La literatura como embajada inconsciente del psicoanálisis – Isabel Sanfeliu

Clínica y análisis grupal 71

Clínica y Análisis Grupal nº 71 (1996)

Vol. 18 - Pags. 53-62

Resumen

Se plantea un primer recorrido por la génesis de la estructura del ser humano de la mano de literatos españoles como Cadalso, Quevedo, Unamuno y María Zambrano. La adquisición de una identidad, el sentimiento de la envidia, son también contemplados en este paralelo transitar.

Abstract

The author suggest a glance by the genesis of human being structure helped by Spanish writers like Cadalso, Quevedo, Unamuno and María Zambrano. The growth of self identity with the inner feelings of envy are also worked through in these paraleles paths.

Resumé

L'auteur suggère un premier parcours sur la génese de la psyché du sujet de la main de écrivains espagnoles telles que Cadalso, Quevedo, Unamuno et María Zambrano. L'adquisition d'une identité et le sentiment de l'envie sont aussi montrés dans cette itinéraire en parallèle.

La literatura como embajador inconsciente del psicoanálisis

La avidez compulsiva y consumista por estar “a la última” no es monopolio de la informática o la electrónica... Hace poco, un filósofo argentino muy cercano al psicoanálisis, J. de Brassi, comentaba: “En Argentina ya no se lee a Freud, lo creen superado...”

    Aunque algunos de los aludidos levanten airadas protestas, no se puede negar una cierta tendencia a dejar de lado las fuentes a la hora de adentrarnos en los nuevos paradigmas científicos, con la consiguiente pérdida de sentido a que ello conduce. ¿Qué es lo nuevo sin lo viejo, lo anterior sin lo posterior, el consiguiente sin el antecedente? ¿Qué es una determinada ciencia sin las restantes que le sirven de contexto? ¿Qué es la ciencia sin el arte o a qué conduce el arte sin la ciencia?
El recién estrenado CAT [1] norteamericano, por ejemplo, en un intento de conciliar viejos contrincantes, se instala en un ser humano ya constituído, sobre el que aplica una metodología psicoanalítica a lo patológico, prescindiendo de la perspectiva genética y dándole un dudoso estatuto al inconsciente.
Pero la historia con sus fuentes sobre las que apoyar las indispensables nuevas ideas, “insiste”... El profundo trasfondo característico de la metapsicología permite que baste recurrir a grandes pensadores que, en cualquier época, cuestionaron al ser humano, para detectar -incluso en ocasiones con terminología muy similar- lo que Freud, otorgándole una unidad estructural, dinámica y económica, estableció como teoría psicoanalítica.
¿Qué es, a fin de cuentas un personaje “bien conseguido” sino una estructura? ¿Cómo denominar al drama del relato sino en términos dinámicos? Y, finalmente, ¿qué decir de la fuerza eterna de las pasiones que jamás se consumen sin recurrir al venero de lo económico?
Con estas reflexiones pretendo introducir lo que para mí ha sido un reciente descubrimiento: puntos concretos de la obra de María Zambrano en torno al “infierno terrestre” de la envidia y el nacimiento de los dioses que, escritos en 1955, bien podrían llevar la firma de un ortodoxo psicoanalista.
Ello me ha llevado también a otros tres autores bien conocidos el primero y el último y más preterido el segudo: Unamuno, Cadalso y Quevedo. Excelente complemento al infierno de Zambrano, la descripción más desgarrada y sin fisuras que se ha hecho sobre la envidia, el Abel Sánchez de Unamuno, novela escrita en 1917 y de la que pueden encontrarse más referencias en los textos analíticos; o aún antes los Sueños de Quevedo y Cadalso (S.XVIII) en sus Noches lúgubres y con ello sólo cito una ínfima parcela de nuestra literatura contemporánea.

El nacimiento de los dioses o cómo se constituye un ser humano

    La aparición de los dioses, su sedimentación... significa pues un pacto o una victoria habida en el interior mismo del misterio último de la realidad; son la expresión de una ley que ya nunca más se verá transgredida, con el signo y la garantía de que el mundo está formado; se ha salido ya del Caos.[2] (p.38)
 
Salir del caos, de la ciega noche en la que quizás rigen las leyes de un proceso primario donde no cabe contradicción, de la fusión, lo glischocharico -en expresión de Bleger-... Cadalso [3] también le sitúa, siguiendo los mitos primordiales, en nuestro origen:

¡Bien venida seas, noche, madre de delitos, destructora de la hermosura, imagen del caos de que salimos!. (p.38)
 
María Zambrano contempla a la humanidad sin tiempo, primordial, más allá de los dioses mitológicos, casi diríamos, como ese dios antes de todos los dioses, aquél para el que la palabra origen no tiene sentido, cuya única ignorancia reside en no saber qué es el principio. Podríamos suscribir sus palabras como diáfana definición de lo que consideramos posición aglutinada, plenitud fusionada por la que transcurren los primeros dos o tres meses de la vida del bebé:

La realidad agobia y no se sabe su nombre. Es continua ya que todo lo llena y no ha aparecido todavía el espacio, conquista lenta y trabajosa. Tanto más que la del tiempo. (Zambrano, Op.cit. p.30)

Espacio en el que es difícil ubicarse y para lo que, como veremos más adelante, es indispensable la presencia del otro, de ese otro que nos impregna de ritmos que nos permitirán acceder también a la temporalidad. 
La simbiosis donde no cabe diferencia sujeto/objeto ocupa unos versos de Quevedo[4]:

No hay quien este amor no dome
Sin justicia o con razón,
que es sarna y no es afición
amor que se pega y come. (Sueño del infierno. p.140)
 
Más kleiniana que muchos seguidores de Melanie, y antecediendo en dos años a Envidia y gratitud, Zambrano describe las vicisitudes que dan entrada a la posición esquizoparanoide:

