“La envidia nunca es cosa de dos” – Isabel Sanfeliu

Más allá de la envidia.

ISABEL SANFELIU

En "Más allá de la envidia", Nicolás Caparrós (Ed.).

Colección Imago (Biblioteca Nueva), 2000

 

¡Oh, Creador! ¿Pueden existir monstruos a los ojos de quien Él solo sabe por qué existen, cómo se han hecho y cómo hubieran podido no hacerse?

Baudelaire [2]

La envidia nunca es cosa de dos

    Al interrogarnos sobre los “por qué” de este frenesí sin límites, volvemos la vista atrás y surge una figura todopoderosa con potestad sobre las dos víctimas a las que posee. En la envidia se incluye alguien que envuelve el vínculo envidiado - envidioso sin participar en él, más allá del mismo. La envidia es diádica, pero su siembra recae en manos de un tercero con semillas de excesos o carencias.

    Los relatos sagrados, mágicos, los mitos o cuentos de hadas, ofrecen con frecuencia la figura de un chivo expiatorio en el que poder depositar nuestras más bajas pasiones, personaje que será tanto más malvado cuanto inmaculado deba quedar el gran protagonista. Literatos de todas las épocas supieron recoger y cincelar con disfraces diversos esta trama.

El Mal: Bocetos de la Envidia

    El Génesis, fuente fecunda de inspiración, sirve también para explicar el origen de la envidia y sus requisitos. Aparece Adán en el Jardín del Edén, en la simbiosis más absoluta con el medio, en la plenitud esencial. Tanto es así que, en el segundo relato de la creación [3], ni tan siquiera es hombre, porque aún no existe mujer que, por oposición, le confiera el sexo masculino. No hay varón si no existe hembra y a la inversa. Este alba de la humanidad es un a modo de narcisismo primario de la especie.
    -No es bueno que el hombre esté sólo -exclamará Dios- démosle una compañera.
    Igualmente pudo decir: -hagámosle hombre ofreciéndole al otro una diferencia, algo que con-sienta y con-padezca con él. 
    La aparición de Isha, la mujer, funda al propio Adán (Ish: hombre), que antes estaba inmerso en una suerte de narcisismo primordial. Con ella se inaugura la finitud frente a la inerte eternidad, el sujeto y el objeto, la diferencia y el deseo. 
    Al punto el Árbol del conocimiento del Bien y del Mal: saber no es ser, saber es ignorar y tener conciencia de que se ignora.
    Eva es desde un principio humana, porque nunca estuvo sola y es la primera en darse a la tentación del conocimiento.
    El exceso escandaloso de dones naturales sólo puede soliviantar al que se ve desprovisto de ellos. El pecado de Adán dará lugar a toda una cadena de discriminaciones: Caín [4] recibe el castigo y Moisés será designado para repararlo; ambos gozarán de destinos bien opuestos, uno maldito y otro elegido caudillo de su pueblo. En Caín nace el primer apoyo a nuestra hipótesis cuando culpa al Señor del asesinato de Abel:
    Es cierto que he sacrificado a mi hermano, pero tú fuiste quien puso el mal instinto en mí; tú eres el guardián de todo lo creado y me dejaste que matara a Abel; es más, tú eres el que ha matado a Abel, pues si hubieras acogido mis dones como los suyos nunca se hubiera despertado en mí la envidia [5].
El odio, la rivalidad y la envidia prenden en Caín porque no es aceptada su ofrenda; luego, el castigo no hará sino acrecentar su resentimiento. ¿Qué maldad han realizado los envidiosos para ser designados como la encarnación de ese mal?
    Caín padecerá siempre la tortura de la reminiscencia, de ese Paraíso perdido del que nunca gozó pero que está ahí en la dolorosa certidumbre del imaginario. Caín siente envidia de Dios y, al mismo tiempo, rivaliza con Abel. También envidia a Abel en la medida en que encarna los atributos divinos [6]. Le matará animado por su deseo de Dios. Dios como origen supremo encarna más a la maternidad que al Padre. Dios se hará padre con Moisés cuando le entregue las Tablas de la Ley. 
    Los verdugos no piden perdón, esa es tarea de las víctimas, afirma Néstor Braunstein [7]; el verdugo sobrevive entre dos muertes, la consumada en el rival y la propia por venir, el muerto anida en sus entrañas y él ya murió con el otro. Braunstein hace referencia a un contexto [8] bien distinto del que aquí analizamos, pero su reflexión abre sugerencias: ¿qué arrastran quienes ostentan el poder de decidir sobre el destino de otros? La frontera es rotunda: el Árbol del conocimiento del Bien y del Mal, la rigurosa y acaso moralista división precoz entre un pecho bueno y un pecho malo de Melanie Klein, la necesidad infantil de ubicar en buenos y malos los personajes que pueblan su fantasía..., todo parece indicar que tanto la filogenia como la ontogenia parten de esa división radical que no puede sino desembocar en tensión entre los que encarnan una y otra tendencia. La dicotomía bueno/malo no alcanza a englobar el psiquismo humano, pero instaura un orden que le da sentido y apacigua el impulso de la pulsión.
    Y el hombre creó a los dioses y delegó en ellos el poder, proyectando al exterior su íntima omnipotencia; para sobrevivir como especie necesitó de un código que controlara sus impulsos. Nadie ignora lo dura que es la tarea de hacer el mal, incluso las pandillas más violentas establecen sus propias reglas, lo mismo que el rigor más extremo caracteriza las leyes de la mafia. Pero la divinidad creada por el hombre escapó a su control [9]; los que nacieron como protección contra lo inquietante, desde la analogía de lo que se conocía en la tierra, fueron encarnando ideales cada vez más alejados, en un desplazamiento incesante, con atributos y potestades que el hombre nunca tuvo, de forma que utilizando el miedo al castigo, se les erigió en Jueces dispensadores de recompensas y condenas, promotores de arbitrariedades y envidias.
    Al ambicionar Eva el conocimiento de la serpiente, dice la Biblia que “sus ojos se abrieron”: abrir los ojos como consecuencia del mal que, sin embargo, se dibuja sin luz, abrir los ojos a la oscuridad. La oscuridad es el otro costado del conocimiento, lo que no se sabe, lo por saber, la anterior plenitud estalla en luz y sombras, en claridad y negrura. Lo que el hombre ve cuando por fin abre los ojos y abandona la autocomplacencia son otros ojos que le miran y le hacen ser, más tarde esa mirada se erige en juez, si aprueba dota de certeza y confianza, si reprocha conduce a culpas y envidias.
    La clínica muestra cómo, generación tras generación, se van originando las transferencias que marcarán las futuras discriminaciones. Rastrear las fuentes del envidioso conduce indefectiblemente a los vacíos que dejó su objeto primigenio, a la sed del mismo, al resentimiento por su ausencia, a la humillación de su presencia; lo mostraremos más adelante a través de tres casos.
    Como referente desde el que sitúo mi trabajo esbozaré, puesto que otros se encargarán de desarrollar este aspecto minuciosamente, cómo contemplo la génesis de la envidia: Con anterioridad [10] expusimos los primeros lances del bebé en la pugna para distinguirse del afuera y sus primeras identificaciones con el objeto parcial (indiscriminado y ahistórico). Tras la penosa sacudida que supone verse desprendido del objeto al que se perteneció en la simbiosis inicial, se intenta negar esta separación erigiendo la ilusión del otro idealizado que lo es todo y anula el peligro que despertó asomarse a la diferencia. Ese objeto omnipotente sufre las intensas demandas del bebé, la dependencia acrecienta la agresión hacia él, la necesidad de preservarle es otra razón suplementaria para la idealización. El encumbrado objeto no conseguirá responder a esas depositaciones cediendo de modo paulatino al principio de realidad; la frustración del pequeño que tanta libido invirtió mudará en afecto envidioso.
    André Glucksmann [11] define a Racine como “cruel analista, el maestro de la crueldad”. Muy pronto se interrogó por el destino de la violencia humana cuando el sacrificio tradicional dejó de funcionar; lo que fascina a Racine no es el delito en sí, sino la aptitud para cometerlo. Se pregunta sobre lo que acontece en el corazón, la cabeza, el ojo que se dispone a actuar, sigue paso a paso la gestación de un monstruo, profundizando sobre las condiciones de posibilidad de un mal humano absoluto. 
    Bien y mal. Amor y odio. Dios divinidad y Demonio. Dios unidad y Diablo. Por entre esos pares antitéticos nos deslizamos.
 
