El grupo: nudo de la complejidad social – Nicolás Caparrós

Viaje a la complejidad - Nivel de integración social

Capítulo 2 del Volumen 4 del  "Viaje a la Complejidad"

(Volumen 4: Del origen de la vida a la emergencia del psiquismo)

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Resumen

Si el grupo es la estructura elemental del nivel social, la pertenencia al grupo viene demarcada por la participación en la red de comunicación que lo define. El ajeno, el extranjero, el otro, es aquél que queda excluido de esa comunicación. La comunicación genera al grupo, lo define y mantiene.

El Grupo: nudo de la complejidad social

Nicolás Caparrós

El grupo emerge como exponente de la complejidad al nivel social. Puede decirse que es la estructura elemental de este espacio. El grupo humano queda definido, a su vez, como totalidad integrada por elementos (los respectivos sujetos) que traban entre sí relaciones no-lineales (auténticas redes); estas son cerradas, lo que confiere estabilidad a la estructura que configuran, además de separarla del entorno. Su especificidad estriba en que son capaces de generar comunicación. Con su concurso el grupo se identifica y discrimina; separa un espacio interno del medio circundante. El lenguaje articulado marca la diferencia entre la comunicación típica del grupo humano y la de otras redes sociales propias de diferentes especies de primates. La pertenencia al grupo viene definida por la participación en la red de comunicación que lo define. El ajeno, el extranjero, el otro, es aquél que queda excluido de esa comunicación.

La comunicación genera al grupo, lo define y mantiene.
Como dijo Pichon-Rivière, el grupo llega a ser porque se dota de una tarea. La tarea es un elemento meta-grupal que, por serlo, obra como condición de su identidad. Pero debemos añadir que esa tarea no puede ser desarrollada a menos que los elementos que la acometen se comuniquen entre sí. La tarea deja entonces de ser potencialidad para devenir proceso. Señalemos las complejas relaciones que mantienen el sujeto –individuo del nivel psicológico– y el grupo –individuo del nivel social–. Son relaciones de implicación, en la medida que el grupo incluye al sujeto y genera en su campo de dominio la subjetividad.
Se anuncia una paradoja: desde el costado de la psicología, el sujeto contiene al grupo como grupo interno y traba diálogos imaginarios con él. En este orden de cosas, sujeto es ese espacio irreductible desde donde cada uno establece distancia con su mundo interno: recuerdos, sensaciones, emociones, etc.
Desde la sociología, el sujeto es más periférico: emergente del grupo, una propiedad de éste. En ese espacio el sujeto opera como nudo atravesado por relaciones que son fundamento y producto de la comunicación. En este caso el sujeto es contenido por el grupo que posibilita su existencia. Paradoja que solo se deshace si recordamos que «sujeto» y «grupo» son tipos lógicos diferentes.
Finalmente ¿qué decir del medio?
Ante todo que representa lo exterior. En la medida en que el grupo es una estructura viva está cerrado al afuera por el efecto de sus relaciones comunicativas, pero se mantiene abierto en la medida en que precisa energía y esta procede del exterior. El proceso de un grupo, que suele llevar a su fractura y a la aparición de grupos nuevos, precisa del medio y de los estímulos que este emite en forma de perturbaciones. Si el grupo fuera energéticamente cerrado, la compulsión a la repetición lo llevaría a la iteración interminable que persigue la muerte sin saberlo. El acoplamiento grupo-entorno es el responsable de que aquél se instale siempre más allá del equilibrio, el lugar donde surge el cambio al que se oponen siempre los precarios y puntuales equilibrios que por los que su proceso atraviesa.