¿Cómo han nacido los dioses y por qué? (...) Los dioses persiguen al hombre con su gracia y su rencor, es su primera característica. (...) Mas cuando aparecen... es como un delirio de persecución que los hombres padecen. En lo más hondo de la relación del hombre con los dioses anida la persecución. (...) Y es que la relación inicial, primaria, del hombre con lo divino no se da en la razón, sino en el delirio. (Op. cit. p.27)
 
En lo imaginario, añadiríamos. La realidad del entorno se presenta como enemiga al no poder ser descifrada y estar impregnada de nuestros miedos. Una instancia superior no visible encubre la realidad en la que se inserta el delirio; “el hombre se sentía mirado sin ver”; “la esperanza está prisionera en el terror”, del terror por la ocultación, forma primaria en que la realidad se presenta,

Ocultación radical: pues la primera realidad que al hombre se le oculta es él mismo. (...) Aunque la realidad toda no envolviera ningún alguien, nadie que pudiese mirarlo, él proyectaría esta mirada; la mirada de que él está dotado y que apenas puede ejercitar. Y así, él mismo, que no puede aún mirarse, se mira desde lo que le rodea. (Zambrano, Op.cit. p.32)
 
    Primer acercamiento al estadío del espejo, que matizará en otro párrafo:

La visión del prójimo es espejo de la vida propia; nos vemos al verle. Y la visión del semejante es necesaria precisamente porque el hombre necesita verse. ...(El hombre) vive en plenitud cuando se mira, no en el espejo muerto que le devuelve la propia imagen, sino cuando se ve vivir en el vivo espejo del semejante. Sólo al verme en otro me veo en realidad, sólo en el espejo de otra vida semejante a la mía adquiero la certidumbre de mi realidad. (Op.cit. p.287)
 
    Proyección sí, pero no la que anega o vacía, sino proyección instrumental, que se aventura y que hace transcender la primitiva mórula en esa diada biología-objeto que nos hace humanos. Unamuno [5] capta lo esquizoide cuando en boca de Joaquín Montenegro dice sobre Abel:

Ingenuamente, sencillamente no se daba cuenta de que existieran otros... No sabía ni odiar; tan lleno de sí vivía. (p.29)
 
    Juegos espaciales defensivos: Lo esquizoide aleja parcializando, dispersa convirtiendo la unidad en fragmentos; [6] en un mismo plano, veremos que lo confuso escinde, es rotundo y distancia drásticamente un ideal positivo de otro negativo. División espacial que Zambrano contempla:

El respeto viene a ser nada más que la acción defensiva ante la capacidad contaminadora de lo sagrado... distancia que marca la diferencia de vida, de planos vitales. (Op.cit. p.278). 
 
    El “proyecto” del ser humano en busca de identidad... Desde el modelo analítico vincular, [7] hemos planteado cómo, tras las primeras discriminaciones adentro/afuera, pasará a ensayar la identificación proyectiva como modo de controlar al objeto amenazante. En palabras de Zambrano, “Al perseguir lo que le persigue, lo primero que necesita es identificarlo[8]
    Tras acceder a la identificación proyectiva, nos movemos en la posición confusional donde la idealización acude ahora en ayuda del precario Self. Y también aquí acude María Zambrano al ver en los dioses las primeras identificaciones que el hombre descubre,

La aparición de un dios representa el final de un largo periodo de oscuridad y padecimientos. Y es el suceso más tranquilizador de todos los que pueden ocurrir en una cultura; señal de que el pacto, la alianza, está concluído. (Op. cit. p.34)
    Lo persecutorio es controlado, pero...

¿Por qué esta primera forma de trato con la realidad, estas identificaciones que el alma humana opera... han de ser dioses? (Zambrano, Op. cit. p.31)
 
     ¿De dónde esa necesidad de alejar de sí, no ya sólo lo amenazante, sino también el modelo en el que reflejarse? La idealización nos sustenta, la potencia del objeto ideal permite confiar en el medio exterior; defiende tanto de lo persecutorio como de la envidia. Como consecuencia, autoafirmación, narcisismo que culmina en la identificación con el objeto idealizado al que se alberga...

Atormenta mi cuerpo en quien tienes dominio: no insultes una alma que tengo más noble... un corazón más puro... sí, más puro, más digna habitación del Ser Supremo que el mismo templo en que yo quería... (Cadalso, Op.cit. p.43)
 
    Com-penetración de la que sale fortalecido el incipìente Self que, por otra parte, requiere así mismo de distancia. Lejanía inherente al respeto a lo sagrado con el fin de que no nos contamine, “distancia que marca la diferencia de vida, de planos vitales; límite y frontera de nuestro ser...” [9].

El delirio se convierte entonces en exaltación que llega a la embriaguez. Entonces, esta instancia superior y desconocida se hace sentir dentro del hombre mismo. Es dentro de sí donde siente esa realidad suprema que le impulsa y le lleva sobre todo obstáculo. La realidad en torno no se le presenta como enemiga y la pesadilla del terror ha desaparecido. Es el reverso de la persecución. (Zambrano, Op.cit. p.34)
 
    Explosión de omnipotencia, acción gozosa, estallido maníaco en nuestro lenguaje, tras un período de oscuridad y padecimientos. 

Diéronles fuego y ardían casi de buena gana sólo por ver la piedra filosofal,
 
    es la entraña de lo confuso, de la contrafobia, descrita en los alquimistas que se consumen en el infierno de Quevedo. Pero en lo confusional contemplamos tanto la hiperactividad como el bloqueo, son las dos alternativas que se ofrecen en esta etapa. 
    También los dioses paralizan en un silencio apretado:

La primera acción de lo sagrado es enmudecer a quienes lo contemplan.(Zambrano, Op. cit. p.278)
 
    Cesa el inicial delirio de persecución, en adelante el hombre ya tiene dioses a los que dirigirse, antes no había a quién cuestionar. Han cobrado identidad al unísono perseguidor y perseguido, narcisismo y objetalidad continúan, intrincados, su proceso.
    La filosofía de la negatividad es actualmente retomada por el psicoanálisis; negatividad, vacío inicial y totalización postrera del objeto que finalmente posibilita la estructura...