    La concepción del mal como absoluto queda obsoleta tras la mirada analítica que descubre ambivalencia en sentimientos tan condenados como la agresión (violencia gratuita pero también defensa y crecimiento) o el narcisismo en su acepción egoísta (repliegue mortal versus logro de interioridad). Narciso necesita de un espejo; Bien y Mal son pares antitéticos que gozan de simetría y se necesitan mutuamente para ser; por eso demonios y dioses comparten su cuna [12], pudiendo gozar alternativamente de cielos o infiernos según las necesidades del hombre, su creador. 
    Hesíodo fue el primer autor clásico que se ocupó de la envidia, si hemos de creer a Voltaire [13], y dijo lo siguiente: “El alfarero envidia al alfarero, el artesano al artesano, el músico al músico; el poeta al poeta y hasta el pobre envidia al pobre”. Lo simétrico como condición externa, que no invalida la envidia del bebé incapaz todavía de discriminar la distancia que le separa de su madre, simetrización desde el proceso primario, característica consustancial del mismo [14].
    En Las metamorfosis de Ovidio [15], Minerva delega en la propia Envidia el papel del tercero al que aludimos; se dirige a su morada mugrienta de negro pus, oculta en un valle, sin sol [16] e inaccesible a los vientos para encargar a la que devora y a la vez se devora a sí misma, y es ella su propio suplicio, que se apodere de Aglauro, hija de Cécrope. Merece tamaño castigo por ofender a Mercurio cuando solicitaba su intervención para acercarse a su hermana Herse, arrojándole de palacio y pidiéndole además, caso de ayudarle, grandes cantidades de oro a cambio. 
Sigamos los pasos de Envidia por un momento:
    “Por fin divisa la ciudadela de la Tritonia, floreciente en talentos, en riquezas y en alegre paz, y apenas puede contener las lágrimas, porque no ve nada digno de llanto. Con todo, tras penetrar en la alcoba de la hija de Cécrope, ejecuta lo ordenado: le toca el pecho con su mano impregnada de orín, le llena el corazón de espinas con garfios, le insufla dañina hiel y difunde por sus huesos y derrama dentro de sus pulmones un veneno negro como la pez; y para que los motivos del mal no se extravíen por una zona demasiado amplia, ante sus ojos le pone a su hermana, el feliz matrimonio de su hermana y al dios bajo una apariencia hermosa, y todo lo magnifica.” (Libro II, 760-805)
    La envidia goza de vida propia [17], es Envidia y la envidiada cumple una clara función: concentrar el mal sobre ella, evitar que se desparrame sin control. 
    Sebastián Brandt [18], en su Nave de los necios, la dibuja como herida mortal que no sana ni descansa día y noche hasta ejecutar su plan...
    “La envidia tiene una boca pálida; es seca, enjuta, como un perro; sus ojos son rojos y no mira a nadie con los ojos enteros... Esto era claro en Saúl con David y en José con sus hermanos... Cuando la envidia muerde y roe mucho tiempo, se devora a sí misma... El veneno que tiene en sí la envidia y el odio se aprecia mejor entre los hermanos: Caín, Esaú, Tieste [19], los hijos de Jacob y Etéocles [20]... pues la sangre emparentada se incendia de tal forma, que arde mucho más que la de fuera.”
    La oscura atisbadura de soslayo, el mal de ojo como contrapunto de la noble mirada de frente. La contemplación materna es un espejo esencial para adquirir identidad, no puede extrañarnos que cuando se enturbia con desprecios o viejos resentimientos arrastrados por generaciones, sea caldo de cultivo de venenos y ponzoñas. La mirada del envidioso le vacía de sí mismo en su ansia de anular al objeto que le posee sin descanso.
    Un intento de materializar el devastador afecto lo encontramos en Descartes, para quien la envidia arroja la bilis amarilla que proviene de la parte inferior del hígado y la negra que proviene del bazo, esparciéndose en el corazón por medio de las arterias. Vana ambición de domeñarla.
    Otro buen compañero de andadura para adentrarnos en las profundas pasiones del alma es William Shakespeare. En su Cuento de Invierno, por ejemplo, Leontes reina sobre Sicilia pero es esclavo de sus atormentadas cavilaciones: el delito de su mujer, es obedecerle desplegando amabilidad con el que considera como hermano, Políxenes, rey de Bohemia. Nadie queda libre de la cadena de despropósitos: Camilo, el servidor antaño leal y humano, debe emponzoñar su honor asesinando a un rey, lo evita pero traicionando a otro; el joven príncipe Mamilio muere al no soportar la brutalidad de su padre ultrajando a su madre; la pequeña Perdita es considerada bastarda por su propio padre y abandonada a su suerte en los desiertos de Bohemia. Leontes aceptará mejor los reproches de Paulina que su compasión... ni siquiera el oráculo obtiene crédito del enajenado Leontes que no acepta su juicio en el que es condenado como tirano celoso.