El grupo como individuo

Los seres vivos se autogeneran o reproducen, autorregulan y, si siguen la vía reproductiva, presentan acoples estructurales de tercer orden; además interaccionan con el medio. Esa interacción está regulada por una membrana que discrimina un espacio interno propio del ser vivo de uno externo, que pertenece al entorno. La presencia de esa membrana es una condición necesaria para la vida propiamente dicha. Conocemos estructuras llamadas pre-biológicas –que carecen de ésta–,se replican pero solo alcanzan la condición de precursoras de la vida. La membrana es esencial. Los sistemas sociales carecen de membrana sensu estricto, como es obvio. ¿Se quiebra aquí, entonces, la posibilidad de aplicar los conceptos de autopoiesis a esta clase de sistemas? ¿Existe acaso algo que oficie las veces de la citada membrana en este nivel de integración? Antes de dar una respuesta quiero recordar una serie de fenómenos sociales que, de alguna manera, involucran a la topología externo-interno.
En todo grupo existe siempre la percepción del otro diferente-ajeno, que además es presentido como un peligro potencial. Esta circunstancia ya aparece en las tribus, clanes, familias, pandillas, también ante el extranjero, el desconocido, o el que pertenece a otra raza. Sartre describió una fase grupal como fraternidad-terror en la que, a fin de cuentas, lo fundamental que la define es que «lo bueno está dentro», frente a lo amenazador «que acecha fuera».
En un sentido similar cabe interpretar el supuesto bioniano ataque-fuga.
Lo que he llamado (Caparrós 2004) sistema madre-bebé procede del estado de narcisismo primario en el que no cabe definir la dupla dentro/fuera, pero cuando por fin la madre se diferencia mediante esas dos metamorfosis sucesivas que he denominado «otro-yo» y más tarde «madre exterior», aparece como modo de relación la conocida posición esquizo-paranoide, donde lo persecutorio se exterioriza y lo gratificante se incorpora al espacio interno. Con esta diferencia ha nacido el espacio.
En todos estos casos, de muy diversa estirpe, aparece como factor común la dicotomía interno/externo, con la circunstancia añadida de que interno implica siempre positivo, gratificante o bueno, mientras que externo traslada a lo negativo, lo persecutorio o malo. Este reparto maniqueo no es extraño si pensamos que el medio, en cuanto productor de estímulos, es potencialmente perturbador –aunque su presencia sea imprescindible ya que el grupo es un sistema abierto– y por tanto negativo, por cuanto amenaza a los parámetros del equilibrio estructural. Por otra parte, el sistema –sea éste el sujeto o el grupo–- posee un equilibrio inestable que lo define como ser vivo atrapado en la contradicción de su dependencia energética y su clausura organizativa.
En cada uno de los ejemplos anteriores se diría que existe una frontera invisible que oficia de membrana. Pienso que esa frontera invisible está tejida por la comunidad de significados de la que participan los elementos de la estructura. Esta comunidad de significados, es una propiedad emergente del grupo como elemento que pertenece al nivel de integración social.
En este sentido, Frithof Capra (1996, 2002) elaboró un contexto sistémico para la intelección de los fenómenos biológicos y sociales. Sabemos ya que las tres perspectivas de los sistemas vivientes se corresponden con el estudio de la forma –diseño organizativo– de la materia –estructura material– y el del proceso. Para entrar en la dimensión social es preciso incluir también al significado.
Al examinar el desarrollo de las ciencias sociales desde el siglo XIX hasta nuestros días se advierte que las cuatro perspectivas citadas, proceso, materia, forma y significado, adquieren, según las diferentes teorías, un peso e importancia diverso. Al final del siglo XIX y comienzos del XX, el positivismo de Comte lleva a la sociología a la búsqueda de leyes generales del comportamiento humano, con el consiguiente rechazo de explicaciones en términos de fenómenos subjetivos. La consecuencia más evidente ha sido la noción de causa social, de honda raigambre fisicalista, a la que se adhieren, entre otros, Durkheim (1858-1917) y Weber (1864-1920). El primero de ellos ejercerá gran influencia en los posteriores desarrollos estructuralistas y funcionalistas.
Las consecuencias en lo que se refiere al grupo no se hacen esperar. Para Durkheim, la relación grupal es binaria; lo molar es el binomio Yo-Tú. Más tarde Sartre incluirá al tercero ampliando y desequilibrando la visión lineal y causalista; sin embargo, no consigue dar el salto definitivo admitiendo de manera explícita la relación en red como propiedad esencial del grupo pleno[1].