Pues la situación de la vida humana es negativa inicialmente. (...) Pues el hombre ha de estar muy adentrado en la edad de la razón para aceptar el vacío y el silencio en torno suyo. (Zambrano, Op.cit. p.34).
 
    Sin embargo lo negativo nos define inicialmente, bien a modo de terra incógnita, bien como oquedades que sólo los tentáculos de nuestros fantasmas pueden llenar.
    Lo idealizado no perdura, el desengaño [10] detiene lo maníaco y el acceso a la realidad conlleva dolor, ceder espacio a la exterioridad a expensas de lo interior; entramos en la posición depresiva. La represión emerge en un nuevo intento de manejar las ansiedades básicas, controla la pulsión agresiva fusionada con la sexual, la omnipotencia mengua para entrar en un tiempo histórico donde hay que doblegarse a las normas para autoafirmarse de modo adecuado al principio de realidad. El Paraíso perdido, tantas veces nombrado por Freud queda como recuerdo insistente y se inicia la diáspora; hay pérdida y reparación. Veamos cómo lo contempla Zambrano:

La actitud de preguntar supone la aparición de la conciencia; de la conciencia, ese desgajamiento del alma. Una rotura... es lo primero que se imagina haya dado origen a la conciencia siguiendo el hilo de esa nostalgia del “Paraíso perdido”. (...) Y así, este desgajamiento del alma, la pérdida de la inocencia en que surge la actitud consciente no es sino la formulación, la concreción de una larga angustia, de este delirio persecutorio. (Op.cit. p.35)
 
    Bastaba recordarle su condición, añadirá. El hombre es un desposeído y se queja porque tiene conciencia para dolerse de su ser a medias. Pero antes hicimos referencia a la reparación y en la historia de la humanidad el sacrificio adquiere un lugar privilegiado. [11] ¿Integración de la culpa o vía de acceso, maniobra con la que adquirir nuevos territorios?:

Mediante el sacrificio el hombre entra a formar parte de la naturaleza, del orden del universo y se reconcilia o se amiga con los dioses. (...) Pero, el hombre que descubrió el ritual de cualquier sacrificio, no necesitaba entrar en la realidad, sino salir; era soledad, libertad, lo que necesitaba ganar... por medio de un intercambio entregar algo para que se le dejara el resto. Entregar algo o alguien es para que el resto de la tribu o del pueblo quedase libre; aplacar el hambre de los dioses para poder poseer alguna cosa por algún tiempo. (...) Sin el sacrificio el hombre hubiera permanecido encadenado por siempre a la realidad habitante en las entidades divinas. (Zambrano, Op.cit. p.39)

 

    Inevitable a raíz de las últimas palabras, pensar en el delirio, ahora esquizofrénico, no conflictivo. Para Racamier la esquizofrenia es antidepresiva, antiambivalente, nosotros, siguiendo a Bleger, la hemos calificado de divalente. Si no hay renuncia no se puede llegar al padre, no alcanzar la conflictiva edípica impide investir los objetos externos actuales; por medio de Edipo actúa la ley. Si el sacrificio tenía como fin primordial suscitar una manifestación de los dioses, siempre presentes aunque no se dejen ver, sin éste se abre el camino escindido: Eros de un lado y la traducción imposible de aquél en la práctica.
    El sacrificio de Antonia, enamorada de la desgracia de Joaquín, en Abel Sánchez, es lo único que puede redimir a sus descendientes, su sangre es “agua de bautismo”, purifica porque no tiene mancha. Se vio seducida por un misterioso atractivo en las palabras frías y cortantes de aquel médico que no creía en la virtud ajena: se percibe reto en esta frase, no sólo la abnegación y piedad con las que Joaquín justifica ser aceptado en matrimonio por ella. La omnipotencia que acecha tras la melancolía lleva a Antonia a creerse posible artífice de la curación de su marido.
    Pero la ambivalencia depresiva, en ocasiones lleva a infructuosos sacrificios; como ejemplo los hipócritas, que “pecan contra Dios y con Dios” descritos por Quevedo en el infierno:

Gente en quien la penitencia, el ayuno, la mortificación, que en otros son mercancía del cielo, es noviciado del infierno. (...) Se les ve la disciplina en la cara, y alimentan su ambiciosa felicidad del aplauso de los pueblos. (...) ...ya que no conocieron la vida eterna ni la van a gozar, conocieron la presente y holgáronse en ella; pero los hipócritas ni la una ni la otra conocen, pues en ésta se atormentan y en la otra son atormentados. Y, en conclusión, de éstos se dice con toda verdad que ganan el infierno con trabajos. (Op.cit. pp.109-110).
 
    No difiere mucho esta imagen a la que nos ofrece Unamuno en boca de Joaquín indignado ante la sumisión de una devota criada:

Es la hipócrita soberbia de no reconocerla. Es que está haciendo conmigo, a mi costa, ejercicios de humildad y de paciencia; es que toma mis accesos de mal humor como cilicios para ejercitarse en la virtud de la paciencia. ¡Y a mi costa, no! ¡No, no y no! ¡A mi costa, no! A mi no se me toma de instrumento para hacer méritos para el cielo. ¡Eso es hipocresía! (Op.cit. p.67)
 

   En este período ya no se siente el objeto dañado como perseguidor, afirma M. Klein, sino como un objeto amado hacia el que se experimentan sentimientos de culpa e impulsos por repararle, y describe este impulso de reparación, la necesidad de ayudar al objeto como una de las defensas para contrarrestar la envidia. Pero si la culpa comienza demasiado pronto, tampoco se consigue una armónica estructuración y una de las consecuencias observables según Klein, podría ser una envidia excesiva:

 
Si esta culpa prematura es experimentada por el yo cuando aún no es capaz de soportarla, es entonces vivida como persecución y el objeto que la despierta se convierte en perseguidor. [12]
 
    Veamos como abordar lo discreto, lo discontínuo, la diferencia.