    Shakespeare creó personajes habitados por el señor del mal con el rasgo común de ser hermanos expoliados: Ricardo, deforme, segundón al que no es concedido el trono, lo que le empuja a un fratricidio repetido. El odio a un hermano del que no se necesita el amor y la protección como en el caso de un padre o una madre [21]... “hermano contra hermano, sangre contra sangre, cada uno contra el propio. ¡Oh!... ¡Frenética lucha fratricida, cesa en tu rabia o déjanos morir para no contemplar más la muerte!” [22]
    El rey Lear evoca en su comienzo los cuentos donde el padre pide a sus tres hijas que demuestren su amor; ¡cómo no! el de la pequeña Cordelia es más rico que su lengua, pero su franqueza le acarreará el destierro y la muerte. La misma obra recoge otra rivalidad fraterna: el bastardo de Gloucester, Edmundo, a cuyo padre hizo adquirir rostro de bronce de tanto avergonzarse, se ve alejado de los privilegios de la filiación legítima. Su hermano Edgardo, víctima de su envidia, vestirá los andrajos de un loco y será menospreciado hasta por los perros antes de disfrutar la recompensa a su virtud. ¿A qué “terceros” tendríamos que responsabilizar en este caso? Quizá a la belleza de la madre de Edmundo que sedujo a Gloucester, a la prepotencia o debilidad de este, tal vez a las leyes sociales que marginan al bastardo... Edmundo, Caín, Aglauro, cuántos “chivos expiatorios” en los que camuflar las propias vilezas...
    Si tratáramos de evacuar el mal de ella, nuestra cultura quedaría reducida a la nada; no se hace literatura con buenos sentimientos, afirmó André Gide. El mal es un excitante intelectual y afectivo que estimula la imaginación creadora, agrega André Green [23] desde la que él mismo considera una lógica en exceso intelectualizada, añadiendo que el único placer que proporciona la maldad es el alivio de una tensión que busca la descarga.
Molière [24] tiene razón cuando dice “los envidiosos morirán, pero la envidia nunca”. 
    ¿Qué función cumple para la perpetuación del ser humano un afecto tan primario? Afecto ligado a la pulsión de muerte por su imposibilidad de crear vínculos y por el odio al vínculo inicial del cual procede. Se podría pensar que, en ocasiones, actúa como defensa por ser aún más dañina la relación con el objeto primigenio, que permanecer anegado en él a la espera de objetos más contenedores. 
En el prólogo a El libro de la pobreza y de la muerte [25], Arthur Adamov hace la equivalencia amor-propio = propiedad; antes de poseer el mundo, el hombre quiere poseer a sus semejantes. “Su amor propio -dirá- es el enemigo de todo lo que le es esencialmente propio. La gran necesidad de posesión del hombre es la gran blasfemia, la gran usurpación.” En el afán de mirar al afuera para conquistar y recuperar la plenitud perdida, el sujeto arruina su mundo interior. En ese juego interno/externo, niños y viejos suelen mostrar con más facilidad al desnudo sus envidias, unos por gozar todavía libres de pudor y otros porque relajan la censura que antaño las contenía.
    El mal encarnado en un anillo, -escribe Tolkien- un anillo con voluntad propia y poder nocivo que actúa inmediatamente sobre su dueño [26]un anillo para gobernarlos a todos. Un anillo para encontrarlos, un anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas [27]. Gollum el triste y solitario personaje, fue testigo de cómo su amigo Déagol, tras ser arrastrado al agua por un gran pez, encontró el anillo que alegraba el corazón. No pudo resistirlo, le tomó por la garganta y le estranguló, pues el oro era brillante y hermoso. Luego se puso el anillo en el dedo y le dio poder, pero no fue Gollum, sino el Anillo mismo el que decidía [28]. El anillo abandonó a Gollum [29], tratando de volver a su dueño. Se había escapado de la mano de Isildur, traicionándole; cuando tuvo oportunidad se apoderó del pobre Déagol que fue asesinado y después de Gollum a quien devoró [30] Ya no podía utilizar más a Gollum, demasiado pequeño y vil y fue a caer en manos de Bilbo de la Comarca que estaba destinado a encontrarlo. La única medida que conoce el mago Saurón es el deseo de dominio y así juzga todos los corazones, por eso nunca se le ocurrirá que alguien pueda rehusar al poder, que teniendo el Anillo quiera destruirlo. Tolkien concede a su personaje Bilbo esa capacidad de renuncia que desconcierta al Poder Oscuro, con ello consigue condenarle de nuevo a la sima más profunda; la luz recobra el protagonismo y lo amenazador es cautivo de nuevo, pero nunca podrá desaparecer, es un hecho evidente inscrito en la condición humana, que aplazado se aletarga; acaban entonces las épocas fabulosas y se aproxima, nada menos, que la era del hombre.
 