La teoría de la complejidad se abre paso y con ella la comprensión y diferenciación de los sistemas a partir de las redes concretas que engendran. Como dice Capra (2002), en la segunda mitad del siglo XX Giddens, con su Teoría de la estructuración, es fiel exponente de la diversidad sistémica. Afirma que la vida social es más que una serie de actos individuales; no está solo determinada por las fuerzas sociales, ni es una masa de actividad de micronivel; pero tampoco se puede reducir a explicaciones de macronivel. Es decir: al no ser una simple masa de actividades del sujeto, es necesario estudiarla con explicaciones provenientes del ámbito de los grandes grupos. El sistema social requiere un abordaje específico apropiado a su complicación. La acción humana y la estructura social están interrelacionadas; la repetición de actos individuales reproduce la estructura. Giddens y también Habermas (1998) con su Teoría crítica, integran las nociones de «estructura social», «acción humana» y un análisis explícito del «significado». Fértil unión a la hora de elaborar el espacio social por derecho propio exento de reduccionismos.
Casi todas las grandes figuras de la Escuela de Frankfurt han retomado varias disciplinas formales que interesan aquí: M. Horkheimer (1895-1973) (filosofía, sociología y psicología social), Th. Adorno (1903-1969) (filosofía, sociología, psicología, crítica cultural y musicología), E. Fromm (psicoanálisis y psicología social), F. Neumann y O. Kirchheimer (1929-1972) (ciencia política y derecho); lo mismo cabe decir de la segunda generación de esta Escuela, que incluye, entre otros, a Gurland (economía y sociología), Habermas (filosofía, sociología, filosofía lingüística y filosofía de la ciencia) y Offe (ciencia política y sociología). Estos investigadores escaparon de la esterilidad característica de numerosos marxistas de corte escolástico mediante la búsqueda de inspiración fuera de los límites del marxismo académico.
El sistema social para Habermas, está relacionado con las formas en que las estructuras sociales constriñen la acción del individuo, lo que implica al poder y las relaciones de clase que están comprendidas en la producción.
Debo añadir que, en mi opinión, la constricción es un aspecto inevitable e inherente que toda estructura, por el mero hecho de existir, ejerce sobre los elementos de su dominio Otra cosa es el modo histórico contingente en el que se encarna la citada constricción. Si en términos generales existe siempre, ese carácter de necesidad no se extiende a ciertos modos históricos de la misma. La acción que refiere Habermas se sitúa en la perspectiva del proceso. La acción instrumental opera en el mundo externo –materia–; la acción estratégica pertenece al campo de las relaciones humanas –forma y estructuras que configura– y la acción comunicativa viene ligada al significado. Comunicar implica, como condición, cierta comunidad de significados; este tejido semántico que la posibilita actúa al modo y manera de membrana social configurando el sistema. La comunicación que produce el grupo diferencia a éste de su entorno.
Los sistemas tal y como se han definido por la llamada Escuela de Chile, contribuyen en esta dirección integradora. La primera referencia obligada la constituye de nuevo la Teoría de la autopoiesis de Humberto Maturana.
Inicialmente la escuela chilena, con Maturana y Varela, se interesa por las redes biológicas, pero sus secuelas se extienden a las redes sociales y al tejido semántico del que se rodean. Con ello no se opera una simple transposición entre niveles. Las redes sociales son sistemas organizados no lineales a los que cabe aplicar conceptos de la complejidad como emergente –aspectos del discurso cuyo responsable es la red y no el sujeto concreto– y feedback (retroalimentación). Pero los vínculos y los elementos o nudos que la forman no son de índole bioquímica, son ante todo redes de comunicación que incluyen, entre otros aspectos, conjuntos de significados: lenguaje simbólico, encuadres culturales y relaciones de poder. Ya en los comienzos de los años setenta subrayamos la importancia del poder en el establecimiento de las redes sociales. Entonces no era muy corriente reparar en este aspecto, siempre a la sombra del condicionamiento económico en última instancia. El papel del poder estaba velado en las corrientes marxistas en boga. Decíamos entonces:

Los enunciados «determinación económica» y nuestra afirmación «la institucionalización del poder precede a la propiedad privada» no son antagónicos. El poder no puede institucionalizarse sin mutación económica previa, aunque ésta no tiene por qué ser la propiedad privada. Las condiciones estables para el ejercicio del poder serían: a) aparición súbita de gran cantidad de productos, b) posibilidad de predecir dicha aparición; c) necesidad de una planificación más compleja en su distribución; d) pugna entre producción agrícola y aporte proporcionado por la caza. Estos factores institucionalizan un poder que antes era un elemento contingente –violencia simple-. (Caparrós, A y N. 1976. p. 45).

Los creadores del concepto autopoiesis inicialmente limitaron su alcance a los sistemas celulares, reservando la idea de organización cerrada para el resto de los sistemas vivientes. Ya vimos que es posible aplicar este episteme a los sistemas sociales. Por lo visto hasta aquí se puede avanzar que el grupo humano es un sistema no lineal cuyos elementos, los respectivos individuos, emergen en las redes de comunicación que se auto-producen y auto-organizan. El hecho de que la red esté cerrada por la comunidad de significados permite discriminarlo del medio con el que se relaciona.

Grupo y primates. El grupo en los primates.

Quedó atrás la epistemología y llega el relato sobre los hombres. Por él sabremos que la cuna de la humanidad es el grupo. Somos entes grupales, venimos al mundo en el grupo y devenimos sujetos en él. Un breve recorrido por la prehistoria: nuestra especie pertenece a la superfamilia de los hominoideos; todos ellos nacen en el grupo. Una clásica tipificación basada en el fenotipo:

El comportamiento social de los póngidos, y por extensión de los primates en general, permite establecer los rasgos más esenciales en los que se asentó el grupo como estructura básica y al mismo tiempo, diferenciarlos de las organizaciones específicas de los colectivos de homínidos que alcanzan su culmen en Homo sapiens.
Las sociedades de los primates merecen una atención especial en tanto nos ponen en la pista de nuestros rasgos más primarios, de la red de relaciones en las que un día vimos la luz. Todos los interrogantes básicos formulados a lo largo del pasado siglo a propósito de las sociedades de los primates[2] entre los especialistas afectan a lo grupal de uno otro modo.

  1. ¿Por qué viven los primates en grupo –cuál es la función del grupo–?
  2. ¿Cuál es su estructura social, qué une, qué es grupo y qué mantiene la cohesión?
  3. ¿Qué características tiene la relación del grupo con su medio? Adaptación.
  4. ¿Qué papel desempeña, la agresión, la dominancia, el sexo y la afiliación en estas sociedades? Relaciones estructurantes.
  5. ¿Cuál es la naturaleza básica de machos y hembras y en qué consiste la relación entre los sexos? Genética, reproducción y evolución.
  6. ¿Cuál es el diseño de la ontogenia, el desarrollo y la socialización? Articulación Inter-niveles de integración.
  7. ¿Qué función desempeña el instinto, el aprendizaje y la cognición en su comportamiento? Relación estructura-entorno.
  8. ¿Cuál es el patrón de variación intra e inter-especie?
  9. ¿En qué consiste la relación evolutiva entre esquemas diferentes de grupos sociales? Antropología cultural.
  10. ¿Qué es lo singular en los humanos y qué compartimos con los primates? Búsqueda de estructuras invariantes y de rasgos diferenciales.

En cursiva figura el campo en que se sitúa cada uno de estos interrogantes en la dupla estructura/función. Para responder, se emplearon al comienzo métodos excesivamente simplistas. El comportamiento social era entonces una consecuencia lineal de la adaptación. En esta línea Carpenter (1964) empleó la relación diádica como vía de entrada para el análisis del grupo; punto de partida insuficiente. El grupo es algo más, no reductible a la diada; se produce, en términos de la autopoiesis, desde los acoples estructurales de tercer orden.

Se examinaron también elementos diferenciales obvios como la relación de machos y hembras y sus funciones respectivas. La ideología, que penetra hasta en los resquicios más neutros del saber, minimizó el papel de las hembras desde la supuesta subordinación al macho. El cometido de éstas se reveló después más sutil y su importancia solo fue conocida de manera progresiva. Para ponerlo en evidencia hubo que vencer el prejuicio antropológico del género.

Bajo el punto de vista estructural, cabe establecer la hipótesis en relación con las bases del grupo, de que los mecanismos de regulación –feedback negativo– en el retículo grupal estuvieron a cargo de la función de la hembra, mientras que la desestabilización –todo aquello que aleja del equilibrio, feedback positivo– corrió a cargo de la función del macho. La razón última, a mi modo de ver, reside en el isomorfismo que existe entre [gestación-hembra] - [inseminación-macho] con la consistencia-dispersión. La inversión de ambos sexos es muy desigual: al proceso que la hembra desempeña se opone la intervención puntual del macho. La necesidad última de la existencia del grupo debe proceder, desde este punto de vista, de la hembra.