Identidad / Alteridad

    La identidad personal nace de la soledad, de esa soledad que es como espacio vacío necesario que establece la discontinuidad. (...) La soledad es una conquista metafísica, porque nadie está solo, sino que ha de llegar a hacer la soledad dentro de sí. (Zambrano, Op. cit. p.286).
 
    La soledad es trabajosa, en nada similar al aislamiento que conduce al pánico, ese castigo que proporciona el Dios Pan [13].
    En Abel Sánchez, la soledad no se logra nunca: el otro odiado se incorpora como cuerpo extraño, nunca como objeto de compañía constante, sólo así la soledad será posible. Cuando Joaquín tiene noticia del compromiso entre Abel y Helena, dice desear a ésta más que nunca, pero en sus sueños, al poseerla, parece cobrar más presencia el “cuerpo frío e inerte de Abel” que yace a su lado; el objeto en esa relación no es Helena, sino Abel, apoderarse de ella frente a él es lo que le instiga, “aquella noche nací al infierno de mi vida” afirma. (p.26).

    Ortega se cuestiona:

 
¿Es un espacio libre, un lugar donde no nos encontramos más que nosotros mismos? ¿Es un retiro vacío? ¿Cuál es la estructura de este lugar donde continuamente nos retiramos? [14]
 
    ¿Self, preconsciente, narcisismo, objetos internos, alma? Distintos modos de acercarse a esa vuelta hacia sí mismo en la que se prescinde por momentos del entorno en busca de nuevos espacios. Soledad como desprendimiento de los semejantes, pero el vivir humano es alteridad, se halla entrelazado con los otros...

    No ser idéntico ni uno, verse en el otro, vivir desde el otro que llega hasta la servidumbre de sufrir la fascinación del otro que impide proseguir el camino hacia lo uno. (Zambrano, Op.cit. p.294)
 
    Presencia del otro que anega, anulando la posibilidad de acceder a ser uno... En Abel Sánchez también queda así reflejado: “Pues en la soledad jamás lograba estar solo, sino que siempre allí, el otro. ¡El otro!” Otro con el que entra en diálogos solitarios que alimentan más si cabe su amargura. Objeto que anula versus objeto que estructura.

Sólo al verme en otro me veo en realidad, sólo en el espejo de otra vida semejante a la mía adquiero la certidumbre de mi realidad. (...) Mi realidad depende de otro. Y esta trágica vinculación engendra, a la vez, amor y envidia. De la soledad, de la angustia, no se sale a la existencia en un acto solitario, sino a la inversa, de la comunidad en que estoy sumergido, salgo a mi realidad a través de alguien en quien me veo, en quien siento mi ser. Toda existencia es recibida. Y ya después de esta certidumbre previa, necesaria, donde la envidia acecha, puede advenir la conquista de la soledad. (Zambrano, Op.cit. p.287)
 
Otro bien cercano que, fusionado con uno mismo, hundido en la propia desesperación, no sale muy bien parado en la obra de Cadalso; ya sea la figura del padre...

Nos engendran por su gusto; nos crían por obligación; nos educan para que les sirvamos; nos casan para perpetuar sus nombres; nos corrigen por caprichos; nos desheredan por injusticia; nos abandonan por vicios suyos. (Op.cit. p.25)
 
o de la madre, a la que debemos...

Aún menos que al padre: nos engendran también por su gusto: tal vez por su incontinencia; nos niegan el alimento de la leche que naturaleza les dio para este único y sagrado fin; nos vician con su mal ejemplo; nos sacrifican a sus intereses; nos hurtan las caricias que nos deben; y las depositan en un perro o en un pájaro. (Cadalso, Op.cit. p.25)

 

    Es el lamento del ser que ha perdido para siempre el objeto amoroso y con ello llega el vacío, la pérdida de sentido que alcanza tanto que hasta el acto de engendrar es considerado como veleidad, un capricho desdeñoso en el que el hijo es negado y a lo sumo accede a la identidad de una sombra.
    El odio entre hermanos “que parecen fieras de distintas especies, y no frutos de un vientre mismo”, no sorprende como la descripción de lo que en Tediato evoca la descendencia:

¿Hijos? ¿Sucesión? Este, que antes era tesoro con que la naturaleza regalaba a sus favorecidos, es hoy un azote con que no debiera castigar sino a los malvados. ¿Qué es un hijo? Sus primeros años... un retrato horrendo de la miseria humana. Enfermedad, flaqueza, estupidez, molestia y asco... Los siguientes años... un dechado de los vicios de los brutos, poseídos en más alto grado... Lujuria, gula, inobediencia... Más adelante, un pozo de horrores infernales... ambición, soberbia, envidia, codicia, venganza, traición y malignidad: pasando de ahí... ya no se mira el hombre como hermano de los otros, sino como a un ente supernumerario en el mundo. (Op.cit. p.28)
 
    No tiene Quevedo mejor opinión cuando se refiere a “los padres que se condenan por dejar ricos a sus hijos”[15], que desperdiciarán lo que aquellos afanaron y acumularon. Así, un demonio recuerda el refrán “Dichoso el hijo que tiene a su padre en el infierno”. Reconocidas virtudes como nobleza, honra y valentía, son también sometidas a escarnio por Quevedo. La primera porque heredada permite al inútil gobernar; por la segunda “sin saber qué es hombre ni qué es gusto, se pasa la doncella treinta años casada consigo misma”, la casada “le quita a su deseo cuanto pide” y “puede un hombre matar a otro”. En cuanto al valor, las hazañas de guerra, no son “hecho de valentía, sino de miedo. Pues el que pelea en la tierra por defenderla, pelea de miedo de mayor mal, que es ser cautivo y verse muerto... o porque otro no le acometa.”
    Identidad y libertad se funden, la una es condición de la otra. El camino a la propia libertad pasa a través del otro que nos otorga identidad

Somos, pues, por otro y con él. (...) Pertenece a la esencia trágica de la vida el necesitar del otro aun para la libertad. (Zambrano, Op.cit. p.288)

Del apoderamiento

    Primero fue la necesidad, su transmutación en carencia nos permite no hablar ya de impulso sino de pulsión, de la pulsión de apoderamiento.