   El Tercero en la Sombra: Seducidos y Desposeídos

 

    ¿Por qué dios, el hechicero, la bruja, el literato o la madre otorgan a unos y desposeen a otros? ¿De dónde la necesidad de ese “tercero”; por qué su sed de venganza o su necesidad de cautivar? Aventuramos que tanto el agraciado como el carente, reflejan facetas propias del que dispensa privilegios.

    Colmar a alguien implica apaciguarle, se puede ser más generoso con aquel del que se desconfía o regalarse a uno mismo en el espejo del otro; tanto desde la desconfianza como desde la predilección se puede resultar agraciado. Por otra parte, otros dos flancos, la cercanía del exceso de confianza o la inquietante hostilidad pueden conducir al otro polo, el vaciamiento, la depredación, hervidero de futuras rencillas.

    Si nos situamos en el costado de los bienhechores, necesitaremos crear el contraste que resalte nuestra virtud (el futuro envidioso), así como un heredero en el que sentirnos encarnados (el envidiado). Pero basta un rápido vistazo a las fuentes más dispares para cerciorarnos de lo poco envidiable que puede llegar a ser el destino del envidiado [31], aunque en ocasiones consiga un final feliz. Los dos personajes padecen víctimas del destino, es como si la caricatura que se nos ofrece del bien y del mal no pudiera deparar un armonioso crecimiento donde los conflictos nazcan del adentro, de las propias contradicciones, en lugar de proceder del hecho de encajar en un monolítico armazón. 

    Adivinamos la presencia del otro a través de su ausencia, la claridad se conoce cuando la oscuridad la oculta y tomamos conciencia de la vida enlazada con la muerte, del mismo modo que el prudente necesita del transgresor para autocomplacerse en su virtud. El ser humano encierra a ambos y su vida transcurre en una lucha donde lo objetal y lo narcisista enarbolan sus pulsiones a través del principio de placer y el de realidad. Un entorno contenedor apacigua y dota de equilibrio entre ambos polos, pero no hay cultura por muy distante que esté en el tiempo o el espacio, que no haya elaborado mitos alejados o infinitos incluso, como punto de referencia respecto al que situar su peculiar código ético.

    Emplazados ahora por un momento en el lugar del más dañino de los malignos, imaginemos cómo distribuiríamos dádivas y depredaciones. En este caso partiremos de la envidia y el rencor ya que se nos supone arrojados de un paraíso, en la más profunda de las oscuridades o encorvados bajo joroba y ornados con un retorcido apéndice nasal; el mal debe provocar pavor y al unísono producir atracción.  Ganar adeptos, nutrir mis huestes podría ser un estímulo para, potenciando contrastes virtuosos y perversos, vengarme del que me discriminó a mí. Pero, ¿por qué esbozar siempre un Bien precediendo al Mal? Acaso es la reproducción del paraíso perdido que añora el deseo que nunca podrá ser satisfecho. No hay resignación ante lo imperfecto en el humano, tan sólo el psicópata desde lo que tildamos de patología se permite gozar siendo cruel y, aun así, será un gozo fugaz, que no sacia, estando condenado a repetir compulsivamente sus rituales; es la pulsión de muerte que ansía el cero, una especie de mortífera homeostasis. El psiquismo desconoce la homeostasis.

    En esa línea, el envidioso no alcanza la alteridad, la rechaza; por eso la triangulación debe intervenir cuanto antes como defensa contra la relación dual imaginaria, la irrupción de “otro” [32] puede enmendar y alimentar la mermada identidad, desgajando la fusión con la madre y consiguiendo que los conflictos encuentren formas de expresión más sanas. La envidia pertenece al registro de lo imaginario, los celos al de lo simbólico; lo edípico será por tanto una barrera de seguridad que, salvo en determinados momentos regresivos, proteja de su voracidad, de su afán por romper vínculos y negar diferencias en su estéril intento de tornar a su alienante universo idealizado.

    Mandeville [33], autor de la Fábula de las abejas, trató de probar que la envidia es conveniente y que es una pasión útil y tan natural en el hombre como el hambre y la sed. Aunque de un lado aconseja: “si queréis que vuestros hijos se odien, acariciad más a uno que a otro y lo conseguiréis”, también afirma que sin la envidia no hubieran adelantado tanto las artes y que Rafael no habría sido tan gran pintor si no hubiera envidiado a Miguel Angel. Mandeville confunde aquí la emulación con la envidia; pero quizá la emulación no es más que la envidia que se contiene en los límites de la decencia, apunta Voltaire.

    El auténtico ínvido aniquila el deseo en su voracidad y ambición; no se quiere, su culpabilidad se lo impide, se rechaza conforme los dictados de su Superyó condenándose al vacío y a la marginalidad.

    Sigamos ahora el curso de los pensamientos de Denise Lachaud [34]: ¿Qué fascina al niño? Su alter ego que viene a completar a la madre en su imaginario. La envidia parece ser un momento inevitable de la constitución del deseo en el pequeño sujeto. Atribuyendo plenitud al Otro, el niño experimenta su propia falta, eso es lo que orienta su deseo. Si la envidia no puede ser sancionada por la operación simbólica de la castración, no se puede convertir en deseo. La separación sólo se efectúa sobre un fondo de odio y rabia respecto de la madre, tiene lugar entre el seno de un lado y la madre de otro. El objeto no pertenece a la madre sino al niño y se convierte en objeto de placer en cuanto pertenece al otro. La envidia encuentra su origen en un duelo que no se ha sabido elaborar. 

    Señalamos antes el desencanto del objeto idealizado [35], como punto de partida del afecto envidioso; el reconocimiento de la inexistencia del objeto perdido, la elaboración del duelo al que alude Lachaud, dará paso al proceso simbólico donde el objeto totalizado se acepta con sus carencias; en este universo triádico los celos se abrirán paso donde antes reinaba la envidia. El celoso duda y acumula signos que le permitan seguir dudando, está excluido de la escena que contempla pero se incluye en otras relaciones; el envidioso no conoce la dinámica del conflicto, de la ambivalencia, un solo sentido gobierna sus afectos y se ve condenado a una soledad en la que ni él mismo es buen compañero.

    Dejemos paso a tres viñetas clínicas:

   La Madre que Enseñó a Envidiar

    Érase una vez un señor alto y delgado que, al morir, dejó a su viuda con tres hijas, la mayor con doce años. Esta mujer fuerte y recta sacó adelante a las niñas y a sus propios padres cuando fueron mayores. Verdina, la primogénita siempre marginada por sus dos hermanas, tuvo que irse de casa demasiado pronto sin dejar nunca de estar muy pegada a su potente madre; sentía la envidia hacia las hermanas, pero no podía tomar conciencia de cuánta rabia alentaba por mamá al discriminarla. 

    El destino unió a Verdina con un hombre fuerte y optimista que contrarrestaba el drama que ella vivía por doquier. Estaban muy enamorados y tuvieron una hija, pero entonces Verdina volvió a sentirse desplazada y no soportaba el amor que su marido desplegaba con la pequeña que no tenía ningún competidor, ni hermanos ni primos. 

