío de dos donde el niño, desde la invalidez inicial de su vida, puede ser arrasado por un duro embate pasional materno. La tragedia abarca muchos capítulos, pero aquí me refiero solamente al amor pasional, algo que apareciendo como totalmente opuesto a la noción de ternura, -noción que aún no he terminado de presentar- tiene con esta una real semejanza ya que ambas son situaciones vincularmente asimétricas. Es asimétrica, por definición, incluso biológica, la relación madre e hijo y lo es la relación pasional cuando alguien demanda amor, excluyendo todo posible tercero para sí o para lo amado, mientras alguien rechaza con distintos grados de intensidad esta demanda amorosa. Si el rechazo es total el amor se transforma en odio. De ahí el crimen deseado o accionado, solamente un paso. «Ni para mí ni para nadie» será la consigna asesina.

Todo lo anterior no debe inclinarnos a pensar equivocadamente que el tercero, el padre, es el héroe de la película y que madre e hijo tienen un rol prevalentemente pasivo. Sería una falsa imagen aun sabiendo que el psicoanálisis y la antropología, asignan al tercero el lugar y el significado de la ley. Pero el poder fálico es una cuestión de lugar y de tiempo y no básicamente de sexo. Es que el padre o equivalente intervienen desde el después y el afuera de la madre, disolviendo tempranamente aquella situación inicial que el psicoanálisis define como unicidad fantasmática donde no existe un nítido enfrente-diferente entre madre e hijo, que de mantenerse cristalizado probablemente desemboque, en el futuro, en el atrapamiento trágico de la psicosis o de las distintas formas de la pasión. Esto no acontece cuando la madre desarrolla nítidamente dos funciones específicas de la ternura: la empatía y el miramiento. La empatía es también un fenómeno complejo si bien aquí lo ilustraré con una afirmación formal: la madre sabe empáticamente, por qué llora su niño, si por ansiedad, por hambre o por frío. Vista así la empatía garantiza el suministro. De hecho no es asunto sencillo ya que posiblemente ponga en juego toda la gama oscura de procesos como la telepatía, adivinación, clarividencias y tal vez algunos otros. Fenómenos probablemente presentes en el niño pequeño y cuyo ejercicio iría perdiendo con la adquisición de la palabra y el naufragio edípico.

El miramiento es más descriptivo aún. Es aquella función que garantiza, desde el comienzo, la autonomía futura del chico. Tener miramiento es poder mirar con interés amoroso algo reconocido como distinto, ajeno y necesitado. En tal sentido no sólo es garantía de autonomía sino base ética en la relación con el otro. Estas funciones. ejercidas maternalmente, hacen posible simultáneamente otros procesos importantes en el niño, centrados fundamentalmente en el temprano, progresivo y necesario repliegue autoerótico. Es en el repliegue autoerótico donde la sexualidad humana adquiere verdadera efectividad. Comienza con aquel «besarse en los propios labios», que el niño ejercita exitosamente durante el sueño, mientras alucina fantasmáticamente el pecho nutricio hasta que la realidad del hambre dispare el llamado del llanto. Continúan también tempranamente con el descubrimiento cenestésico y visual del propio cuerpo, por ejemplo las propias manos sostenidas en el aire. La madre tiene distintas alternativas frente a esta actividad del niño. Invadirlo festejando inoportunamente su descubrimiento. Abandonarlo aprovechando su ensimismamiento. Pero si opera bien la empatía y el miramiento, permanecerá en la periferia ni invasora ni ausente. Winnicot observa que esta actividad autoerótica del niño favorece su «capacidad de estar solo». Aquella capacidad fundamental que coloca a alguien próximo a sí mismo. Capacidad que más tarde, por ejemplo en el orgasmo adulto, hará posible abismarse en sí mismo, en la proximidad de un otro que a su vez podrá hacer lo propio. La singularidad en compañía es una variable importante, quizá no frecuente del orgasmo.

Para que el repliegue autoerótico del niño no se banalice en atrapamiento masturbatorio compulsivo, no debe haber carencia materna y tampoco paterna. Hay un cuento, que parece un relato sufí y que ilustra claramente estos abandonos o lo contrario:

Un niño da vueltas y vueltas entorno a su casa. Un hombre lo observa y lo interroga sobre sus vueltas: «Abandoné definitivamente mi casa» -dirá. «¿Por qué no cruzas entonces la calle?» – pregunta el hombre. «Porque mi mamá no me lo permite» – es la respuesta.

El abandono definitivo de la casa refleja que el niño mismo está abandonado. Las vueltas y vueltas sugieren no sólo el atrapamiento masturbatorio en el propio cuerpo. Si el hombre, en realidad figura paterna, solamente ríe ante la lógica infantil, el abandono se cristaliza. Si entiende habrá de llevarlo de la mano a cruzar la calle, camino a futuras y necesarias extranjerías marcando el fin del beneficio autoerótico.