La avidez es propia de algo que necesita crecer, crecer o transformarse, dejar de ser lo que es; algo que se encuentra en grado transitorio, algo que es conato de ser. No tiene avidez aquello que puede ya permanecer en sí mismo, lo que tiene entidad y reposo. La avidez es la llamada en lo que todavía no ha llegado a su ser, y tiende a adquirirlo de alguna manera. (Zambrano, Op.cit. p.282).
 
    Platón hace al amor hijo de la carencia a través de la sacerdotisa Mantinea. Si en el principio fue lo indiferenciado, el intento de incorporar al objeto que ahora percibo ajeno devorándolo, incluso destruyéndolo sin conciencia de ello, representa el deseo de retornar allí donde nunca podrá regresarse mas que en un como sí bajo el manto de la locura o en el imaginario a través de la identificación. Hacerse uno con el objeto amado, placer que linda con el displacer por lo inalcanzable...

Avidez de “lo otro” sería la forma más benévola de señalar la envidia. (...) Avidez de lo otro podría ser igualmente la definición del amor. (...) Amor y envidia son procesos del alma humana en que el padecer no produce ninguna disminución; el padecer es su alimento. La misma definición parece convenirles, “avidez de lo otro”, a esta pareja de contrarios que son envidia y amor. La ambivalencia del mundo de lo sagrado se hace manifiesta como siempre. (Zambrano, Op.cit. p.281-2)
 
Avidez que insensata pretende la aglutinación inicial que depararía muerte psicológica (la biología se rige por otras leyes); Cadalso se lo hizo vivir así a Tediato:

Eramos uno. Su alma, ¿qué era sino la mía? La mía, ¿qué era sino la suya?

 

Zambrano retoma este sentido:

Mas, en el amor, el objeto a que se dirige no es sentido como “otro”. Y sin duda que en este sentido del otro o de lo otro es donde debe hallarse el abismo que separa el amor de la envidia. (...) En el amor “lo otro” se transforma en lo uno. La envidia, en cambio, mantiene obstinadamente la alteridad de lo otro, sin permitírsele que toque la pureza de lo uno. Y al mantener lo otro, crece la avidez y llega al frenesí. El poseso de la envidia no puede renunciar a eso otro. Sin duda que, en lo más íntimo de su vida, algo sucede que le mantiene ligado a eso otro, extraño y más yo que su propio yo. ¿No será que el envidioso se ve a sí mismo vivir en él? (...) Mas la diferencia entre envidia y amor parece encontrarse en la visión: el amor ve al otro como uno; la envidia la que podría ser uno como el otro. (Zambrano, Op.cit. p.283)
 
    El amor que siente Tediato le lleva a buscar a la que fue objeto de su pasión a la tumba en que yace, con la intención de llevarla junto a su lecho...

Morirá mi cuerpo junto a tí, cadáver adorado, y expirando incendiaré mi domicilio; y tu y yo nos volveremos ceniza en medio de las de la casa.

 

    Retorno a la fusión perdida, los cuerpos, cadáveres, se unen; se intuye la supervivencia de algo en ellos que pueda contemplar la escena, como antes señalamos en Unamuno: Abel muerto y testigo de la posesión de Helena por Joaquín. Pero, de nuevo en Cadalso, vemos cómo por la pequeña abertura de la fosa, se abre paso un cortejo de gusanos en medio de un hedor espantoso...

En éstos, ¡hay!, ¡en éstos se ha convertido tu carne! ¡De tus hermosos ojos se han engendrado estos vivientes asquerosos! ¡Tu pelo, que en lo fuerte de mi pasión llamé mil veces no sólo más rubio, sino más precioso que el oro, ha producido esta podre! ¡Tus blancas manos, tus labios amorosos, se han vuelto materia y corrupción! ¡En qué estado estarán las tristes reliquias de tu cadáver! ¡A qué sentido no ofenderá la misma que fue el hechizo de todos ellos! (Cadalso, Op.cit. p.31)
 
    El amor puede trastocarse en amenaza cuando no es correspondido, su capacidad de absorción no encuentra límites. Tediato sigue buscando afuera el objeto interno que debía haber retenido y lo que halla le horroriza.
    Por el amor del objeto primigenio logramos hacernos humanos estableciendo fronteras, creando límites; paradógicamente, el mismo sentimiento puede deparar una condena cuando el hambre se vuelve insaciable...

Amor y envidia son intentos de vivir en el otro, de vivir del otro. La intención es la misma, sólo les separa la diferencia que va del mimetismo al afan de ser realmente. El que ama se engendra a sí mismo en cada instante. (Zambrano, Op.cit. p.295)
 
    Unamuno es rotundo a través de Joaquín, su protagonista: “No es lo peor no ser querido, no poder ser querido; lo peor es no poder querer”.
    Mas si el temor a que cediendo al amor, la voracidad que se experimenta puede devorar al objeto y destruírlo, se ejercerá toda la fuerza posible en sofocarlo. En la obra ya citada de M.Klein, podemos leer:

En estados de gran ansiedad parece no haber otra alternativa en la mente del paciente que la de robar o ser robado. (p.70)
 
    También es reconocido por ella el grado de ansiedad a que puede llegar el niño por temor a que sus impulsos destructivos transformen a la madre en un objeto persecutorio o dañado.
    Aspirando a ser único, el hombre ve por doquier al semejante.