    Mimada por papá y toda su familia, por la abuela y las dos tías no soportadas por Verdina, la niña se alimentó de todos ellos incrementando la intermitente incapacidad de mamá para quererla. Verdina siempre tenía a punto la crítica que más podía doler a su hija, parecía concentrar en ella todo el rencor acumulado en su infancia en forma de envidia devastadora. Cuando la niña creció, su potencia se veía arrinconada por síntomas depresivos. Con la ayuda de su analista, la represión fue cediendo y pudo darse cuenta del odio que sentía por esa mamá “tan atenta a cubrir sus necesidades”, luego tomó conciencia de que ella también había sido “puñetera con mamá” y después aprendió a quererla. Cuando Verdina se sintió, a pesar de todas sus contradicciones, querida por su hija, pudo dejar de envidiarla: ¡por fin gozaba de la complicidad que nunca pudo encontrar ni en su madre ni en sus hermanas!

    Veamos el mismo relato desde la óptica vincular: La capacidad envidiosa de Verdina se encontraba en manos de su propia madre. Todavía niña, Verdina se ve ocupando el vacío dejado por la muerte de su padre, mientras que a sus dos hermanas se les permite vivir infancia; el vínculo envidioso con ellas es manifiesto, el odio a la madre latente y el reproche al padre que la abandonó queda reprimido. El amor del marido cicatrizará estas heridas de modo provisional hasta que la llegada de la nueva competidora -la hija- vuelva a abrirlas, haciéndole volver a la exclusión en un viaje a través del tiempo. Desde su núcleo depresivo, Verdina trata de silenciar su envidia a la hija, pero no puede evitar fisuras en la contención y estas, junto con sus tentativas por conjurarlas con cuidados, se traducen en la ambivalencia que atrapará a la nueva víctima en un conflicto edípico que no consigue elaborar hasta no hacer consciente en su análisis este complejo entramado. La estructura depresiva de la hija se flexibiliza y ejercerá de contenedor con efectos de rêverie en Verdina -mudaron los roles habituales-; las identificaciones proyectivas envidiosas van cediendo por ese efecto y la identidad reafirmada en ambas, refuerza el cariño relegando el lesivo odio.

 

    La Envidia como Vínculo: la Historia de Tiñosa

    Tiñosa, la oveja negra de la familia, había sido la pequeña favorita de sus abuelos que eran muy cariñosos; tenía una hermana mayor que era buenísima y otra muy llorona. Nunca se atrevió a contar entonces que un tío suyo abusaba sexualmente de ella, luego se casó virgen casi adolescente y tuvo una niña. Muy pronto se dio cuenta de que no era feliz y se separó; a la niña que tenía entonces seis años le dio mucha pena; además, al sentirse abandonado por las dos, el papá ya no le hizo mucho caso. 

    Luego Tiñosa tuvo muchos amores pero, al final, se quedaba sola con su hija a la que siempre dijo que no se acercara a los hombres porque hacían daño; las dos se querían mucho, tanto que no dejaban que nadie las separara. Ahora que la hija ya es una mujer dice que no soporta la envidia que le tiene su madre, pero también le da mucha pena y siempre que llega un pretendiente acaba por alejarle para no abandonar a mamá. 

    En cuanto a las relaciones objetales: el silencio a que Tiñosa se condenó [36] impidió vínculos correctores; la rebeldía que le hizo acreedora del título de “oveja negra” era un desesperado intento de hacerse oír que potenció aún más su aislamiento. Todo transcurre precipitadamente, la boda prematura, la rápida llegada de la hija, los fugaces amores que no perduran... Corre hacia su madre siempre ausente huyendo de ella. El lugar del tercero que desencadena el vínculo envidioso estaría aquí muy concurrido: el tío, la madre, el alejamiento de los abuelos... La incertidumbre frente al cocktel explosivo envidia/amor del objeto primigenio ahoga cualquier intento de nueva vinculación, la unión narcisista madre-hija debe desanudarse...

 

    La Envidiada Envidiosa

    Había una vez un señor muy campechano y jovial que tenía una novia que se murió; poco después se casó con la hermana de esta, que era muy responsable y eficiente y tuvieron una hija preciosa muy alegre a la que llamaron Pelusa. A los seis años llegó otra niña más feúca y arisca que, a medida que pasaba el tiempo, fue experimentando mucha envidia por su hermana tan guapa y tan brillante que era la preferida de papá que a ella no la aguantaba. Luego nacieron otros dos niños con los que mamá andaba muy atareada. Cuando la mayor creció, el padre, orgulloso, delegaba en ella las decisiones familiares; pero Pelusa se enamoró y su Paraíso se transformó en un infierno. Papá se opuso totalmente a ese matrimonio y condenó a la hija al mayor de los desprecios haciendo que incluso en el colegio en que estudiaba interna, le cambiaran de su preciosa habitación a otra oscura y apartada.

Pelusa, casi más por cabezota que por enamorada, se casó perdiendo así el trono que siempre le había otorgado el progenitor; se convirtió, junto con su marido, en “los proscritos de la familia”. El trono no permaneció vacío mucho tiempo, la envidiosa hermana se puso a estudiar medicina como quería papá y se casó con un señor muy simpático como él deseaba; había conseguido vengarse de Pelusa quien entonces, empezó a su vez a envidiar a la hermana que ocupaba su puesto... “Siempre tuve miedo a mi hermana, tan tajante... es mi demonio, me observa...”, confesaba Pelusa a su psicoanalista. Pelusa es ahora una brillante profesional y después de expresar su odio y designar a su malestar como ataque de orgullo, se empezó a sentir más segura y, cuando ya no lo esperaba, recuperó un lugar en aquel señor campechano y jovial; papá volvió a respetarla y la envidia ya no la paralizó más.

    Nuestra lectura.- Partimos ahora de un momento posterior del desarrollo; la trama edípica permitió cuajar un vínculo padre/hija que dotó a esta de potencia, tanta como para desafiarle. El labrador de envidias sí queda aquí bien definido: al padre se le ha investido familiarmente como figura omnipotente que reparte favores. Pelusa gozó de los mismos y se creyó a su vez muy fuerte, pero fue vencida y los dardos que su hermana le arrojó durante tanto tiempo hicieron mella, ahora redoblaban su humillación y tornaron su papel de envidiada en envidiosa. No palidece de envidia por su necesidad, no existe relación con algo vital (es querida por su marido y sus hijos, respetada en su trabajo...), pero la regresión que experimentó al ser destronada sólo pudo elaborarse en un espacio de análisis posterior.