Pronto se hizo evidente que, partiendo del grupo como condición común entre los primates, aparecían diferentes formas de organización social; vale decir que éste como ente general admite estructuras particulares. Es muy importante rastrear qué caminos siguieron cada una de ellas. Los primates se reproducen sexualmente; esta circunstancia obliga a considerar que el acople estructural de tercer orden es el punto de partida que caracteriza a cualquier grupo. La crianza demanda la dupla parental –y/o de otras duplas de adultos–. Tres es, por tanto, el número mínimo que permite hablar de grupo. En este sentido, la relación diádica debe ser considerada como un eslabón más hacia el camino de la psicologización; la socialización, por su parte, exige la triada. También cabe decir que la diada pertenece al nivel de integración psicológico, mientras que la triada es, decididamente, social. La primera síntesis queda expuesta así:

  • El grupo es el «individuo» del nivel de integración social.
  • Los mecanismos grupales reguladores corren a cargo de las hembras.
  • Los operadores de cambio, de desequilibrio, son propios de los machos.
  • El acople estructural de tercer orden, la triada, es el punto de partida del grupo.
  • La diada –sistema madre-neonato– es condición necesaria, no suficiente para grupo.
  • La reproducción sexual representa la base biológica de la triada

La moda sociobiológica tuvo como primer mentor a Spencer; sus Principios de biología (1864-67) aplican la idea de Milne-Edwards de la división fisiológica del trabajo a la evolución darwiniana, expresada en la conocida frase de la lucha por la vida. La hipótesis subyacente es que las estructuras y funciones sociales son isomórficas a las correspondientes de la biología. La sociobiología en el campo de los primates trajo el intento de explicación del comportamiento solo en términos de optimización de procesos biológicos esenciales: la auto-replicación y el éxito reproductivo. Esta tendencia obliga a focalizar la atención en el individuo y sus vicisitudes, en lugar de en la especie y por extensión en el grupo. Este enfoque encuentra su expresión más acabada en Dawkins (1976). En algún momento, y bajo este punto de vista, la batalla de los sexos –con el problema del infanticidio incluido[3]– hizo aparecer a éstos como si fueran dos especies diferentes en competencia. El uso y abuso de «la lucha por la existencia» relega a un plano muy secundario a los aspectos de complementariedad y de colaboración que los dos sexos están condenados a respetar. La contienda de los genes redujo al organismo a la condición de mero estuche.