La envidia nace en el anhelo de ser individuo, de ser único, ante la promesa suprema de ser realmente individuo. El semejante es entonces el otro, y su semejanza se convierte en el desmentido máximo de su pretensión. (Zambrano, Op.cit. p.290)
 
Mas alcanzada la identidad, el apoderamiento deja paso al deseo, deseo siempre anhelante y nunca satisfecho como ya Quevedo en El mundo por de dentro [16]intuye:

Es nuestro deseo siempre peregrino en las cosas de esta vida, y así, con vana solicitud, anda de unas en otras, sin saber hallar patria ni descanso. Aliméntase de la variedad y diviértese con ella, tiene por ejercicio el apetito y éste nace de la ignorancia de las cosas. (...) porque, en llegando cualquiera a ser poseedor, es juntamente descontento. (Op.cit. p.163)

La envidia

    Se impone ceder en este terreno un primer espacio a Melanie Klein...

    La envidia contribuye a las dificultades del bebé en la estructuración de un objeto bueno, porque él siente que la gratificación de que fue privado ha quedado retenida en el pecho que lo frustró.[17]
 
    Fue Karl Abraham, su antecesor más directo, quien explorando los impulsos destructivos, consideró las características anales como un importante componente de la envidia. Lo anal tan desprestigiado en nuestra sociedad y vinculado a lo vergonzante. Mucho cambiaron las cosas desde la antigua Grecia si creemos a Quevedo[18] cuando afirma que antiguamente el Pedo era una prueba de amistad:
 
La sola señal que en tí
advierto de amistad, es
la frecuencia con que pees,
Crispo, delante de mí. (p.33)
 
A un Crates me remito; á un Zenon me refiero; ambos “establecedores” gravísimos y acérrimos campeones de la libertad del Pedo, é igualmente de la franqueza del trasero, el uno en la república de los Cínicos, el otro en la de los Estóicos, sectas que sólo se diferenciaban en la camisa. (p.37)

 

Qué atrás quedó el recuerdo de la cálida sensación de la orina o la tibia masa de materias fecales -como casi cariñosamente las describe Abraham[19]-, la satisfacción por el cumplimiento del acto, el poder ilimitado atribuído a los excrementos... Queda esbozada la faceta expulsiva de la analidad, pero es la retentiva la más dañina en el caso de la envidia, del envidioso dice Quevedo “¡Tenía dentro de su alma aposentado el infierno!” El Superyo suple la necesidad de verdugos, es el más cruel de todos ellos como nos muestra Quevedo al contemplar sorprendido en su sueño del infierno, a un hombre “llorando el propio corazón” desesperado sin que nadie le atormentara y lamentándose a grandes voces:

¡Oh, qué hermoso que pintas el cielo, entendimiento, para acabarme! Déjame un poco siquiera. ¿Es posible que mi voluntad no ha de tener paz conmigo un punto? ¡Ay, huésped, y qué tres llamas invisibles y qué sayones incorpóreos me atormentan en las tres potencias del alma! Y cuando éstos se cansan, entra el gusano de la conciencia, cuya hambre en comer del alma nunca se acaba: vesme aquí, miserable y perpetuo alimento de sus dientes. (Op. cit. p.134)
 
    No se aleja mucho la perspectiva de soledad que sobre la envidia nos ofrece Zambrano:

Como ningún otro mal sitúa lejos y aparte a quien la padece. No es una pasión exactamente y aun la idea de pecado parece dejar escapar algo de su esencia.(Op.cit. p.278)
 
    De ella pretende Tediato la lejanía cuando busca la compañía de los míseros, y míseros nos contempla en los extremos de la vida:

Harto tiempo viví con los felices. Tratar con el hombre en la prosperidad es tratarle fuera del mismo. Cuando está cargado de penas entonces está cual es: cual naturaleza lo entrega a la vida, y cual la vida le entregará a la muerte: cuales fueron sus padres, y cuales serán sus hijos.” (Cadalso, Op.cit. p.60)
 
    Cadalso sigue contemplando la desdicha bajo la óptica del enamoramiento sin eco. Desdichado es es el que vuelto a sí no encuentra nada, en la quietud gratuita, en el vértigo de ser arrojado al mundo que más tarde describirá el existencialismo.

Distingamos, pues, de la simple destrucción, que tiene un límite fijado de antemano -cosa sumamente tranquilizadora-, esta otra destrucción propiamente sagrada, sin término y sin fin. Destrucción pura que encuentra alimento en sí misma. (...) El consumido por la envidia, encuentra en ella su alimento. (Zambrano, Op.cit. p.280)
 
    Quevedo ya había ofrecido una gráfica descripción al respecto: “Es flaca, porque come pero no se alimenta.” Destrucción insaciable que se alimenta de sí, que es el vacío...
    El bebé no se sacia con alimento, Klein asevera que además quiere ser liberado de los impulsos destructivos y la ansiedad persecutoria, y cuanto más sea el objeto sentido como bueno, tanto más vorazmente será deseado

El envidioso y el envidiado no tienen nombre: son el uno y el otro, quizá solamente máscaras distintas de un único ser dividido. (...) Verse vivir en otro, sentir al otro de sí mismo sin poderlo apartar. El envidioso, que parece vivir fuera de sí, es un ensimismado; invidere ya dice por su composición el dentro que hay en ese mirar a otro. Mirar y ver a otro no afuera, no allí donde el otro realmente está, sino en un abismal dentro, en un dentro alucinatorio donde no encuentra el secreto que hace sentirse uno mismo, en confundible soledad. (Zambrano, Oip.cit. p.284)
 
    Ensimismamiento, equivalente a la posesión de que es víctima el protagonista de Unamuno. Joaquín no podía ser de su mujer porque “no era dueño de sí mismo, dueño de sí, sino a la vez un enajenado y un poseído”; Antonia fue una santa, pero “¡no me curó de Helena; no me curó de Abel! Su santidad fue para mí un remordimiento más.” Con motivo de un nuevo cuadro de Abel sobre el Antiguo Testamento, surge un interesante diálogo en el que Joaquín le increpa