 

    Cuéntame un Cuento...

    Tras el pequeño recorrido a través de las desventuras de Verdina, Tiñosa y Pelusa, interesémonos por un instante en ciertos modos de verter esta realidad a lo literario.

Cuentos y leyendas recogen las voces populares que se amparan en ellos representando el drama de la infancia de su historia, ritos y usos paganos laten tras los cuentos de hadas propagados en la cultura cristiana. Por muy alejados que se encuentren dos países, siempre hallaremos en sus relatos infantiles elementos compartidos: personajes dotados de poderes sobrenaturales, hermanos desfavorecidos, infancias desgraciadas, madres amorosas y entregadas a sus hijos hasta el sacrificio que han muerto -con pocas excepciones-, herencias que se disputan, voces tentadoras y virtuosos que se les oponen... También encontramos malos simpáticos, ¿por qué no? En “La ralea del señor y del diablo”, los Grimm [37] nos hacen más partidarios del pobre diablo, que trata de crear algo que merezca la pena, aunque no salgan de él sino desastres, que de Dios que trampea en su pago y saca partido a la inocencia del primero [38].

    Los oceánicos sentimientos del niño arrasan y su angustia necesita depositarios que carezcan de las ambigüedades que bullen en él: el bueno debe gozar de pureza sin mácula, mientras el malo se pudrirá con los atributos más ponzoñosos; no es mucha la variedad de vínculos que puede deparar ese encuentro. A través de esta maniobra se permitirá contemplar lo más ominoso de sí mismo, sin estos intermediarios la censura sería intransigente y el Self empequeñecido. En “La casada blanca y la negra” de los Grimm, cuando la madrastra entró con su hija y vio que las dos eran “feas y negras como el carbón, mientras la hijastra era blanca y bella”, la malicia inflamó su corazón y ya no tuvieron más pensamiento que hacerle mal; ¡qué otra cosa podía ocurrir! Envidia como salvaguarda de la depresión.

    Marthe Robert [39] apunta que la tradición francesa ablanda el carácter iniciático del cuento en pro de un erotismo mal disfrazado y una moral muchas veces conformista, mientras el cuento alemán, manifiestamente menos civilizado, conserva todo su vigor, sobre todo en lo que concierne al personaje central del hada, reemplazada por un personaje que nada se le parece. Si comparamos, por ejemplo, la Caperucita de Perrault con la de Grimm, se corrobora esta afirmación: el lobo francés es seducido y devora a Caperucita con los ojos antes de masticarla; el lobo de los Grimm, en cambio, rompe el consenso amoroso, su maldad es antisocial. También se transforma el “hada buena” en mujer sabia. Al pequeño alemán parece que se le facilita la exteriorización de sus impulsos sádicos, mientras al francés se le enreda en una trama sensual. La diversidad cultural encarna aquí a la varita censora, lo envolvente, que alentará diversos matices y disfraces.

    Un caso peculiar en que el envidioso, ironías del destino, sucumbe en manos del envidiado quien, a su vez, será inmolado con gran pesar de cuántos reconocen su virtud, nos lo brinda Herman Melville en Billy Bud, marinero [40]. Billy, la encarnación de la belleza y la bondad en cuya descripción se recrea Melville sin recato, es provocado por Claggart, personificación de la maldad y la envidia, quien muere como aparente víctima. La obra, y con ella sus personajes, es ambigua; “un relato desde dentro”, reza el subtítulo, y dentro está el peligro, no en la defensa de la Flota Británica como podría parecer. La inocencia de Billy, “el Bello Marinero” que no sabe nada sobre sus orígenes, le hace ciego a la maldad de los otros, quizás sea este atributo el que por momentos parece provocar un asomo de ambigüedad en el sentimiento envidioso de Claggart. Claggart que es despreciado a su vez por toda la tripulación por el cargo de maestro de armas (supervisor) que ocupa. Billy tartamudea en los momentos de emoción, la violencia contenida bloquea su posibilidad de expresarse con la palabra y dispara el puño que aniquila al envidioso.

    Melville reflexiona en su obra sobre los por qué de ese odio tan espontáneo y profundo y no encuentra otra razón que algo primario y misterioso, algún enigma de su pasado. Detecta en la envidia algo tan vergonzoso que ningún mortal se confesará víctima de semejante monstruo, cuando sí lo hacen de otras acciones horribles con el fin de ver mitigado su castigo. “Como se aloja en el corazón, no en la cabeza, ningún grado de inteligencia proporciona garantía contra ella.” La envidia de Claggart es más profunda aún que la de Saúl a David: envidiaba el hecho de que Billy Budd nunca hubiera deseado mal alguno, ni hubiera experimentado el mordisco repelente de esa serpiente, era quien más le admiraba; Claggart comprendía lo bueno aunque fuera incapaz de encarnarlo, “hubiera podido querer a Billy de no ser por el hado y el destino. Pero esto era algo fugaz y rápidamente se arrepentía de ello”.

    ¿Qué tercero contemplamos aquí en la sombra?: ¿El capitán Vere que marca la frontera del bien y del mal y no puede ocultar la seducción que Billy ejerce sobre él?, ¿Vere cuyo exceso de prudencia engendra rencillas, miedos y miserias?, ¿Vere que debe protegerse del motín aún a costa del que sabe inocente? ¿O el creador de ambos personajes, quien les mueve como marionetas al servicio de evacuar sus propias tensiones?... Melville apunta el paralelo Billy-Adán, antes de ser este retorcido por la serpiente, como dos bárbaros leales, en los que parecería puede depositar sus ideales.

    Las tres etapas de los cuentos de hadas se reconocen fácilmente en las tres edades atenienses de la conciencia que distingue Platón en la República, según el análisis de André Glucksmann [41]. En el origen el individuo vive inocente en una confianza sin crisis... luego llega el tiempo de los problemas, Hegel lo bautiza el “momento de lo negativo”. Más tarde, lo propio de nuestra civilización, es no poder taponar el debate de ideas por medios extrínsecos, censura, sujeción corporal, ostracismo, pena capital. Hay que zambullirse en la refriega y aceptar discutir con los antilógicos, los malos espíritus y los perfectos libertinos, con el riesgo de ser confundidos con ellos.