En realidad el beneficio de lo autoerótico consiste en que el niño en su repliegue sobre sí mismo, consigue ubicar el objeto del deseo en su propia persona, en las huellas semióticas y simbólicas de las que antes hablé. Con esta maniobra aparte el deseo pulsional del objeto de necesidad, representado por las fuentes de suministro. El repliegue autoerótico infantil, en que la sexualidad adquiere eficacia, cumple funciones semejantes a la coartación pulsional de la madre. Esta se volcará al tercero, el niño a sí mismo, en tanto la ternura no lo desatiende. En ambos, madre y niño operan la capacidad de estar solos desde el acompañamiento tierno, la empatía y el miramiento. Es precisamente esta capacidad de mismidad la que falta en la pasión y falta porque para el demandante apasionado, lo amado constituye objeto de deseo en su propia persona, en las huellas semióticas y simbólicas de las que antes hablé. Con esta maniobra aparta el deseo pulsional del objeto de necesidad, representado por las fuentes de suministro. El repliegue autoerótico infantil, en que la sexualidad adquiere eficacia, cumple funciones semejantes a la coartación pulsional de la madre. Esta se volcará al tercero, el niño a sí mismo, en tanto la ternura no lo desatiende. En ambos, madre y niño operan la capacidad de estar solos desde el acompañamiento tierno, la empatía y el miramiento. Es precisamente esta capacidad de mismidad la que falta en la pasión y falta porque para el demandante apasionado, lo amado constituye objeto de deseo y a la vez imprescindible objeto de necesidad nutricia. En la ternura, necesidad y deseo no son coincidentes, en la pasión lo son absolutamente. La primera da autonomía, la segunda dependencia mortal. En este sentido la ternura es el telón de fondo sobre el cual se dibuja el amor. Pero no sólo el amor sino también el placer sexual, no necesariamente sacralizado por el amor. El enamoramiento también puede ser considerado una forma no trágica de la pasión, cuando los enamorados fueron trabajados por la ternura.

Conviene discernir el enamoramiento del amor. Hasta podría decirse, exagerando, que el enamoramiento no tiene que ver con el amor, pero mueve las montañas necesarias para que éste sea posible. El asunto es advertir lo que queda cuando se asienta el polvo – sobre todo el sexual – que levanta tanto movimiento. A veces queda el amor, a veces el desengaño rencoroso, muchas. un buen encuentro acrecentando la capacidad de amor y donde la experiencia podrá convertirse a su tiempo, en afluente de futuros torrentes amorosos. En el enamoramiento la persona enamorada, tiende, en apariencia, a renunciar a sus propios valores yoicos para asumir los del otro, es como amar el perfume, los gustos, etc. del amado. No hay tal renuncia a propias banderas para enarbolar la del otro, hay deseo de apropiamiento de los valores amados, como si en el campeonato del amor se disputaran las camisetas. En el amor en cambio se juega el partido con las propias insignias. El amor surge y se sostiene, si es posible sostenerlo, desde el quien es quien. Pero estas son digresiones sobre el tema, existen muchos más argumentos casi tanto como personas que aman.

Me había propuesto una última presentación de la ternura y la sexualidad desde la poética. Tiene el beneficio de toda metáfora: activar la propia singularidad del que escucha. Me valdré de un poema de Juan Gelman:

No pongas la mano en el agua
    porque se ira el pez
    no pongas agua en tu mano
    porque vendrá el océano
     y la orilla después
    deja tu mano así
    en su aire
    en ella
    sin comienzo
    ni fin.

Todo lo que intenté presentar acerca de la ternura y lo que no he dicho de su relación con la sexualidad, está expresado aquí. La inicial fórmula negativa dos veces repetida: «no pongas tu mano…», metaforiza el freno coartativo de la pulsión. Detención destinada a dibujar en el final del poema, el resultado afirmativo de la ternura: «deja tu mano así/en su aire/en ella…», simbolizando el momento de la mismidad autoerótica, aquella capacidad para estar solo como plataforma fundamental, tallada por la ternura, propicia al lanzamiento amoroso sin servidumbre pasional.

La última frase: «sin comienzo ni fin», diseña el objeto central de la ternura: el individuo singular como un instante que eslabone momentos remotos de la especie, el ayer y el mañana insondables. El individuo trasmitiendo ininterrumpidamente tanto el plasma germinativo, que garantiza la especie, como el antiquísimo deseo de los mayores y de él mismo, conservando la historia. Pero este poema, con su inicial fórmula negativa, anuncia la gozosa transgresión a la ternura en la positiva visita de los sexos: «… porque se ira el pez», el masculino, «..y la orilla después», puerto seguro de la ternura arribada.

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