¿Por qué miró Dios con agrado la ofrenda de Abel y con desdén la de Caín? (...) Entonces es que le había hecho envidioso, es que le había dado un bebedizo. (...) Y le venció el pecado porque Dios le había dejado de su mano. (...) ¿No se te ha ocurrido pensar que si Caín no mata a Abel habría sido éste el que habría acabado matando a su hermano? (...) ¡Ah!, pero ¿tú crees que los afortunados, los agraciados, los favoritos no tienen culpa de ello? (Op.cit. p.49)
 
    A través del Caín de lord Byron, Joaquín trata de desprenderse de toda la responsabilidad y acusa al envidiado de no ocultar privilegios, de arrogancia y ostentación; culpa a los abelitas de inventar el infierno para los cainitas con el fin de ensalzar su propia gloria. La identificación proyectiva está en juego y lo intersubjetivo del vínculo actúa. Si bien es cierto que hay personalidades que necesitan afirmarse sobre otros para alcanzar la autoestima (aquellas donde lo objetal predomina sobre lo narcisista), no lo es menos que en otros casos el objeto es lo que queda relegado y es esta indiferencia lo que el otro no puede soportar.
    Existe una visión antropológica en la que se ensalza el cainismo, frente a la bonanza de Abel. Parece un contrasentido con lo anteriormente expuesto. Los cainitas pueblan la tierra, y serán en realidad los que trabajen y ganen el pan con el sudor de su frente, es decir los que transciendan. Abel habría estado apacentando rebaños por toda la eternidad, reproduciendo en un sin fin lo ya dado. La contradicción es sólo aparente: los citados cainitas consiguen no agotarse en el fratricidio, es decir, elaboran por fin la envidia que a partir de entonces, mora como rescoldo acechante, pero ya desposeída de su suficiencia arrasadura.

La envidia, mirada de través, es la visión en un espejo que no nos devuelve la imagen que nuestra vida necesita. De ahí, la ambigüedad de la envidia, y esa especie de vínculo que se establece entre el que envidia y el envidiado. Vínculo que ronda con la complicidad, porque inevitablemente se siente que si el envidiado -espejo- enviase al poseso de la envidia la imagen que espera y necesita, la rescataría del infierno en que yace. Y quizá la envidia provenga de la turbiedad del envidiado, que no mantiene su interior transparente, sino que, empañado por alguna pasión indiscernible para él, no le refleja como debiera. (Zambrano, Op.cit. p.287)

 

    No hay mayor tortura para el personaje de Unamuno que el vacío que le devuelve el espejo del odiado Abel:

Y esta idea de que ni siquiera pensasen en mí, de que no me odiaran, torturábame aún más que lo otro. Ser odiado por él con un odio como el que yo le tenía, era algo y podía haber sido mi salvación. (Op.cit. p.52)
 
    La sóla posibilidad de imaginarse odiado le permite unos instantes de gozo, pero tan fugaces... De manera más banal, pero en un mismo sentido se expresa Oscar Wilde cuando exclama:

¡Que hablen de mí, aunque sea mal!

    El tormento de narciso es ser ignorado.
    Otra alternativa que se ofrece a esta condena es amar. Si hubiera podido querer a su mujer, Joaquín se habría salvado; luego confiará en que le purifique el amor a su hija... Sobre la inocencia de su sueño, juré libertarme de mi infernal cadena . Mas una aparente contradicción en el relato puede prestarse a equívocos: la descripción de Unamuno parece indicar que el amor de Joaquín por el hijo de Abel llega a ser sincero, [20] tanto como para despertar los celos de Antonia que ve relegada a la propia hija, pero parece que no lo suficiente como para absolverle de su culpa. Quizás la clave nos la da él mismo cuando reconoce no poder amar al prójimo porque no me amo, no sé amarme, no puedo amarme a mí mismo: he aquí la carencia narcisista [21]. Pero Abelín sí le amó y le antepuso a su propio padre al que percibía como frío y egoísta. Lo que no se consigue es la resolución del Edipo, siempre presente el tercero en esa dupla que se ama por o contra él, pero del que no logran desprenderse. Cuando Joaquín ama a Abelín, lo hace identificándose con otro agresor de Abel, su hijo; es un desesperado intento de potenciar su narcisismo, identificación como tentativa para comenzar a quererse: “Si logras traerle a mi casa, si le haces mi hijo, será como si sale al fin el sol en mi alma...” dice al proponer a su hija el casamiento con el hijo de su enemigo. (Op.cit. p. 92)

Y así, la envidia se sale con la suya en tornar equívoco lo envidiado. Juego de miradas, de existencias que se ven y miran vivir la una en la otra, en la esperanza de encontrar la imagen que necesitan de sí mismas; ambigüedad azarosísima de la participación. (...) La envidia no es, ni tiene sentido, sino hendida como fría espada entre esa búsqueda de la identidad y la libertad. (...) La envidia está en el camino de la soledad y si el que está acometido por ella la lograra, cesaría. No cabe envidia en la soledad. (...) Quien padece de envidia necesita convertirse en uno y no puede, por hallarse intrincado, implicado en el semejante, sin poderse desprender. La envidia convierte en sombra de una vida ajena a la propia vida.(Zambrano, Op.cit. pp.288-289)
 
    Pero la soledad es una conquista arduamente adquirida, no una garantía de vida plena. Así, Tediato la siente infinita en su melancolía...

El tiempo que ha tardado en llevar sus luces a otros climas me ha parecido tormento de duración eterna. ¡Triste de mí! ¡Soy el solo viviente a quien sus rayos no consuelen! Aun la noche, cuya tardanza me hacía tan insufrible la presencia del sol, es menos gustosa, porque en algo se parece al día. No está tan oscura como yo quisiera. (Cadalso, Op.cit. p.36)
 
    Si recordamos la equivalencia noche-caos que citamos en Cadalso al comienzo, parecería que lo que busca Tediato es sumirse en la no conciencia, en lo irracional, en lo caótico que anule los sentidos y cierre el ciclo de la vida, por eso la muerte es para él un consuelo:

¡Oh muerte! ¿por qué dejas que te llamen daño, el mayor de ellos, el último de todos? ¡Tú, daño! (...) ¡Van a morir y lloran! ¡Qué delirio!... Te envidio el tiempo que me ganas, el tiempo que tardaré en seguirte.
 