    En esa controversia con los “hacedores de envidiosos”, situados más allá de la envidia, seguimos avanzando... 

 

    Hay Miradas que Matan

    Dícese que los antiguos creían que los ojos de los envidiosos hechizaban a los que se fijaban en ellos, ¿no serán acaso los envidiosos los hechizados? El envidioso es un poseído que no encuentra descanso, la envidia es lo que le permite existir, ser a través del otro huyendo de su propio vacío.

Pensemos por un momento en una situación singular que depara inevitablemente torbellinos de envidia: la aparente plenitud de la mujer preñada; su entorno llegará a desplegar en ocasiones amenazas crueles que pueden llevar a vivir con angustia ese período. A su vez, se alcanza a adivinar en la futura madre la represalia contra el que desprendiéndose de ella, le arrancará los privilegios [42]. El entorno social se alerta en ese momento tan crucial que atraviesa todo ser humano, en ese nacimiento que conmociona más allá del árbol genealógico; Klein planteó la envidia del hijo, contemplamos ahora retazos del otro lado del espejo.

    La agresión es raíz de los sentimientos sociales. Sin la intrusión del otro no somos; esa inquietante injerencia permanecerá a modo de sombra amenazante, lo mismo que el retorno de la propia rabia proyectada, y la envidia atribuida a los otros no sería más que un desplazamiento de ambos temores. El peligro inicial proviene de la madre, que desprende vida y amenaza muerte (desde lo fusional).

Para conferir una orientación estable a la existencia, Glucksmann [43] plantea que deben satisfacerse tres condiciones: primado del sentido sobre el sinsentido, primacía de la construcción sobre la destrucción (a cargo de las sociedades humanas) y del día sobre la noche (la revelación sobre el desconocimiento). Tres fórmulas mágicas, añade, que responden a tres cuestiones fundamentales de Kant: “¿qué puedo saber? ¿Qué debo creer? ¿Qué me está permitido esperar? Siempre se llega al mismo interrogante: ¿cómo pensar la condición diabólica y divina de un ser a la vez hablante y hablado, productor y producto, desvelador y velado?”

    Hablante y hablado como especie, pero cada sujeto, como único, se debate en la complejidad de una red de la que en principio él no gobierna ningún hilo. Volvemos al postulado inicial: el potente telar que nos envuelve teje la urdimbre de nuestras pasiones. La cultura, por su parte, designa a éstas con matices cada vez más finos como si con ello pudiese llegar a alcanzar las claves y el control de sus consecuencias. En la lengua de las sociedades llamadas primitivas, solemos encontrar una miscelánea entre celos, avaricia y envidia [44], oralidad sin freno en cualquier caso. Pero recuerdo ahora los diecinueve términos que los esquimales poseen para designar los matices de lo blanco que les rodea. Parecería que cuanto más nos envuelve algo, mayor necesidad de organizar y discriminar existe; ¿acaso tan pujantes son la competencia y violencia de nuestra sociedad que tantos vocablos encuentran a su servicio?

    Tornemos a la maternidad. Muriel Djéribi [45] recoge una encuesta sobre la salud del niño realizada en El Líbano entre 1960 y 1962, en la que sorprende el miedo de las madres cristianas maronitas, musulmanas sunitas y armenias a su propia mirada en el período de lactancia, como posible causa de mortandad infantil. La maternidad cargada de poder ancestral, portadora de una poderosa mirada que amenaza la integridad del hijo recién nacido –y sin la que éste no podrá humanizarse-, hace pensar en la supersticiosa creencia en el mal de ojo...

    “Manifestar emoción por el bebé es visto como un pecado de orgullo que conlleva de inmediato el castigo divino. «¡Cállate! ¡Vas a echarle mal de ojo!», se oye decir en Túnez a una madre que se permite gozar. ¿Cómo defenderse de la madre que devora a su pequeño con los ojos mientras le amamanta? ¿Qué salida puede tener esa devoración recíproca? En todos los lugares en los que la creencia en el mal de ojo permanece profundamente arraigada en la conciencia popular, la madre es designada como principal agente de esa fuerza maléfica.” (p.100)

    Desde el momento de la gestación, la costumbre popular ejerce una severa vigilancia sobre la intimidad de la mujer. Estas sociedades patriarcales ambicionan controlar también el periodo de lactancia, durante el que está totalmente prohibido tener relaciones sexuales. La madre sólo podría volverse hacia su pareja desviándose del hijo; por lo tanto, la vuelta de la regla mientras amamanta, al considerarse como signo de esta actividad, tendría un efecto negativo sobre la calidad de la leche. Se adivina envidia castradora en el varón que cercena la supuesta plenitud que alcanzaría como “mujer y madre”. 

    El citado Djéribi  relata cómo la tradición aconseja desprenderse del objeto que ha caído bajo la mirada del envidioso, ofreciéndoselo como donativo con el fin de desviar el mal de ojo; de la misma manera se aconseja no oponerse nunca a los deseos de una mujer encinta, sería peligroso para quien se lo niega o para el niño [46].

    Otro relato en el mismo sentido: “Hasta el siglo XVIII, tanto el pueblo como los científicos o filósofos (Voltaire el primero) pensaban que todo sentimiento violento, incluso toda gula, se inscribiría en la carne del hijo al nacer, de ahí el calificativo de antojo que se da a las manchas que a veces marcan la piel de los recién nacidos” [47]. Cuerpos fundidos donde el deseo de la madre encuentra en su hijo la superficie de proyección y manifestación.

    La existencia de estos códigos y su lectura de la realidad, más que prevenir, alientan los afectos que pretenden sojuzgar. Aquí lo social desempeña esa función distribuidora a la que venimos haciendo referencia a  lo largo de todo el trabajo. Al designar poderes a la preñada, imprime en ella un misterio que amalgama “maligna contaminación” y “divina plenitud”, diabólica seducción que alentará imaginarios arcaicos.

Un ojo ilusorio sobrevuela siempre la relación de nuestra pareja protagonista (envidiado y envidioso), el “ojo” que ostenta lo que ellos nunca poseerán, el poder de alimentar y condenar una misma inclinación. Su mirada es espejo que nutre y vacía a un tiempo, que está dentro y fuera, más allá del espacio concreto, por eso, en los movimientos regresivos envidiosos se hace imposible la huida.