Los estudios longitudinales, que no existían en la primera parte de la investigación primatológica, mostraron que la organización social de los primates era mucho más rica en matices y más compleja: presenta rasgos como dominancia, amistad y afiliación que complican el panorama ofrecido por la simple competencia. Aún más, la competencia no solo se resuelve mediante la lucha, sino también con la dispersión. Al tiempo, se hizo más evidente el papel de las hembras en el grupo como otorgadoras de estabilidad. Conviene no olvidar que cierta estabilidad es imprescindible para poder hablar de estructura. La estabilidad estructural está relacionada con el concepto de «red estructuralmente cerrada y energéticamente abierta». Altmann (1980) afirmó que en la sociedad de los babuinos –donde la primacía del macho parece ser primordial– la función estabilizadora de las hembras cumple un gran cometido. Estas compiten con ellos pese a su menor tamaño y, más importante: se ocupan de otras cosas más allá del cuidado de la prole como la protección de su cuota alimenticia.
Estos comportamientos han sido confirmados también en los monos del Nuevo Mundo, más alejados de nuestros ancestros.
Con la decadencia del enfoque sociobiológico llega el presente cuando, junto con la competencia, se valoran otros factores, esta vez sí más vinculares, como la mencionada cooperación. No puede ser de otra manera, en la medida en que el grupo, como estructura que es, se genera de forma no lineal, lo que quiere decir que no admite una sola causa en el sentido físico del término, ni tan siquiera una sucesión, jerarquizada o no, de éstas.
Lynn Margulis planteó, a propósito de la evolución en el horizonte de las bacterias, dos nuevos conceptos que no sustituyen sino que enriquecen a la conocida competencia por los recursos. Los sexos rivalizan sí, pero también se complementan hasta llegar a la simbiosis y cooperan.
En los primates ha sucedido lo que ya conocemos en el nivel más amplio de la evolución. Tras una etapa reduccionista con la aplicación de la teoría sociobiológica se alternan fases que oscilan de lo genético a lo ambiental. El enfoque etológico basado en factores innatos –estructurales– significó una reacción frente al imperio de lo ambientalista; más tarde la emergencia de la socioecología trajo consigo un interés renovado por las relaciones sociales a veces llevado al exceso –con el funcionalismo–.
La sociobiología volvió a la carga centrando su atención reduccionista en el determinismo genético. En la actualidad un enfoque más total de tipo adaptativo pretende articular los procesos sociales con los genéticos. Si se quieren evitar soluciones eclécticas que a nadie satisfacen, es necesario traer a colación una vez más los niveles de integración. Los procesos genéticos pertenecen al nivel biológico pero, además, en ellos se apoyan –en el sentido más freudiano del término– las relaciones de los organismos entre sí y con el entorno, interacciones genuinamente sociales. La articulación a la que me refiero solo tiene sentido respetando los campos de dominio de los diferentes niveles, sin reduccionismos e isomorfismos apresurados.
Y sigue el grupo y su historia natural. El grupo presenta, como toda estructura lejos del equilibrio, momentos críticos que amenazan su condición actual. Algunos proceden de su espacio interno –conflictos grupales– otros suceden por acción de las perturbaciones que proceden del medio. Por ejemplo, la vida en grupo representa un equilibrio inestable entre las mayores oportunidades de defensa que proporciona y la menor posibilidad de forrajeo. Lo que se gana en seguridad va en detrimento de los imperativos de la nutrición. La nutrición es fuente de conflictos, la defensa contra los predadores ocasión de cooperación.
Vayamos a la segunda síntesis: ¿Qué constituye el grupo?
Es una estructura adaptativa propia del nivel de integración social. Las relaciones que la definen y caracterizan están fundamentalmente dictadas por el tipo de reproducción sexual.
Considero lo antedicho como el punto de partida para establecer la «necesidad estructural» de la aparición del grupo. La dominancia -un modo de elaborar la reproducción sexual y la procura de alimentos- y las conductas defensivas ante los predadores deben ser consideradas como productos de la adaptación.
La auténtica restricción evolutiva que exige la existencia del grupo es la inmadurez del neonato –cabe decir que a mayor grado de inmadurez más necesidad existe del citado grupo-.
Los antropólogos culturales se han ocupado sobre todo de estudiar variaciones de estructuras sociales en el seno de la especie humana, sin prestar demasiada atención a lo que de invariante tiene el grupo; los primatólogos, por su parte, se interesan por las variaciones inter-especies, dejando en un segundo plano los cambios diacrónicos de cada una de ellas. El aporte de estos últimos nos es muy útil por cuanto permite relativizar el falso absoluto del grupo humano. Existen muchas posibilidades de relaciones sociales y no solo las que caracterizan a nuestra especie. En los primates se observan los siguientes tipos de relaciones con referencia al género:

a) (Uni-macho/multi-hembras): Orangutanes.
b) Uni-macho/multi-hembras. Sin subgrupos: Cercopithecos, Gorilas.
c) Uni-macho/multi-hembras. Con subgrupos: Babuinos gelada, Homo.
d) Multi-machos/multi-hembras. Vínculos entre hembras: Babuinos, Macacos.
e) Multi-machos/multi-hembras. Sin vínculos entre hembras: Bonobos, Monos aulladores.
f) Multi-machos/multi-hembras. Vínculos en machos: Chimpancés, Colobos, Monos araña.
g) Uni-macho/uni-hembra. Monogamia: Gibones, Monos nocturnos, ¿Homo?
i) Uni-hembra/multi-machos. Poliandria: Titís.

La indudable estirpe sexual del cuadro anterior encierra, sin embargo, más complicaciones que las que anuncia a primera vista. Estas diferentes distribuciones macho/hembra obedecen, como veremos, a variables ocultas tales como el dimorfismo sexual y la consiguiente dominancia; también a la influencia de los nutrientes que el medio ofrece. El panorama sexual que aparece en primer plano vela al mismo tiempo las alianzas entre las hembras y los machos.
La protección contra los predadores que depara el grupo encierra también unas consecuencias socializadoras de primer orden: la cooperación aumenta y para que ésta alcance un máximo de eficacia, se ha de auxiliar de la comunicación, entonces algún tipo de lenguaje se hace necesario.
Dos presiones de distinto signo pugnarán para establecer un precario equilibrio en la extensión del grupo: el alimento aconseja que éstos sean más pequeños, mientras que la defensa contra los predadores lo contrario. La competencia para lograr alimentos, impulsa tanto en machos como en hembras, la aparición de la dominancia. Reproducción sexual, dimorfismo, dominancia, cooperación, búsqueda de alimentos, he aquí un grafo indispensable para analizar el grupo. Más tarde veremos que la situación se complica con la presencia de los depredadores y la comunicación rudimentaria que se requiere para la defensa.
Dimorfismo provocador de:

  1. Aparición de la dominancia (ligada también a búsqueda de alimentos).
  2. Formación reactiva de la cooperación.

Depredación/nutrición. Dupla que estabiliza la dimensión del grupo.

La competencia entre hembras provoca que éstas se unan –por relaciones de parentesco– contra los miembros del grupo. Se hacen filopátricas –con el consiguiente refuerzo de sus vínculos–. Tal es el caso de los macacos, babuinos y cercopitecos. Cuando la distribución de alimentos por su dispersión hace imposible el monopolio, como sucede con la dieta folívora, las hembras no tienen necesidad de formar coaliciones de supervivencia y los vínculos entre ellas son más débiles; los machos en ese caso no precisan partir a formar otros grupos y pueden permanecer en su lugar de origen. Así ocurre con monos aulladores y gorilas de montaña. La existencia de lazos intensos entre las hembras se acompaña siempre de la emigración de los machos. En el caso de que éstos sean filopátricos la dispersión tiene lugar en ambos sexos. Entre los grandes simios –chimpancé, bonobo, gorila y orangután– no surgen coaliciones importantes entre las hembras, como suele ser el caso de los monos de menor tamaño.
Los chimpancés y los bonobos viven en sociedades tipo fusión-fisión (que se unen y fracturan con cierta facilidad) (van Hoff, 2001), lo que da lugar a la reducción del grado de competencia por los recursos ya que solo forman asociaciones temporales. Las hembras mantienen relaciones filiales con sus crías, incluso en la edad adulta, pero no sostienen la alianza despótica propia de los macacos. Esto permite que los machos emparentados permanezcan juntos.
En los gorilas, los machos adultos monopolizan el acceso a un grupo de hembras y defienden su harén con gran agresividad, aunque en algunos casos toleran a un hermano o a un hijo. Este, a su vez, podrá admitir la presencia del padre después de haberlo reemplazado como macho dominante. No es necesario acudir al «asesinato del padre» de la horda primitiva que describió Freud. En el caso de chimpancés y bonobos, los machos adultos permiten la presencia de otros. Su régimen es poliándrico, con amplia tolerancia sexual. Pero estas dos especies difieren en un punto importante: solo la primera desarrolla vínculos entre machos, lo que es excepcional en primates, la rivalidad sexual disminuye; machos emparentados forman coaliciones contra otros de grupos diferentes. Van der Dennen (1990) señala que tales enfrentamientos recuerdan a las guerras tribales de nuestra especie. Muchos investigadores afirman que, desde este punto de vista, el hombre se parece mucho al chimpancé. También en nuestra sociedad los hombres son capaces de integrar coaliciones de este tipo. Este aspecto –dispersión de las hembras y fraternidad de los machos emparentados– pudo haber caracterizado los comienzos de nuestra evolución social.
Al mismo tiempo, se observa entre primates que el dimorfismo sexual se incrementa a medida que crece la competencia sexual entre machos[4], aunque esa tendencia tiene excepciones. Podemos preguntar también sobre las condiciones que permiten a un macho monopolizar a las hembras. A veces, el coste para el macho dominante es excesivo (en el caso del grupo disperso, o cuando su dimensión es muy grande). Además, por razones estacionales, las hembras deben preñarse todas en un periodo determinado, tarea imposible para un solo macho; por ello, cuanto más reducido es el grupo y mayor su grado de cohesión, más fácil será la tarea monopolizadora del macho dominante.
Dijimos antes que una característica importante en los grupos sociales de los primates era su tamaño; también que éste estaba sujeto a factores cuyos efectos eran contrarios. Veamos otros aspectos. Tras una gestación relativamente larga (unos seis meses en casi todos los simios), las hembras paren una sola cría. En la mayoría de los casos los hermanos mayores del recién nacido tendrán siquiera un año más y los congéneres de su edad no serán de la misma madre.
Muchos tipos de estructuras sociales pueden ser descritos entre los primates: una monógama y familiar, compuesta por la pareja genitora y sus crían aún inmaduras, como ocurre en los gibones. También dos tipos de estructuras polígamas, la primera compuesta por un macho adulto y un cierto número de hembras –cercopitecos y gorilas– y la segunda integrada por varios machos adultos y un número más elevado de hembras –babuinos y macacos–.