    Lo sería también para el Joaquín de Unamuno, si no hubiera leído cómo Luzbel declara inmortal a Abel, hecho ante el que se plantea:
 
¿Será inmortal en mí mi odio? (...) Un organismo corruptible no podía odiar como yo odiaba. Luzbel aspiraba a ser Dios, y yo, desde muy niño, ¿no aspiré a anular a los demás? (Op.cit. p.49)

 

    ¿Sobrevive el odio a los odiadores? ¿Es acaso ésta su mayor condena? La omnipotencia está presente en esta duda: ser el Demon unitario, divino, autosuficiente e infernal es equipararse a la esencia divina. Pero al concebir el odio como algo que precede también a su nacimiento, evita responsabilizarse del mismo, es Dios quien le dio el bebedizo que conducía a vivir siempre para aborrecer siempre. Joaquín se siente predestinado, ¿por qué nací en tierra de odios?, un espíritu de excepción, y, como tal, torturado y más capaz de dolor que los otros: Mi vida, hija mía -escribía en la Confesión-, ha sido un arder continuo, pero no la habría cambiado por la de otro. He odiado como nadie, como ningún otro ha sabido odiar. (Op.cit. p.101)
    
    Otras simas, otros espacios, esta vez geológicos: el espeleólogo Casteret tuvo el privilegio de adentrarse en cientos de cavernas, grutas y simas vírgenes, cuando como él mismo confiesa, ignoraba todo de esta ciencia aventurera y se alumbraba en la mayoría de ellas con miserables bujías que habrían parecido insuficientes a los mismos magdalenienses; parece que a la madre tierra le restan más oquedades por descubrir en su interior que al ser humano como especie. Nuestra singularidad no está en el fondo sino en la superficie, en el poso cotidiano que nos proporciona nuestro proceso vital. Los nuevos paradigmas psicoanalíticos se inscriben en reflexiones acuñadas antaño por el hombre; ahora poseemos un mapa más completo, podemos movernos en más dimensiones y, con todo ello, ofrecer nuevas perspectivas, pero no olvidemos rendir homenaje a los hombres primitivos que poblaron previamente los territorios por los que ahora transitamos.
La Isleta, 1996

[1] CAT, Cognitive Analytic Therapy. La articulación entre lo cognitivo y lo analítico, ¿son acaso epistemes conciliables?
[2] M.Zambrano: El hombre y lo divino. Fondo de cultura económica, México, 1955.
[3]José Cadalso: Las noches lúgubres. De. Libros de autor, Madrid, 1993.
[4] 1627. F. de Quevedo y Villegas: Sueños y discursos. Clásicos Castalia, Madrid, 1972.
[5] 1917. Unamuno: Abel Sánchez. Alianza editorial, Madrid, 1987.
[6] Estructura parcial del objeto; desde la topología por incapacidad para percibir la totalidad en ese momento del desarrollo, desde lo económico dispersión diabólica para soportar el empuje pulsional y, contemplándolo dinámicamente, la divalencia.
[7] Elaborado por Nicolás Caparrós a lo largo      .
[8] (Op. cit. p.29) Cursiva en el original.
[9] Zambrano, (Op.cit. p.278).
[10] Definido por Quevedo como hombre de bien y amigo de decir verdades, en lo roto y poco medrado, que tiene por necio al que toda la vida se muere de miedo que se ha de morir, y por malo al que vive tan sin miedo de ella como si no la hubiese. (Op.cit. p.164)
[11] Cuando Abraham está presto a sacrificar a su hijo por seguir el mandato de Yaveh, renuncia a la transcendencia en su descendiente para acceder a su trascendencia personal.
[12] 1957. M.Klein, Envidia y gratitud, (p.37).
[13] Véase Corominas.
[14] Ortega y Gasset: Ensimismamiento y alteración.
[15] Op.cit. p.126.
[16] Incluído en la obra ya citada del autor.
[17] Klein, Op.cit. p.16)
[18] F. de Quevedo y Villegas: Gracias y desgracias del ojo del c... Mendez&Molina, Editores, Madrid, 1989. Publicado en Sevilla en 1901 por la Biblioteca humorística.
[19] (1921)K.Abraham: Complementos a la teoría del carácter anal.
[20] “Nunca pude figurarme entonces cuán hondo cariño cobraría luego al hijo del que me amargaba y entenebrecía la vida del corazón” Y así fue que Joaquín y el hijo de Abel sintiéronse atraídos el uno al otro. (Op.cit. p.81)

[21] Nada sorprendente, por otra parte; ya comenté en “Narcisismo e identificación proyectiva” cómo en toda reacción neurótica, subyace un conflicto narcisista: El Self busca, en función de las herramientas adquiridas en la infancia, cómo deshacerse de lo que le incomoda para tener una imagen aceptable de sí mismo y al mismo tiempo autoafirmarse.(p.75) Y más adelante: El narcisismo necesita siempre de otro para constituírse. (...) Podemos ver mutarse la precariedad en envidia, tendiendo a invadir y perturbar la estructura psíquica del otro. Parecería que cuantas menos identificaciones proyectivas recibió, más pone en marcha en busca de una consistencia que le proporciones identidad. El envidioso se ve en su víctima, la identifica proyectivamente consigo mismo, siente que le quiere destruir... Hay una transacción que deja inquieta a la víctima identificada como posible Yo ideal y con la que el narcisista trata de compensar su autodesvalorización. (p.76) I.Sanfeliu, en El Narcisismo, obra coordinada por N.Caparrós. Quipú ediciones, Madrid, 1992.

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