Terminemos recordando una curiosa forma de describir al envidioso: aquel que “se baña en agua rosada” [48]; ahora no es verde, ni negra, pero acaso resulte aún más inquietante en su inocente disfraz.


      [2] Baudelaire: Mademoiselle Bistouri. Obras completas, París, Gallimard, Tomo I, p. 356.

[3] Pues en el primero Dios crea al hombre a su imagen y semejanza: macho y hembra.

[4] Primera duda sobre su paternidad: ¿Adán o Satán? Queda incierto. Por otra parte, la inclinación de Dios por el menor frente al primogénito se repite en el Génesis con Isaac preferido a Ismael, Jacob a Esaú, Raquel a Lía, etc.

[5]XIV.5.S.145.Quellen.S.356.Midrasch Tancuma Bereschith.

[6]Con sólo su figura vestido lo dejó con su hermosura, dirá San Juan de la Cruz. Abel es envidiable en la medida en que está investido por Dios.

[7] “Sobre deudas y culpas”, en Clínica y Análisis Grupal, nº. 65, 1994 (1).

[8] La dictadura militar argentina.

[9] En la medida que otros humanos, con terrenal ambición de poder, se arrogaron ser sus representantes.

[10] I. Sanfeliu (1998): “Yo en los otros, los otros en mí. Grupo y procesos identificativos.” En Del narcisismo a la subjetividad: el vínculo. Nicolás Caparrós (ed.), Madrid, Biblioteca Nueva.

[11] Le bien et le mal, 1997, París, Hachette, p.140.

[12] Por ejemplo, dios y diablo en la religión de Zoroastro se designan con el mismo término.

[13] (1694-1778) Diccionario filosófico, vol II. Ed. Temas de hoy, Madrid, 1995.

[14] Sobre la simetría ver en este mismo texto a N. Caparrós.

[15] Alianza editorial, 1995, (115-117).

[16] También Caín está condenado a las tinieblas y es apodado “el sin luz” según recoge L. Szondi en Caín y el cainismo en la historia universal (Madrid, Biblioteca Nueva, 1975). Entre otras cualidades agrupadas de las leyendas le describe “cargado de ira y cólera, envidia y celos, con odio y venganza, con fraude y astucia, de alegría en el mal ajeno y mentira hasta reventar... Puede estar tan inundado de estos afectos que puede perder su yo -según la leyenda su luz- hasta la inconsciencia... Es errante, siempre viajero, huyendo, probablemente también de sí mismo; vive sumido en un miedo pánico.” 

[17] Resta responsabilidad al envidioso que, al fin y al cabo, es una víctima a la que posee.

[18] (1494). Madrid, Akal ed. 1998, p.183.

[19] Hermano de Atreo, que le había puesto como alimento a sus propios hijos.

[20] Hermano de Polinice. Enfrentados por el dominio de Tebas.

[21] Envidia y rivalidad, afectos de fronteras borrosas. 

Para analizar con más detenimiento el complejo fraterno véase R. Käes.

[22] Clama la Duquesa de York en la citada Tragedia de Ricardo III (p.221 del tomo I de las Oc. de Shakespeare, Madird, Aguilar).

[23] “Pourquoi le mal” en Nouvelle revue de psychanalyse, 38 (1988) (p.253).

[24] Otro autor que traemos de la mano del citado Voltaire y su Diccionario filosófico, op.cit., p.50. 

[25] Le livre de la pauvreté et de la mort, de Rainer María Rilke (1940). París, Seuil, 1982, p.10.

[26] Hago referencia a El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien (1965). Buenos Aires, Minotauro, p.77.

[27] Una vez más la tenebrosa oscuridad del mundo sublunar; sobrecoge sacar a la luz las incontrolables y caóticas pulsiones que, a fin de cuentas, son motor de conflictos vitales que sacuden el equilibrio homeostático que conduce a la muerte. 

[28] Como antes Envidia, el Anillo encarna ahora el Mal y victimiza a Gollum, al que se nos hace menospreciar; pero el diablo sólo puede independizarse de Dios por un acto de destrucción.

[29] Con lo que se desvanece también su poderío, causándole la herida narcisista que despierta el ícor de la envidia.

[30] Como la envidia desde Quevedo, que es flaca porque come pero no se alimenta, devora sin que deje huella lo engullido (ver I. Sanfeliu, 1996: “La literatura como embajada inconsciente del psicoanálisis” en Clínica y análisis grupal, nº.71, vol.18, 1). 

[31] Cuando no le espera la muerte en manos de su “envidiador”, puede ser víctima de identificaciones proyectivas que le terminen por conducir a dobleces y a torturantes remordimientos.

[32] Perteneciente al entorno de la realidad actual, un vínculo corrector, no el tercero al que venimos aludiendo que precede y potencia al vínculo envidioso.

[33] Citado por Voltaire (1694-1778) en su Diccionario filosófico, vol II, Ed. Temas de hoy, Madrid, 1995.

[34] A través de su obra Jalousies (París, Denoël, 1998).

[35] En la posición confusa planteada por Nicolás Caparrós desde el modelo analítico vincular.

[36] Silencio muy común en este tipo de traumas y sobre el que remitimos a otros escritos sobre el tema.

[37] Toda su obra refleja la eterna lucha entre la bondad y lo social de un lado y la barbarie indomeñable de la naturaleza humana de otro. 

[38] p.162, Nouveaux contes. París, Gallimard.

[39] Prefacio de los cuentos de Grimm, París, Gallimard, 1973.

[40] (1962) Madrid, ediciones Cátedra, 1998. J.L. Fernández analiza más adelante esta obra en profundidad.

[41] Le bien et le mal, 1997, París, Hachette.

[42] La depresión post-parto podría contemplarse como resultado del control de estos impulsos y su consecuente ambivalencia.

[43] André Glucksmann: Le bien et le mal, 1997, París, Hachette, p.194.

[44] Lévi-Strauss: La potière jalouse

[45] “Oeil d´amour, oeil d´envie”, en Nouvelle revue de pychanalyse, nº.38 (1988).

[46] Los antojos alcanzan la superstición popular incluso en Occidente.

[47] Alex Raffy, Les psychanalistes et le développement de l´enfant, Ramonville Saint-Agne, 2000, p.305.

[48] Julio Casares: Diccionario ideológico de la lengua española. Ed. Gustavo Gili, Barcelona 1981.

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