Estas estructuras definen el número de miembros de la misma edad con los que el joven primate podrá interactuar (alto en el caso de los babuinos y macacos, medio en los gorilas, mientras que en los gibones será imposible que éstos tengan la oportunidad de convivir con semejantes de su edad). Estas circunstancias inciden de manera apreciable en el desarrollo sensorio-motor.
El sistema madre-neonato es siempre intenso en cuanto a los flujos emocionales, en él emerge el sentimiento de apego descrito por Bowlby (1969). El apego regula también en los primates funciones fisiológicas básicas y su comportamiento emocional. Las relaciones madre-cría son de índole diferente a las otras que un joven primate mantiene con diversos adultos, incluso por las respuestas fisiológicas que despierta: ritmo cardíaco, temperatura corporal, nivel de cortisol (la tasa de este último aumenta cuando las crías son separadas de sus madres y se mantiene así aunque sean adoptadas por otras hembras).
Apego que, en la definición de Bowlby, incluye una serie de comportamientos interactivos que confieren carácter único a una relación. La naturaleza reticular de las relaciones queda expuesta en el estudio de Deputte y Quris (1997) con macacos que presentan una organización social multimachos/ multihembras, con vínculos entre estas, que revela la influencia del género de la cría en la diferenciación del comportamiento en el curso de la ontogénesis.
Jóvenes macacos de la misma edad desarrollan con sus madres formas diferentes en ausencia de todo modelo de macho adulto. En estas condiciones, el género, la edad y el grupo en el que viven, tienen una influencia determinante para la diferenciación de su comportamiento. Se observa que los jóvenes machos exhiben un repertorio más variado de actitudes en relación con el juego y la monta; sus actividades lúdicas incluyen luchas cuerpo a cuerpo y persecuciones. Las hembras solo practican las últimas y rara vez toman iniciativa en la monta, pero emplean más atención desde los ocho meses al aseo y despioje.
En los macacos, como en los niños de cuatro años en ausencia de adultos (Barbu 2000), se opera una segregación sexual. Las crías de ambos sexos prefieren relacionarse con el suyo propio y se inclinan además por los de su misma edad. Con la pubertad esa actitud se modifica y los jóvenes machos consideran a los de su sexo como rivales. La intrincación sutil de las relaciones sociales no para aquí. Diferentes observaciones, entre otras las de J. Altmann (1980), corroboran que en numerosas especies de simios una madre que sufre pocas limitaciones por parte de los restantes miembros del grupo debido a su alto rango jerárquico, deja con facilidad que su retoño se aleje de ella, lo que otorga a éste muchas oportunidades de relación. Es el llamado por esta investigadora estilo laisser-faire (dejar hacer). Por el contrario, una madre sumisa tiene numerosas barreras y, debido a éstas, tiende a mantener a su cría muy próxima a ella. Este estilo restrictivo reduce los contactos sociales de su descendencia.
En los macacos, los grupos y el lugar que ocupa en ellos cada individuo, dependen de la línea materna; es decir, de las relaciones que las madres dominantes mantienen entre sí. Si la madre A se muestra coercitiva hacia la madre B, todos los descendientes de A se permiten controlar a los descendientes de B. En estos casos las madres del grupo B, sea cual fuere su estilo –laisser-faire o restrictivo- tienden a restringir los movimientos de sus crías, al menos en presencia de los del grupo A.
La variación superestructural del grupo en los primates es grande pero en el fondo alienta siempre la triada como base y fundamento de proceso social.

Se hace camino al andar.

[1] Recordemos el problema de los tres cuerpos de Poincaré, precursor del espacio complejo.

[2] Véanse estos temas en detalle en S. C. Strum (2000).

[3] El infanticidio sucede cuando el macho que derrota al anterior macho dominante sacrifica a la prole de sus nuevas hembras para hacerlas receptivas a la cópula.

[4] Nuestro dimorfismo es parecido al del chimpancé y menor que el del orangután o gorila.

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